Outsiders en EE.UU.
Por Danilo Arbilla
El Nuevo Herald
El síndrome de los ”outsiders” que hiciera carne en los países latinoamericanos y fue una constante en las contiendas electorales a partir de la última decada del siglo pasado, parece haberse trasladado a los Estados Unidos. Más precisamente al Partido Demócrata, en donde hoy pujan por la candidatura presidencial una mujer y un integrante y representante de una de las minorías de la población.
La aparición de los outsiders en América Latina fue la respuesta a un deseo o reclamo de los electores, desilusionados y desfraudados por las actuaciones de los partidos políticos y sus popes en el inmediato período postdictaduras militares. Con alguna diferencia de años los partidos históricos, tradicionales o dominantes y sus líderes perdieron convocatoria. La opinión pública dejó de confiar en ellos y salió a la búsqueda de candidatos fuera del sistema tradicional. Si era posible, que no tuvieran una experiencia o trayectoria política anterior o, en todo caso, que dentro de los partidos políticos mostraran un perfil bien diferente a la mayoría de la dirigencia, razón por la cual o bien no ocupaban cargos de expectativa o no eran muy conocidos o resultaban una especie de bichos raros allí dentro. Así aparecieron, para empezar, aquellos candidatos que entraban en la contienda electoral y política con el argumento de ”yo no soy político”, que era algo así como decir “yo no soy sarnoso, ni portador de peste alguna”.
El defenestrado Fernando Collor de Mello, hombre que salió de la TV y ocupó la presidencia de Brasil por dos años y medio, fue el primero. El segundo lugar le corresponde a Perú, en donde en las elecciones de 1990 algunos partidos ”históricos”, conscientes de su pérdida de fuerza, agravada por la pésima gestión del ”aprista” Alan García, resolvieron apoyar la candidatura del reconocido escritor Mario Vargas Llosa, alguien venido de fuera del sistema político. El que obtuvo el triunfo, sin embargo, fue Alberto Fujimori, un hombre más fuera aún, quien tuvo la intuición, además, de llamar a su partido “Cambio 90”.
También Carlos Menem, con sus ponchos y sus larguísimas patillas, más otras excentricidades, fue una especie de outsider dentro del propio peronismo argentino. No tenía mucho que ver con los líderes clásicos que primaban en el movimiento fundado por Juan Domingo Perón.
A esta primera tanda siguió, ya a fines de los 90 y principios de este siglo, una nueva con un mayor empuje y, en casi todos los casos, con un signo diferente, y sin duda con mucha más suerte que aquellos.
El cambio que impusieron los pioneros tenía que ver con ciertos lineamientos de tipo liberal en el manejo económico, contando a favor con los buenos resultados que se cosechaban en Chile. Estos últimos, los de hoy, en su casi totalidad se autoproclaman progresistas y antiliberales y han sido duros enemigos de los partidos históricos, cuyo fracaso fue la razón de sus surgimientos, de la misma forma que los buenos vientos que soplan para los productos básicos y primarios son la causa fundamental de su popularidad y permanencia en el poder. Se trata ahora de Chávez, Correa, Morales y Kirchner en Venezuela, Ecuador, Bolivia y Argentina, y también de Lula en Brasil, Noriega en Nicaragua y Vázquez en Uruguay, a los que hay que sumar a Vicente Fox en México, en uso estos de alternativas que les daba el propio sistema político para optar en contra de los partidos históricos y dominantes.
Las nuevas caras, muchos enarbolando la bandera de no ser políticos, implicaban un rechazo a las práticas y políticas de los partidos tradicionales, lo que fortalecían con su discurso de cambio. En más, ellos constituían un cambio por sí mismos, lo que los transformaba en un hecho muy fuerte y emblemático.
Algo de eso es lo que, en cierta medida, simbolizan Hillary y Obama. Si alguno de ellos dos como candidato demócrata gana las elecciones, será la primera vez que una mujer o un negro llega a la presidencia de los EEUU. Eso ya representa un cambio; además de la manifestación más elocuente y directa de la inconformidad de los estadounidenses con la gestión de Bush.
¿Pero ello, por sí mismo, hace o asegura que sea bueno? Si se mira lo ocurrido en los países latinoamericanos la opción por los outsiders, los de ayer y los de hoy, no da mayores garantías.
Esa es una cuestión que tienen planteada y deberán responder los estadounidenses al momento de votar por su próximo presidente. El tema, sin dudas y mientras tanto, da para más.
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