Te conseguí votos; consígueme empleo…
Por Eduardo Mayora Álvarado
Siglo XXI
Nada nuevo bajo el sol. No solamente de maestros, sino de todo tipo de personas, se ha sabido siempre que brindan su apoyo a uno u otro candidato, con la expectativa concreta de conseguir, de llegar el día de la victoria electoral, una posición o cargo en la administración pública.
Por supuesto, no es un vicio que caracterice particularmente a nuestro sistema político ni es exclusivo de los que van tras un cargo o empleo público (también están los “busca privilegios”). Pero con todo y ello, creo que se ha producido durante estos días un nuevo aspecto de una vieja maña que, a falta de una mejor expresión, llamaré “cinismo ingenuo”.
Ya sé que estoy asociando dos ideas más bien contradictorias, pero quizás logre convencer al amable lector de estas líneas que se trata de una expresión válida. Primero veamos, muy sintéticamente, los hechos y circunstancias que califico de “cinismo ingenuo”: se reporta por la prensa que ha surgido una diferencia entre el Presidente y algunos de los diputados de su partido; tratando de descubrir de qué se trata, aflora, por un lado, la pretensión de los diputados distritales de tener alguna injerencia en cuanto a la designación de los gobernadores departamentales; yendo más allá, comienzan los comentarios de los actores: ciertos diputados sostienen que el Presidente tiene que comprender que durante la campaña se adquieren compromisos y que, algunos de ellos, consisten en dar trato preferencial para un empleo público a quienes se fajaron luchando por el triunfo; el Presidente replica que, ojo, el partido no es agencia de empleos; terceros salen a terciar en términos, más o menos, de que “todos tienen razón”. Es el papel, por supuesto, de los prestidigitadores del discurso político.
Por lo tanto, ¡qué notable!, un debate público entre los más altos funcionarios del Estado, sobre el alcance, digamos, razonable, de los compromisos que se adquieren durante la campaña política y de hasta dónde se deben distribuir los bienes públicos (cargos, empleos, contratos, etcétera), “en igualdad de circunstancias”.
Esto último yo lo he entendido en términos de que si “X” y “Z” pudieran considerarse igualmente meritorios del cargo que fuere, siendo “X” del partido la plaza debería ser suya y punto.
Pero, ¿no es una enorme ingenuidad creer que, por el hecho de que los aspirantes se describan como comparables en sus capacidades o méritos, deja de ser una muestra de cinismo debatir públicamente sobre la obligación de “honrar los compromisos de campaña”, dándole el puesto al partidario?
Ante la realidad de que en el “mercado político”, así como en el “mercado económico”, todos obran por interés, soy de opinión que el régimen jurídico-político del Estado debe abandonar una visión romántica de la vida, limitando a lo estrictamente necesario los poderes y facultades que se confieren al Gobierno; esto es decir: que se confieren a ese conglomerado de personas que apoyaron la campaña de un determinado partido, para conceder o para conseguir, “en igualdad de circunstancias”, un cargo, un empleo o algún contratito público.
Para no pecar de cínico, aclaro: hay personas a quienes interesa su bienestar en el largo plazo, muy sintéticamente y entonces participan en política para forjar instituciones que no premien el “oportunismo piñatero” del corto plazo.
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