La Fed y el BCE, con diferentes objetivos
Por Luis Palma Cané
La Nación
El jueves pasado, el Banco Central Europeo (BCE), tal como lo viene haciendo desde junio del año pasado, mantuvo su tasa de referencia en el 4%. Por su parte, durante el mismo período, el banco central de Estados Unidos (Fed) bajó la suya del 5,25% al 3%. ¿Cuál es la causa de esta diferencia de políticas monetarias? ¿Cómo continuará este proceso?
La política monetaria expansiva de la Fed (baja de tasas) tiene como claro objetivo tratar de evitar que la actual crisis crediticia ( credit crunch ) transforme la desaceleración de su economía en una recesión (caída del producto bruto durante dos o más trimestres). En este sentido, la autoridad monetaria de EE.UU. ha privilegiado impulsar el crecimiento por sobre el control del nivel de precios.
En efecto, si bien la inflación núcleo -que excluye los precios volátiles de alimentos y energía- al mes de diciembre ascendió a un 2,4% anual (nivel superior al 2% objetivo), la Fed no dudó en bajar drásticamente las tasas aun a sabiendas de que, con esa medida, podría exacerbar las presiones inflacionarias subyacentes en su economía.
Dicho de otro modo, eligió el mal menor: es preferible evitar la recesión, aun a costa de un mayor aunque “controlado” incremento de la inflación. Más aún, recientemente, el presidente Bush acompañó tal decisión proponiendo al Congreso un plan fiscal de estímulo a la demanda del orden del 1% del producto (145.000 millones de dólares).
Si éste es el escenario, la cuestión clave a dilucidar es por qué la política monetaria del BCE -en tanto y en cuanto se aferra a mantener su tasa- difiere de la correspondiente a la Fed.
La respuesta se encuentra en dos diferencias clave entre ambas entidades: sus objetivos y sus criterios de apreciación respecto de la magnitud del impacto de la crisis sobre los niveles de actividad. En cuanto a los primeros, la Fed tiene como misión fundamental no sólo conservar el valor de la moneda, sino también mantener un nivel sostenido de crecimiento; el BCE, por su parte, tiene como único objetivo prioritario el control férreo de la inflación. Dicho de otro modo, la Fed debe arbitrar permanentemente entre inflación y crecimiento, dilema que, claramente, no se le plantea a la entidad europea.
En este sentido, el presidente del BCE, Jean Claude Trichet, ha repetido hasta el cansancio que -salvo circunstancias extraordinarias- mantendrá a rajatabla su política de mantener un estricto control sobre la estabilidad de precios.
La segunda diferencia entre ambas entidades consiste en que el BCE considera que el impacto de la crisis sobre la actividad económica en la eurozona será menor que en EE.UU. y que, en consecuencia -al menos por ahora-, no existe peligro de recesión. Por lo tanto, su posición es opuesta a la de la Fed; esto es: claramente dará prioridad a controlar las presiones inflacionarias. Sin embargo, y tal como lo indican los últimos indicadores de actividad, la situación económica cada vez más debilitada de la eurozona ha dado lugar al surgimiento de fuertes presiones en el nivel mundial a los efectos de que Trichet flexibilice en algo su ortodoxa posición y comience una política expansiva, a fin de incentivar el crecimiento económico.
Presiones
Lamentablemente, y como se menciona al inicio de esta nota, en la reunión del jueves pasado Trichet se mantuvo en sus trece y sostuvo el nivel de tasas. En su comunicado manifiesta que, en un contexto de vigoroso crecimiento de la oferta monetaria y del crédito, los riesgos para la estabilidad de precios (a enero la inflación anual fue del 3,2%, la mayor de los últimos 14 año) aún son elevados y que, en consecuencia, y conforme a su mandato, la máxima prioridad de la entidad continúa siendo reducir las expectativas de inflación en el mediano plazo. Más claro, imposible. Sin embargo, dejó abierta la posibilidad de un futuro cambio en su política cuando afirma que “a pesar de que los fundamentos de la economía continúan siendo sólidos, claramente han aumentado los riesgos de una baja en el nivel de actividad”.
EE.UU. y la mayoría de los países desarrollados (Inglaterra bajó su tasa de 5,50% a 5,25%) coinciden en que, a la fecha, la gravedad de la crisis es tal que a los efectos de evitar una recesión, y aun a riesgo de generar en el corto plazo un mayor nivel de inflación, es necesario implementar en forma coordinada políticas expansivas, no sólo monetarias (baja de tasas) sino también, incluso, fiscales (devolución de impuestos, incentivos a la inversión, etc.). Por ahora, el BCE no acompaña, y las presiones para que cambie su enfoque son cada vez mayores.
El autor es economista.
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