Bancas centrales (II)
Por Manuel F. Ayau Cordón
Prensa Libre
En mi columna anterior comentaba cómo la política monetaria inflacionaria, que increíblemente se considera sana y moderada, sigue destruyendo el hábito del ahorro a medida que le resta poder adquisitivo al dinero. Por ejemplo, si medimos los ahorros en poder de compra, cuando la inflación es de 6% anual, Q100.00 “guardados” en su cuenta de ahorros, a los 10 años ya solo valen Q74.00, a pesar de que le hayan pagado 3% anual de intereses. Si la pérdida de valor de lo ahorrado fuese causada por personas particulares, se exigiría compensación por daños, o cárcel, pero la aureola de respetabilidad de la Banca Central apantalla e inhibe hasta la crítica.
Es cierto que la suma de dinero en cuentas de ahorro es considerable debido a que la cantidad de cuentas es grande, pero es obvio que la gente no mantiene ahorros en los bancos para hacer negocio, sino porque cree que allí estará mejor guardado que bajo el colchón, o para mientras junta para una compra, o para tener dinero disponible con qué cubrir alguna emergencia. Por eso resulta ingenuo pensar que subiendo la tasa de interés la gente va a ahorrar más. Los grandes ahorros con vocación de inversión (de capital) están invertidos en el extranjero, por falta de oportunidades de inversión local que compitan con las del exterior. Por eso podemos concluir que la manipulación de las tasas de interés por el Banco de Guatemala (Banguat) es desestabilizadora y dañina, pues constituye un cambio súbito en planes de consumo e inversión, especialmente cuando las sube, como lo hizo al final de los noventa, afectando catastróficamente la actividad económica de muchos honrados ciudadanos legítimamente en el negocio de intermediación. ¡Nótese que un alza de 5 a 6% constituye casi un alza de 20% en el costo de mensualidades de compra a largo plazo de una vivienda!
Pero son mayores las pérdidas insospechadas que los bancos centrales causan con su inflación de medio circulante, reflejada en el aumento general y sostenido de los precios. Es distinto cuando sube el precio de algún producto específico como el petróleo, pues si bien afecta todos los precios en diferente grado, a unos los afecta más pronto que a otros causando un cambio de relación entre todos los precios. Eso cambia el patrón de consumo, pues, por ejemplo, para poder comprar gasolina más cara dentro de la limitación del presupuesto familiar, se gastará menos en otras cosas, y esos precios bajarán porque su demanda bajó.
Cuando la banca central aumenta el medio circulante, todos los precios suben, pero no simultáneamente. El nuevo dinero no llega a todos los sectores al mismo tiempo, y quienes lo reciben inicialmente son quienes aumentan la demanda de los recursos que ellos utilizan. Es hasta después que ese dinero se va esparciendo hacia los demás.
Al cambiar los pecios relativos la inflación induce a producir bienes que, en ausencia del aumento de dinero, no merecerían prioridad, y sustrae de las producciones que la sociedad atribuye mayor valor. Se emprenden actividades cuya demanda fue la primera en aumentar, pero que no se hubiesen producido sin la inflación. Esas diferencias de valor son reales. Es así como la desviación antieconómica de recursos causada por inflación contribuye al subdesarrollo de los pueblos.
Solo la banca central puede hacer inflación desalentando el ahorro e induciendo a la población a malgastar recursos y frenar el progreso. Afortunadamente, desde que el país se vio forzado por la crisis cambiaria a liberar el uso de otras monedas, la inflación tiene límite, pues la gente puede legalmente recurrir a otra moneda para sus transacciones, si acaso la moneda propia pierde más valor que la extranjera.
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