París arde y Pekín compra
Por Darío Valcárcel
ABC
Un proceso marginal complica -y encauza- las huelgas combinadas de Francia: ferroviarios, profesores, estudiantes, función pública. El presidente de la República ha hecho frente, con no poca reserva, a la compañía de ferrocarriles SNCF, desde el 13 al 22 de noviembre. El proceso viene de lejos, de los años precedentes a la Primera Guerra. En nuestro tiempo se llevó por delante a tres primeros ministros, Juppé, Jospin y Villepin. Una parte mínima, de empleados de élite, ha llevado a cabo actos de sabotaje en las líneas de TGV. La interferencia de enseñantes, funcionarios y profesores amenazó con paralizar media Francia.
Reacción de Sarkozy: no anuló, sino que recortó su viaje a China, programado al llegar al Elíseo. Mientras despegaba de París ardía Villiers-le Bel: el incendio, en la puerta misma de la ciudad, podía verse desde la torre Eiffel. ¿Qué ha hecho el presidente en Shanghai y Beijing mientras la opinión pública se volvía mayoritariamente contra los saboteadores? Sentado junto a Hu Jintao, Sarkozy ha respaldado la posición de Estados Unidos ante Irán, lamentamos no escribir hoy lo que sabemos del apoyo francés.
El presidente ha dado la cara en una gran prueba que otros antecesores suyos, Chirac, Giscard, trataron de esquivar. Un conductor de TGV (tren de gran velocidad) puede retirarse a los 49, 50, 51 ó 52 años. Dirigir un tren a 380 kilómetros/hora exige plenas facultades, de acuerdo. No menores quizá que las del piloto de A380, con 500 pasajeros, o de un Jumbo americano, con 400. Había decenas de anomalías de esta clase en el sistema estatal francés: más de dos millones de asalariados disfrutan de tratamientos especiales, justa o injustamente privilegiados. Capítulo difícil de enderezar, pero posible de corregir, que representaba para la caja de la Seguridad Social 22.000 millones de euros/año. Más grave aún era el carácter de agravio permanente que el agujero creaba en decenas de millones de cotizantes de la Seguridad Social. Francia es rica pero no millonaria.
El análisis ha de hacerse inmediatamente, con todo el respaldo experimental disponible. Hoy las gentes que emergen de las alcantarillas incendian, saquean y matan para volver luego al refugio y aguantar otros 364 días: no hablamos de ellos. Hablamos del pueblo de Francia, aguerrido, imprevisible. Sarkozy lo conoce con olfato de antiguo ministro del Interior, antiguo habitante de la plaza Beauvau. Algunos votantes de la derecha dura, pocos, le han acusado de lenidad ante los huelguistas, infundadamente a nuestro juicio. Sarkozy sabe hasta qué extremo la sociedad tecnológica hace cada día más difícil la respuesta del poder político. La afluencia de recursos permite a veces pactar. Pero pactar, por ejemplo, en favor de los controladores aéreos, sistemáticamente, podría desordenar para muchos años el tráfico europeo.
Encarcelar a 3.000 saboteadores (nada que ver con los que vuelven de Lorena con sus zuecos, avec les sabots) tiene también algunos riesgos. Más aún disparar con mira telescópica contra el encapuchado que intenta descubrir un tejido electrónico enterrado junto a la vía. El componente científico de las sociedades del siglo XXI dificulta cada día, lo repetimos, la respuesta contra sus enemigos. Esa respuesta depende, en ocasiones extremas, del talento, la prudencia, el olfato y la rapidez del Jefe del Estado.
Los sindicatos franceses, sobre todo la CGT, han planteado su batalla a la desesperada. No tenían, al parecer, otra opción. El presidente de la República ha respondido con un pesado y seguro aparato de seguridad, no mal dispuesto al parecer. Ha demostrado la diferencia entre los conceptos de seguridad y represión. Sarkozy ha saltado, desde el centro geométrico del conflicto, al avión que le llevaría a China desde Sarkolandia; ha firmado 22 contratos en Beijing y Shanghai, entre otros el muy notable de Areva, compañía dirigida por Anne Lauvergeon, quizás hoy la primera de su sector en el mundo, garante del servicio de material nuclear para las 90 centrales francesas, garante del suministro de fronteras adentro, proveedora en el exterior de generadores de cuarta generación.
El viaje del presidente de la República cobrará quizá un modesto pero histórico significado. Los sindicatos no perecerán, es seguro. Pero la vida económica de una sociedad europea altamente competitiva no se hará ya, desde 2007, con la mirada fija en un solo sector.
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