Lo de la TV va en serio
Por Jesús Ruiz Nestosa
ABC Digital
SALAMANCA. No es necesario recurrir a encuestas y estudios más o menos eruditos para saber hasta qué punto la televisión puede generar violencia en sus espectadores. Es suficiente con leer las páginas con las noticias policiales para formarse una idea al respecto, porque a veces la incitación puede venir de los programas menos esperados.
Tal es el caso de una joven rusa, Svetlana, de treinta años de edad, que vivía en Madrid. Ni siquiera se le habrá pasado por la cabeza cómo iba a terminar esa ocurrencia de ir a un programa de televisión, uno de esos en los que se discuten relaciones amorosas, se promueven reconciliaciones, se favorecen los perdones, se facilitan los reencuentros y se busca a gente que se ha perdido. Son esos programas dirigidos a un sector muy específico de público dispuesto a derramar torrentes de lágrimas ante cada uno de esos reencuentros, cada una de esas reconciliaciones.
Pues bien, la sorpresa con que se encontró Svetlana fue la presencia de un novio, Ricardo, con el que había terminado porque la maltrataba físicamente; tanto, que había conseguido del juez una orden de no acercamiento. Es decir, Ricardo no podía acercarse a ella y mantener siempre una respetable distancia. Svetlana estaba sentada en un sillón cuando entró el joven con un ramo de flores en la mano, se arrodilló frente a ella, como se acostumbraba en las antiguas historias de amor, y le pidió que le perdonara y se casara con él. Svetlana se negó. No quería volver con él porque la pegaba y pensaba que, a pesar de sus promesas, volvería a hacerlo. El público salió defraudado. No hubo reconciliación. Svetlana quedó como una mujer desalmada y rencorosa.
Pocos días después de este encuentro “sorpresivo” y contraviniendo la orden del juez, Ricardo, armado con un cuchillo, fue a casa de Svetlana, y la mató. Así tal como suena: la mató. Apresado por la Policía y llevado a presencia del juez correspondiente, el magistrado opinó que se debe considerar como atenuante del crimen el haber sido humillado ante las cámaras de televisión.
El hecho llamó la atención. Los periódicos españoles publicaron la noticia de manera llamativa. No era para menos. Sin embargo, una semana más tarde, se supo que otras seis mujeres habían perdido la vida de manera similar en algún punto de España. Svetlana no había tenido el dudoso privilegio de haber sido la primera de la lista. Fue, simplemente, la que disparó el llamado de atención.
A raíz de este episodio, las autoridades llamaron la atención a los diferentes canales pidiéndoles que tuvieran cuidado al organizar este tipo de encuentros. Los responsables del fatídico programa alegaron que sabían la decisión del juez y por ello había en el lugar guardias dispuestos a detener cualquier intento de agresión. La pena fue que la agresión se realizó cuando no había guardias cerca, ni espectadores, ni público que pudiera echar a perder sus planes.
Este episodio no sólo puso de resalto una de las tantas formas de generar violencia sino que a través de tales historias, trasmitidas en un horario en el que los menores gozan de una cierta protección, ponen al alcance de los niños historias de sexo, contadas de la peor manera; historias dichas con la morbosidad exigida por las preguntas de los animadores del programa, cuyas consecuencias no podemos prever, pues ellas no se dan en el acto, sino que requieren un tiempo para digerir el tema y luego poner en evidencia la reacción. ¿Quién hubiera podido creer que aquel joven puesto de rodillas ante la mujer que amaba, con un ramo de flores en una mano, jurándole amor y pidiéndole que fuera su esposa, iba a ser capaz de empuñar un cuchillo, pocos días después y matarla fríamente? Lo único que queda por averiguar es si llevaba el cuchillo en la misma mano que llevó las flores en el programa de televisión.
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