Intereses versus principios
Por Armando de la Torre
Siglo XXI
La madurez del adulto reside en su capacidad de saber esperar el momento.
Es en la vida pública donde más se transparentan los conflictos interminables -dada la condición humana-, entre los principios éticos por los que querríamos guiar nuestro comportamiento y los intereses por dinero, poder o placer, que no menos a diario nos asedian.
Constituyen tales aprietos la fuente última de los altibajos de tensiones, de los dilemas, euforias,
depresiones, que con frecuencia nos mortifican. También donde más se corrompe el hombre, según Lord Acton.
Para menguarlos —porque eliminarlos es imposible—, hemos desarrollado al paso de los milenios complejos sistemas normativos que, supuestamente, habrían de facilitarnos cooperar los unos con los otros en paz, y con tal cooperación, progresar.
Los crímenes, empero, las guerras, las traiciones, los litigios hasta en los rincones más recónditos de la familia, constituyen melancólica y constante memoria de nuestros fiascos en subordinar intereses a principios.
Desde los albores de la civilización muchos se han afanado para encauzarnos por la vía estrecha del cumplimiento del deber, a partir de motivaciones las más disímiles y con éxito vario, pero jamás universal.
Cualquier confesor, psicólogo, legislador, moralista, médico, profeta, juez, puede rendir cuenta profesional de lo fútil de la mayoría de esos esfuerzos.
A las incontables hipótesis para explicarlo que reposan en las bibliotecas quiero añadir una más: semejantes inconsistencias serían atribuibles a esa propensión tan humana a lograr lo que se quiere lo más pronto posible.
Es decir, que mientras más se nos haya hecho hábito lograr lo que nos apetezca al corto plazo, menor nuestra entereza para rechazar lo que nos tiente.
Freud quizás lo hubiera resumido así: mientras más débil nuestro “super ego” —el conjunto de normas sociales internalizadas por cada uno al paso de los años— con tanto más ímpetu se impondrá a nuestras conciencias nuestra “libido”.
De ahí la importancia, lo dijo ya Aristóteles desde muy antiguo, de las virtudes —y de las adicciones— en la formación de ese carácter del que nos gustaría poder disponer en todas las ocasiones.
Porque, en resumidas cuentas, el “carácter” sólo se mide por nuestra capacidad de decir “NO” a esos intereses que nos piden con vehemencia que digamos “SÍ”.
O como se ha articulado por otros, la madurez del adulto reside en su capacidad de saber esperar el momento y el lugar apropiados, no antes.
Si estoy en lo correcto, ¿dónde, apreciados lectores, lo hallan aludido en las múltiples reflexiones sobre “educación” que se publican en los medios masivos de comunicación?
Desde esta perspectiva, precisamente lo más importante en el proceso educativo, la formación del carácter adulto, queda generalmente relegado al olvido.
Por eso priman en la vida pública, y también a veces en la privada, esas impaciencias por acumular botín, esas infames campañas negras por disminuir al adversario, esa voracidad que intenta asegurarse el triunfo a como dé lugar, y menosprecia el bienestar de las generaciones por venir.
Creo, sinceramente, que se echa de menos, en unos más en otros menos, esa educación para conquistar la madurez del que sabe examinar al largo plazo.
Dentro de semanas estrenaremos un nuevo gobierno, que esta vez se estila de tendencia social demócrata.
Les deseo el mayor de los éxitos en su gestión, siempre y cuando estén prestos a tomar sus decisiones con la vista fija en sus consecuencias más probables para el mayor número posible de los conciudadanos al más remoto de los plazos.
Porque gobernar honradamente no es cuestión de etiquetas ideológicas imprecisas, sino de optar con carácter las dos caras de una misma moneda: la del éxito.
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