Crece y preocupa en Europa la ola de xenofobia
Por Elisabetta Piqué
La Nación
ROMA.– Anna Stanciu, una rumana de 38 años que trabaja como babysitter, tiene miedo. Desde hace dos semanas, cuando un compatriota asesinó brutalmente a la esposa de un oficial de la marina italiana en la periferia de Roma, parece haberse desatado en Italia una ola de xenofobia. Y el problema no se reduce a este país, sino que se refleja también en otros de la próspera Europa, donde pequeños partidos con discursos contra la inmigración siguen cosechando triunfos y avances electorales.
“Trato de no hablar en mi idioma en público, porque siento que me miran mal”, explica Anna, que, como la mayoría de los 3.700.000 inmigrantes que viven en Italia, a fin de mes envía casi todo su sueldo a su madre patria.
El temor de Anna es lógico. Después de la salvaje muerte de Giovanna Reggiani, la mujer del oficial italiano, el gobierno de centroizquierda de Romano Prodi expulsó a decenas de indocumentados, desmanteló varias villas miseria donde vivían gitanos y aprobó una nueva política de mano dura para prevenir más delitos. Pero esto no es todo. Hubo varios episodios de intolerancia e incluso agresiones contra extranjeros o tiendas que son propiedad de inmigrantes, que causaron gran alarma. “Es evidente el estado de tensión que hay con respecto a los extranjeros, que ha sido alimentado en los últimos años por respuestas demagógicas de los políticos ante las cuestiones de la inmigración”, explicó Laura Baldrini, vocera del Alto Comisionado de las Naciones Unidos para los Refugiados.
Ya en febrero último, el relator especial de Naciones Unidas sobre las formas contemporáneas de racismo, discriminación racial, xenofobia e intolerancia, Doudou Diène, en su informe sobre Italia, destacaba “una preocupante tendencia en el país hacia la xenofobia y el desarrollo de manifestaciones de racismo, en particular hacia los gitanos, los inmigrantes, los solicitantes de asilo, sobre todo de origen africano, pero también provenientes de Europa oriental y de la comunidad islámica”.
Confirman esta radiografía distintos hechos. Uno sucedió la semana pasada en Padua, al norte de Italia. Partidarios de la Liga Norte, el partido xenófobo por antonomasia, se pasearon con un cerdo por el sitio donde debía construirse una mezquita, lo que echó por tierra el proyecto de levantar el templo, ya que para los musulmanes el cerdo es un animal impuro.
Otro episodio aún más espeluznante ocurrió en Turín, donde un ejecutivo indio, Aman Sharma, responsable del grupo Taj, la cadena hotelera más importante de la India, terminó tras las rejas sólo por su aspecto físico. Aman había viajado para participar del famoso Salón del Vino de Turín, y después de una jornada de trabajo salió del hotel a caminar. Sin saberlo, en lugar de ir hacia el centro, se metió en el barrio multiétnico de San Salvario, donde por error quedó involucrado en una redada de inmigrantes.
Pese a gritar en perfecto inglés que se trataba de una equivocación y que tenía su pasaporte en el hotel, nadie le creyó. Aman fue insultado -“¡a la celda, sucio extranjero!”, le gritaron-, y pasó una noche de pesadilla, entre delincuentes, hasta que al día siguiente la policía se dio cuenta del error.
La escandalosa noticia no tuvo casi ninguna repercusión en los medios italianos, que suelen tratar con gran sensacionalismo y un lenguaje casi bélico cualquier delito cometido por inmigrantes. “Se censuran los aspectos positivos de la inmigración y, alimentando la ansiedad que siente la opinión pública, se tiende a criminalizar a las comunidades extranjeras”, dijo Baldrini. “Se apunta muy a menudo a que “inmigración” es sinónimo de “amenaza a la seguridad””, añadió.
Fenómeno extendido
Pero el clima de caza de brujas que se vive hoy en Italia -en el siglo pasado, uno de los países con más emigrantes del mundo-, también se refleja en el resto del Viejo Continente, que mirándose al espejo descubre que la xenofobia no ha muerto. Sacando provecho de las inevitables fricciones que produce la multiplicidad de culturas y de las contradicciones de las políticas inmigratorias, los partidos xenófobos, que difunden mensajes de odio, aumentan y conquistan asientos no sólo en los Parlamentos nacionales, sino también en el europeo.
La neutral y pacífica Suiza fue la última en llegar al “club”: en las elecciones de octubre, el partido del ultrapopulista Christoph Blocher se consolidó ampliamente, tras haber conquistando el 29% de los votos. Toda su campaña electoral se había jugado sobre el tema de la inmigración, con publicidades abiertamente xenófobas, como una con ovejas blancas que echaban del país al extranjero criminal, representado por una oveja negra.
En Alemania, en tanto, desde hace tiempo se sigue con gran atención a la extrema derecha : si la galaxia de movimientos neonazis pareciera relativamente bajo control, el que preocupa es el NPD, el Partido Nacional Democrático. Está legalmente registrado, obtiene fondos públicos por 1,4 millones de euros y tiene representantes en los parlamentos regionales de Sajonia y Mecklenburgo-Pomerania Occidental.
En Francia, Jean-Marie Le Pen, que con su verba racista y antisemita inflama corazones, y hasta llegó a pedir la salida del país galo de la UE, sigue teniendo simpatizantes.
Mientras en Polonia fueron los gemelos Kaczynski, Jaroslaw y Lech, hasta hace poco primer ministro y jefe de Estado, respectivamente, quienes encendieron una luz de alarma por su xenofobia y antisemitismo.
Todo esto no ha hecho más que inquietar a los inmigrantes. Muchos de ellos, incluso algunos que tienen los papeles en regla, piensan en volver a su país de origen. “Tengo miedo de que los rumanos honestos terminemos pagando por lo que hacen los rumanos malos. Pero no es justo ensañarse contra alguien sólo por una cuestión de pasaporte”, dice Anna, que habla perfecto italiano y vive en el escuálido barrio de Tor Bella Monaca, en la periferia de Roma, desde 1999.
“Nunca había tenido miedo -agrega esta mujer nacida en Bucarest-, pero ahora estoy pensando en volver a mi país. Ya no me siento bien aquí.”
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