La polifacética imagen de España en América Latina
Por Manuel Mora y Araujo
Infolatam
El incidente de Santiago, donde el rey Juan Carlos puso a Chávez a la defensiva, ha desatado una corriente hispanofóbica con epicentro en Caracas y una cierta tendencia a la diseminación en otros países de la región. Para extenderse, esa corriente necesita de ecos y repeticiones en sectores sociales, más allá de cuanto la acojan las elites políticas que simpatizan con el gobernante venezolano. No está claro que haya una propensión anti española en las actitudes de la mayor parte de los latinoamericanos, pero el tema está abierto a conjeturas y seguramente será abordado con nuevas investigaciones de opinión pública en el futuro cercano.
Entre tanto, es útil recapitular lo que ya sabemos al respecto. En la Argentina se realizaron años atrás estudios profundos sobre la imagen de España y los españoles en este país. La principal conclusión es que no hay una sola imagen de España predominante en el imaginario de la sociedad argentina. Por encima de todo se registra una buena opinión sobre España: se la ve con simpatía. España encabeza, junto con Brasil, la tabla de países preferidos por los argentinos y es el país que un mayor número de personas considera digno de imitar. Pero debajo de esa napa periférica subyacen distintos núcleos simbólicos.
En lo esencial, hay tres Españas con imágenes muy diferenciadas: la España colonial, la España de la inmigración masiva y la España de la inversión directa y los lazos con el mundo capitalista. La España de la colonia en la Argentina no tiene la misma vigencia que en países con alta proporción de población indígena. Cuan real es, cuan arraigada está en la población boliviana, ecuatoriana o mexicana el sentimiento de una deuda histórica pendiente, es materia de discusión, pero sin duda el tema está en la agenda de sectores políticos. En la Argentina, no; es un asunto para los historiadores y sólo en círculos intelectuales marginales el tema cobra alguna vigencia actual. Ni siquiera el “bolivarianismo” espontáneo expresa sentimientos anti hispánicos, imbuido como está del orgullo de las gestas de la independencia, que fueron antiespañolas políticamente, pero reivindicaron, y consiguieron, el poder para los criollos descendientes de los conquistadores, no para los nativos de origen precolombino.
La España de la inmigración para los argentinos tiene otro significado. La mitad de la población desciende de españoles que llegaron a estas tierras entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siglo XX. Junto con los italianos, y más o menos en la misma proporción, formaron los estilos de vida que esta sociedad hizo parte de su propia identidad. En la Argentina esa España es una referencia permanente en la memoria de las familias, en los álbumes de fotos de los hogares, en los lazos con los parientes de allá, y es también una fuente de imágenes complejas, una suerte de espejo de doble faz: en una de sus caras muchos argentinos descubren sus orígenes, en la otra proyectan sus expectativas. De allá muchos vinieron, y ahora allá muchos se van.
La España de las inversiones es la más compleja. En términos generales, en el balance, en el proceso de apertura al mundo que comenzó en la década de los 80 y se profundizó con la apertura económica de los 90, España apareció como un jugador protagónico. Esta era una España moderna, el puente hacia Europa, la cara más amigable del mundo capitalista -un mundo siempre un poco amenazante para muchos argentinos-, el punto de contacto seguro con este fantasmal planeta globalizado del que la Argentina siempre tiende a sentirse en el margen.
Las ideas económicas en circulación son diversas, no todos comparten un juicio positivo de la integración a la economía internacional y de la apertura a la inversión extranjera. Aun así, la actitud de los argentinos hacia la España inversora y hacia sus empresas ha tendido en estos años a ser favorable. La imagen corporativa de las empresas españolas es notoriamente buena -y las excepciones, que las hay, guardan sin duda relación con el desempeño, no con el origen de sus capitales-.
Cuesta imaginar que una ola de xenofobia económica o de nacionalismo etnocéntrico prenda una llama antiespañola en una sociedad como la argentina. Es de presumir que lo mismo pasa en casi todos los países de esta región. Al mismo tiempo, es de prever que las empresas españolas puedan verse exigidas a un control más cuidadoso de su imagen y de su inserción en las sociedades en las que actúan. La España de la inversión directa contribuyó en una medida importante a los cambios económicos de las últimas décadas en América Latina. Deberá plantearse ahora cómo contribuye, en una medida no menos importante, a los cambios sociales que nuestros pueblos piden a gritos.
Lo que los españoles hagan en este plano tendrá mucha más relevancia, para la inmensa mayoría de la gente, que las discusiones y las interpretaciones sobre el pasado.
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