Naciones prostituídas
Todos alguna vez en el transcurso de nuestras vidas hemos visto con pena y dolor, a aquellas chicas que lamentablemente viven “confundidas”. Éstas chicas en su búsqueda de amor para llenar el vacío de su soledad buscan el remedio a todos sus problemas en un hombre que será el mesias de su vida, el que les arregle todos sus problemas.
Y así, pasan de hombre en hombre, de cama en cama, cargando con los hijos de uno y otro, casándose y separándose, mientras están con un hombre, pronto aparece otro que les hace creer que pondrá el cielo y la tierra bajo sus pies y así dejan a uno y van en pos del otro, en un círculo que nunca acaba excepto cuando su autoestima llega a ser lo suficientemente fuerte como para darse cuenta que su destino depende solamente de lo que ellas hagan, de sus elecciones correctas, y de que no necesitan un hombre que cual mesías les salve de su vacío, si no más bien entenderán que la relación de un hombre y una mujer es para juntos construir algo, apoyándose mutuamente para superar las deficiencias del uno y del otro.
Pero y ¿Qué tiene que ver esto con nuestras naciones? Mucho. Pues justamente ese es el mismo patrón que nos mantiene en el subdesarrollo. Nuestras naciones viven buscando un mesías –y al igual que con las mujeres, no faltan los ofrecidos- que solucione de la noche a la mañana todas las necesidades de sus habitantes, el pan, techo y empleo; la salud y la educación, entre otros. Y así las naciones se entregan a cada político, que cual el patán de barrio, no se presenta tal cual es, si no cubierto de una serie de galas y lisonjas para convencer y esconder sus verdaderas intenciones.
Así, nuestros políticos para compensar y sanar sus egos heridos tratan mediante, los aplausos de caerle bien a unos mediante el uso de la envidia, el pleito, el resentimiento y el revanchismo contra otros, pobres contra ricos, costa contra sierra, todo con tal de ser los mesías del momento, para luego de lograr sus objetivos de satisfacción personal y de sus amigos, buscar un culpable de su fracaso y alzar el vuelo. Lamentablemente hay dos cosas que no se ha entendido: la primera es que en las naciones prósperas y civilizadas esos comportamientos políticos han sido desechados y la segunda que en las mismas naciones los ciudadanos han llegado a comprender que su desarrollo en ninguna manera depende del político de turno, que el futuro se construye con la capacidad, desempeño y esfuerzo de cada ciudadano y de la empresa privada.
Las naciones más fuertes son aquellas donde su empresa privada es fuerte, las naciones más pobres son aquellas donde el Estado es muy fuerte pero los derechos de sus ciudadanos y el emprendimiento privado es débil o casi nulo.
Lamentablemente, en nuestra Latinoamérica es común ver la propaganda cargada de malas ideas que suenan a buenas ideas, pero es solo cuestión de tiempo para que los mismos ciudadanos que en un momento se ejaron “enamorar” por el discurso populista, comprueben en carne propia los desastres ocasionados por sus malas decisiones, su falta de autoestima, por idolatrar a un ser humano y a un sistema cada vez más estatista que lo regale todo, como el redentor de sus problemas.
Así, al igual que aquellas mujeres desdichadas, nuestros países van cargando deuda externa, guerras internas y externas, crisis comerciales y financieras, confusión y deseo de no afrontar con la responsabilidad de las malas decisiones tomadas en un pasado.
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