Capitalismo migratorio
Por Eduardo Ulibarri
El Nuevo Herald
La inversión extranjera directa es clave para que los países en desarrollo compensen la falta de ahorro interno, amplíen su base productiva y generen empleo.
La ayuda bilateral y multilateral, sobre todo para los más pobres, puede mejorar las finanzas públicas, desarrollar programas sociales, construir infraestructura y atacar directamente la pobreza.
El comercio amplía mercados para los bienes y servicios de todos, y aumenta las oportunidades de impulsar sus ventajas comparativas y competitivas.
Estos tres factores internacionales han sido, hasta ahora, los que mejor explican el desarrollo (o falta de él) de una gran cantidad de países. A ellos, por supuesto, hay que añadir variables internas, especialmente el buen gobierno.
Pero, también en el ámbito externo, cada vez gana mayor importancia un elemento tradicionalmente poco considerado: el aporte económico de los migrantes a sus países de origen.
Sabemos, por ejemplo, la enorme importancia que tienen para múltiples familias mexicanas, hondureñas o salvadoreñas las remesas que reciben de Estados Unidos. Y también conocemos, con bastante exactitud, el peso de sus aportes en ciertas economías. Pero sólo ahora disponemos de una profunda y extensa investigación que ha calculado su impacto mundial.
El estudio fue realizado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola (FIDA), de las Naciones Unidas. Sus revelaciones son sorprendentes:
• El año pasado, a escala global, las remesas de los migrantes llegaron a trescientos mil millones de dólares, mucho más que la suma de la inversión extranjera directa ($167,000 millones) y la ayuda internacional ($104,000 millones) recibidas por los países en desarrollo.
• Asia fue el principal continente receptor de remesas, con más de $114,000 millones, e India el principal país, con $24,500 millones. América Latina y el Caribe ocuparon la siguiente posición, con $68,000 millones, de los cuales México, el segundo mayor receptor individual, obtuvo más de un tercio. Siguieron Europa Oriental, Africa y el Medio Oriente.
• El aporte relativo también difiere sustancialmente. Por ejemplo, los $24,300 millones obtenidos por México representan el 2.9 por ciento de su economía, medida por el producto interno bruto (PIB), mientras los $162 millones de la isla de Granada alcanzan poco más de un tercio.
• En nuestro continente, en orden de su relación porcentual con el PIB, siguen Honduras, donde las remesas representan un 24.8 por ciento, Haití (21), El Salvador (18.2), Nicaragua (14.9), Guatemala (10.1), Bolivia (9.7) y Ecuador (7.8). Es decir, algunas de las economías latinoamericanas colapsarían sin esos aportes.
Más allá de estas cantidades, y de las vulnerabilidades nacionales que muestran, hay otros aspectos de enorme importancia, que permiten vincular las remesas a posibilidades de desarrollo más sostenido.
Uno es que entre el cinco y diez por ciento de las remesas se convierten en ahorro; otro, que, sobre todo en América Latina, cada vez un mayor porcentaje de esos recursos ingresan al sistema financiero formal, con lo cual su uso productivo puede ser más eficiente.
Además, análisis individuales en países como El Salvador muestran que, de forma creciente, más fondos se dedican a inversiones, sobre todo en casas, y menos a consumo en general.
Lo anterior indica que, además de solventar necesidades básicas de familiares, las remesas se movilizan hacia actividades productivas y bienes de capital. Esta tendencia, a su vez, está directamente relacionada con la ”formalización” de los flujos, gracias a intermediarios debidamente supervisados y vinculados al sistema financiero formal.
De este modo, un fenómeno originado en la pobreza o falta de oportunidades, está adquiriendo cierta mayoría de edad en el esquema del desarrollo internacional. Y la ha alcanzado mediante la suma de millones de pequeños aportes individuales; es decir, estamos ante una modalidad de microcapitalismo popular, pero, a la vez, globalizado.
Tras el estudio del BID y el FIDA, cada vez será más importante, a la hora de juzgar las estrategias económicas de algunos países, preguntarnos cuáles son sus políticas para formalizar y canalizar los flujos de remesas. El desafío es grande, pero positivo.
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