El motor económico de la envidia
Por George Will
Diario de América
Vale, ya, de compasión hacia los órdenes medio e inferior de la sociedad. Existe actualmente un déficit de simpatía con respecto a los muy ricos. O eso dirían los ricos, porque llevan la pesada carga de gastar lo suficiente para mantener funcionando a pleno pulmón la plutonomía de hoy.
Además, obtienen beneficios psicológicos decrecientes por su gasto ahora que las firmas de lujo están siendo democratizadoras. Cuando hay 379 tiendas Louis Vuitton y 227 tiendas de Gucci, ¿a quién le interesan?
Ajay Kapur, de Citigroup, aplica el término “plutonomía” a, sobre todo, Estados Unidos, aunque Gran Bretaña, Canadá y Australia también entran en la categoría. Observa que el 1% de los hogares más ricos de América posee más de la mitad de las acciones de la nación y controla más riqueza (16 trillones de dólares) que el 90% de cola. Cuando el 20% más rico explica más del 60% del consumo, se ve el motivo de que los precios del crudo al alza tengan tan poco efecto sobre el consumo.
La teoría de Kapur es que las “oleadas de riqueza” se transforman en temporadas caracterizadas por, entre otras cosas, avances objetivos de la productividad determinados por la tecnología e innovaciones financieras creativas que “involucran gran complejidad mejor explotada por los ricos y con formación del momento”. Para el cauto, el atrevido y el que tiene recursos, éstos son los mejores tiempos de todos — Y las enormes recompensas a personas así podrían servir al rápido avance de la sociedad hacia una riqueza mayor.
Ser rico es cada vez más caro. El índice CLEW de Forbes (Cost of Living Extremely Well) — sí, existe algo así — lleva creciendo mucho más rápidamente que el banal IPC (índice de precios al consumo). A finales de 2006, había 9,5 millones de millonarios en todo el mundo, lo cual ayuda a explicar el boom de los “índices de lujo” — acciones como Christian Dior o Richemont (Cartier y Chloe, entre otras marcas), que han crecido hasta un 247 y 337% respectivamente desde el 2002 según la revista Fortune. La “cartera plutonómica” de acciones de Citicorp (Sotheby’s, Bulgari, Hermes, etc.) ha generado un beneficio anual neto promedio de 17,8% desde 1985.
Éste es el síntoma exterior de un fascinante fenómeno psicológico. La envidia crece mientras — y quizá aún más rápidamente que — crece la riqueza. Cuando la afluencia en la economía de bienes garantiza que una gran mayoría puede dar por sentado cosas que hace unas cuantas generaciones eran productos de lujo destinados a una pequeña minoría (una casa confortable, vacaciones distendidas, una segunda residencia, educación universitaria, jubilación generosa), la “economía posicional” pasa a ser más importante.
Los bienes y servicios de posición son inherentemente productos de lujo. Son privilegios — educación “de elite”, vacaciones o propiedades “exclusivas” — destinados solamente a personas con la suficiente riqueza para perseguir la satisfacción de la “competición de posición”. En tiempos, cierta ropa, equipaje, relojes, carreteras, automóviles, etc. bastaba. Pero con tanto dinero anegando el mundo, demasiadas personas pueden comprarlos. Demasiadas, en el sentido en que el valor de comprar un “bien de posición” está vinculado al hecho de que nadie aparte de unos cuantos pueden adquirirlo.
Eso solía estar garantizado porque el suministro de muchos bienes de situación era inelástico — eran fabricados por una reducida clase de artesanos europeos. Pero cuando se fabrican en masa en países en desarrollo, no pueden seguir siendo tales bienes durante mucho tiempo. Cuando el 40% de todos los japoneses — y el 94,3% de las japonesas de veintitantos, informa Fortune — tiene algún producto Louis Vuitton, su valor posicional desaparece.
James Twitchell, profesor de inglés y publicidad en la Universidad de Florida, escribiendo en el Wilson Quarterly, dice que este “lux populi” es “la ordinarización del lujo”. Ahora que Ralph Lauren vende pintura, ¿pueden quedarse atrás los neumáticos radiales Polo? Cuando un fabricante de yates anuncia una embarcación de 20 millones de dólares — en un periódico, con prestigio; el Financial Times, pero aún así — el prestigio normalmente es una baja.
Como escribía Adam Smith en “La riqueza de las naciones”, para la mayor parte de los ricos, “el principal disfrute de las ganancias consiste en el desfile de riquezas, que a sus ojos nunca están tan repletas como cuando aparentan poseer esas señales decisivas de opulencia que nadie puede poseer aparte de ellos mismos”. Hennessy comprende la lógica de los activos trofeo: está vendiendo una edición limitada de 100 botellas de coñac a 200.000 dólares la botella.
Hay buenas noticias al acecho en mitad de la vulgaridad. Los hábitos de ahorro de los americanos están mejor de lo que parecen porque los muy ricos, consumiendo más que sus actuales ganancias, tienen un ritmo de ahorro negativo.
Además, dado que los simplemente acomodados disminuyen la capacidad de los muy ricos de obtener placer de los bienes de posición, la filantropía se podría convertir en la forma definitiva de competición situacional. Quizá por eso tantos centros superiores y universidades (más de 20, según Twitchell) llevan actualmente a cabo campañas de recaudación de fondos multimillonarias. Cuando el creciente consumo de productos de lujo da lugar al declive del disfrute de la gran riqueza, regalarla podría ser la mejor venganza.
© 2007, The Washington Post Writers Group
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