In dietro…
Por Diego Márquez Castro
Correo del Caroní
“Los tiempos son oscuros, las costumbres corruptas y hasta el derecho a la crítica, cuando no lo ahogan las medidas de censura, está expuesto al furor popular”. Umberto Eco
Hace poco nos fue obsequiado el libro A paso de cangrejo, de Umberto Eco, académico, articulista, novelista y conferencista, así como profesor invitado en diversas universidades de Estados Unidos y América Latina. Habla Eco en su libro de la reaparición de los fundamentalismos “que parecían propios de la crónica del siglo XIX”, hoy tenemos fundamentalismos religiosos y fundamentalismos políticos que se unen por medio de una suerte de simbiosis para ahogar, extirpar y borrar la libertad del hombre; asimismo, “tenemos a los fascistas en el gobierno” y mire usted que ahora los hay de diversos colores y pelajes, autoproclamados demócratas y socialistas, disfrazados y enmascarados que, como en el reciente pretérito siglo XX, manipularon a su favor eso con lo que se paladean y repiten sus corifeos: el pueblo.
Eco desarrolla una interesante reflexión al respecto que vale la pena reproducir: “En realidad, el pueblo como expresión de una única voluntad y de unos sentimientos iguales, una fuerza casi natural que encarna la moral y la historia, no existe. Existen ciudadanos que tienen ideas diferentes, y el régimen democrático (que no es el mejor, pero, como suele decirse, es el menos malo) consiste en establecer qué gobierno obtiene el consenso de la mayoría de los ciudadanos. No del pueblo, sino de una mayoría, que a veces puede estar formada no por el cómputo de las cifras, sino por la distribución de los votos en un sistema uninominal. Los elegidos representan proporcionalmente a los ciudadanos en el Parlamento. Pero el país no es sólo el Parlamento”.
Las palabras del autor que nos ocupa llevan a dirigir la mirada a un país concreto y a una realidad concreta: Venezuela, donde, al igual que en el mundo contemporáneo, las cosas no van ni están bien. Aquí es mucho lo que se ha manipulado a eso que vienen llamando el pueblo en detrimento del concepto, esencia y existencia del estado de ciudadanía. Entonces, de la boca del líder y sus seguidores más dóciles y conspicuos, emerge incesantemente el conjuro encantador que toma la forma de falacia informal del argumentum ad populum.
De tal forma, como lo afirma Eco, “el país no sólo es el Parlamento” y en tal sentido advierte el escritor que “existe una infinidad de cuerpos intermedios que van desde los poderes industriales al ejército, de los colegios profesionales a la prensa, etc.” Eso, por supuesto, cuando se vive en una democracia que se precie de ser tal, caso contrario, en las pseudodemocracias la situación es distinta porque esas instancias intermedias en muchos casos se toman como cuerpos contrarios al sistema, recibiendo un trato que va de la indiferencia, pasando por la exclusión y la represión, concluyendo con el exterminio y el destierro. De allí que el autor diga: “La oposición (si no está amañada, como también podrían estar amañadas las elecciones) es el procedimiento por el cual el país se asegura de que los representantes de los cuerpos intermedios saben hacer su trabajo”.
Sin embargo, cuando eso no sucede así, estamos ante los efectos de una gran maquinaria que busca voltear el sentido de las cosas; así, Eco dice: “Apelar al pueblo, significa construir una ficción: teniendo en cuenta que el pueblo como tal no existe, el populista es aquel que se crea una imagen virtual de la voluntad popular. Mussolini lo hacía reuniendo a cien o doscientas mil personas en la Piazza Venezia que lo aclamaban y que, en su condición de actores, desempeñaban el papel de pueblo.
Otros pueden crear la imagen del consenso popular jugando con los sondeos o, simplemente evocando el fantasma de un “pueblo”. De este modo, el populista identifica sus proyectos con la voluntad del pueblo y luego, si tiene éxito (y muchas veces tiene éxito), transforma en ese pueblo que ha inventado a una buena parte de los ciudadanos, fascinados por una imagen virtual con la que acaban identificándose”. ¿América Latina hoy? ¿Venezuela hoy?
Vale, pues, anotar una conclusión del escritor, quien analizando las andanzas regresionistas de nuestra contemporaneidad, apunta: “Éstos son los riesgos del populismo que hemos reconocido y tenido cuando se manifestaba en otros países, pero que curiosamente no reconocemos bien cuando comienza a imponerse en nuestra casa. Tal vez ciertos riesgos los perciben antes los extranjeros que los pueblos (o los ciudadanos, no el pueblo) interesados”. ¿No nos dice nada esta reflexión de Eco? Y pensar que todavía hay gente que vive ausente de lo que pasa… ¿Reaccionarán estas personas algún día? Tal situación la ilustra el autor con la siguiente referencia: “Si voy al quiosco y compro todos los periódicos que existen, me doy cuenta que sólo se ejerce la crítica en algunos periódicos partidarios de la oposición, y en parte también en una prensa que, aunque pretenda ser “independiente”, no puede silenciar algunos hechos escandalosos; pero también hay lectores que compran los otros periódicos, y que son totalmente impermeables a estas críticas”.
En nuestro país este tipo de situaciones no solamente se reflejan en la prensa escrita sino en diversos medios televisivos y radiales que ahora, subyugados por la desventurada Ley Resorte, se verán mucho más oprimidos por la activación del llamado Poder Popular que ejercerá sobre los comunicadores, los medios y los mensajes un control inquisitorial disfrazado bajo la careta de “comités de usuarios” así como “contraloría social” y, para rematar, no bastando lo que en cuanto a los comunicacional se encuentra contenido en el Código Penal y los apremios fiscalistas del Seniat, ahora, como la guinda del postre se nos anuncia que con la “nueva” Constitución el derecho a la información y el derecho al debido proceso serán suspendidos durante la duración de los estados de excepción… ¿otro paso de cangrejo? Sin duda, seguimos involucionando.
Entre otras consideraciones en los temas que va tratando Eco en su libro aparece el tema de la prevaricación, en tal sentido manifiesta: “Si, como define el diccionario, prevaricar significa “abusar del propio poder para obtener ventajas en contra del interés de la víctima y actuar en contra de la honestidad transgrediendo los límites de lo lícito”, a menudo quien prevarica, a sabiendas de que prevarica, desea en cierto modo legitimar su propio gesto e incluso, como sucede en los regímenes dictatoriales, obtener el consenso de quien es víctima de la prevaricación, o encontrar a alguien que esté dispuesto a justificarla.
Por consiguiente, se puede prevaricar y utilizar argumentos retóricos para justificar el propio abuso de poder”.
Dentro de ese orden de ideas, quien prevarica desde el poder, se busca enemigos internos y externos en los cuales justificarse cuando procede a reprimir la disidencia; así, dice Eco: “En general, las dictaduras, para mantener el consenso popular en torno a sus decisiones, denuncian la existencia de un país, un grupo, una raza o una sociedad secreta que conspiraría contra la integridad del pueblo dominado por el dictador. Cualquier forma de populismo, incluso contemporáneo, busca obtener el consenso hablando de una amenaza que procede del exterior o de grupos internos”.
Se trata del llamado casus belli que se acompaña de la teoría del complot, hábilmente manejados por Hitler, Mussolini, Stalin, Mao, Fidel Castro y todos sus discípulos de ayer y de hoy. O como diría J. Attali: “El príncipe se arroga el derecho a la eternidad, reina primero como un dios y luego por sí mismo, por la fuerza”. A paso de cangrejo.
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