Elecciones en Ecuador: La madre de todas las batallas
Por Simon Pachano
Infolatam
Quito – La prohibición de difundir los resultados de las encuestas electorales, que por ley rige para los últimos veinte días de la campaña, es solamente uno de los muchos velos que impiden ver los posibles resultados de la elección que se realizará el domingo 30 de septiembre. Los laberintos del sistema electoral, la atomización de los partidos y en general de las organizaciones políticas, el ocaso de los liderazgos hasta ahora vigentes y el enorme número de listas inscritas, son las causas que hacen prácticamente imposible contar algún grado de certidumbre.
Lo único que se puede asegurar en este momento es que el gobierno de Rafael Correa contará con amplio respaldo en la Asamblea. Sin duda, su grupo será el más numeroso, pero aún quedan dudas de que pueda alcanzar por sí solo la mayoría. El alto número de listas y la fórmula de asignación de escaños (que tiende a favorecer a los más pequeños) serán obstáculos muy difíciles de vencer para lograr más de la mitad de los puestos que necesita para la aprobación de cada artículo constitucional. No es imposible que la obtenga, pero para ello deberá producirse un fenómeno de votación masiva -como el que dio el triunfo a Evo Morales en las presidenciales bolivianas-, que no tiene antecedentes en la historia reciente de Ecuador. Algo así no se ha producido desde la década de los cuarenta, cuando el viejo caudillo Velasco Ibarra arrasaba en las elecciones.
Posiblemente inspirado en esos episodios de la historia nacional, el presidente Correa parece estar dispuesto a aplicar la misma fórmula que tanto éxito le dio a aquel líder populista. Así, en las semanas previas a la elección se lanzó de lleno a una frenética campaña electoral que lo ha llevado de un extremo a otro del país e incluso a visitar a los ecuatorianos residentes en España, Italia y Estados Unidos. En ella ha atacado sin respiro a quienes considera sus opositores, en especial a los medios de comunicación, que por el momento constituyen la única fuente de crítica cuando la oposición política está atomizada y reducida a su mínima expresión. Las prohibiciones legales quedaron al margen desde el momento en que calificó a esta campaña y a la Asamblea como “la madre de todas las batallas”, sin importar el mal sabor que deja esta frase entre quienes valoran en algún grado la democracia. Para emprender en esa batalla ha contado con cuantiosos recursos -provenientes de los altos precios del petróleo en el mercado internacional- que le han permitido incrementar los subsidios existentes y crear nuevos, así como comprometer obras y servicios en poblaciones necesitadas.
Todo ese conjunto de hechos ha colocado al Presidente en el centro de la escena política nacional y ha convertido a esta contienda en un plebiscito sobre él. Un triunfo amplio será interpretado como un apoyo irrestricto e incondicional a sus propuestas (no a sus realizaciones que hasta el momento son más bien escasas y no marcan un rumbo claro). Es probable, entonces, que a partir de ese momento el Presidente imprima un ritmo mucho más rápido y se desplace con el acelerador a fondo hacia la redefinición de la orientación de la economía. Una mayor intervención del Estado y la introducción de severos controles a la banca y a otros sectores económicos son previsibles de acuerdo a las declaraciones del mandatario y de sus principales colaboradores.
Previamente, como lo ha anunciado reiteradamente el Presidente, la Asamblea habrá cerrado el Congreso. Aunque no está facultada para hacerlo, esa medida será tomada el primer día de labores y constituirá el paso más importante para debilitar aún más a la oposición. En los medios oficiales existe el temor de que el Congreso sea utilizado como el bastión desde el que se buscaría obstaculizar el trabajo de la Asamblea y las actividades del Gobierno. La ausencia de una bancada propia y la desconfianza en los diputados que ayudó a posesionarse después de la inconstitucional destitución de la mayoría, convierten a esta en una medida de vida o muerte para el régimen. Sin embargo, las consecuencias pueden ser desastrosas, ya que constituiría la ruptura del estado de derecho y la pérdida de vigencia de la actual constitución. Mientras no se expida la nueva constitución, el país viviría en una situación de indefinición, en la que la Asamblea tendría poderes ilimitados y no existirían los mecanismos y procedimientos que aseguran la división, el equilibrio y el control de las funciones del estado.
Si esos pueden ser los resultados de un triunfo amplio de la organización política gubernamental (Alianza País), una votación más apretada podría interpretarse casi como un fracaso. Los términos plebiscitarios en que ha colocado el Presidente a esta elección pueden convertirse en un factor adverso para la totalidad de su proyecto. El espacio que él ha definido para sí mismo es tremendamente reducido y le da escaso margen de acción. Su advertencia de renuncia en caso de derrota está sujeta a lo que él entienda por esta última. Un resultado que le obligue a buscar alianzas más allá de las fuerzas políticas más cercanas, podría ser interpretado como un fracaso dentro de la lógica bélica que ha mantenido el mandatario. Por ello, cada voto y cada escaño de la Asamblea tendrá una importancia desconocida en circunstancias normales. En la guerra se juega la vida o la muerte, mucho más cuando es la madre de todas ellas.
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