La ley del garrote
Por Andrés Reynaldo
El Nuevop Herald
Alan Greenspan, el ex presidente de la Reserva Federal, afirma en sus memorias que el propósito de la guerra en Irak fue (¿adivina, adivinador?) el petróleo.
Creo que esta vez mis amigos neoliberales y bushistas no van a poder matar al mensajero. Greenspan, nombrado por Ronald Reagan en 1987, es un intelectual estrechamente ligado al pensamiento de Ayn Rand, pionera de las ideas positivistas y neoconservadoras en Estados Unidos. Hasta su retiro en enero del 2006 fue uno de los pocos hombres con decisivo poder sobre la economía global y todavía hoy sigue siendo un ídolo para Wall Street y los líderes mundiales de las finanzas.
Por lo demás, la afirmación de Greenspan cae como la aceituna al martini precisamente cuando Washington presiona con dientes y uñas al gobierno y parlamento iraquíes para que aprueben una Ley de Hidrocarburos concebida para poner la riqueza petrolera en manos de las multinacionales extranjeras.
Irak dispone de la tercera mayor reserva petrolera del planeta. (Sin mencionar que pudiera tener el doble aún sin explorar). Su producción reporta el 70 por ciento del Producto Interno Bruto y el 95 por ciento de los ingresos estatales. La zona norte, habitada por una mayoría kurda, cuenta con el 20 por ciento de las reservas, mientras que al sur chiita le corresponde el 70 por ciento. Los sunitas, que aportan el grueso de los insurgentes al monstruoso conflicto civil, se quedan con un 10 por ciento repartido en áreas con una escombrosa, si alguna, capacidad industrial.
En este panorama, el futuro de la nación reclama el control del petróleo por instituciones estatales, como ocurre en Arabia Saudita y otras muchas naciones árabes y occidentales. Así, los necesarios acuerdos con las transnacionales deben prescribir reguladas cuotas de participación, intensos programas de adquisición de tecnología y plazos de explotación compatibles con la seguridad nacional, la soberanía y los mejores intereses del país.
La situación se ve más clara si recordamos los fructuosos esfuerzos de la Casa Blanca y el Congreso durante el 2005 para impedir que la Corporación Nacional de Petróleo de China (CNOOC, por sus siglas en inglés) comprara a Unocal Corporation, la octava productora norteamericana de gas y petróleo, con plataformas en Alaska y el Golfo de México. Sin embargo, el borrador que debate el parlamento iraquí desde hace casi un año se diferencia dramáticamente del de sus vecinos, incluidos fuertes aliados norteamericanos. Para empezar, se otorgan insólitas concesiones de hasta 35 años y se regala a las corporaciones extranjeras la explotación de los yacimientos por descubrir.
En Gran Bretaña, con una opinión pública menos anestesiada y unas instituciones de análisis menos comprometidas con el establishment que en Estados Unidos, voces de todos los sectores se han alzado para condenar este intento de saqueo repugnantemente incongruente con el anhelo de contribuir a la creación de un Irak moderno, próspero y democrático.
”Una Ley de Hidrocarburos concebida por intereses extranjeros, pasando por alto incluso a miembros del Parlamento iraquí, desmiente las aseveraciones de que la agenda británico-estadounidense buscaba llevar la democracia a Irak”, comentó Greg Muttitt, de la organización Platform. “Pero también provoca serias interrogantes sobre nuestra propia democracia: a saber, si el gobierno está representando en Irak a los ciudadanos británicos, en su mayoría opuestos la guerra, o si en realidad sólo está representando a unas pocas y poderosas corporaciones petroleras”.
A esta hora, no hay mucho margen a la esperanza. La región autónoma kurda aprobó ya su propia ley y de inmediato entregó su primera concesión. Según comenta un artículo del periódico madrileño El País, firmado por Pere Rusiñol, la beneficiaria es Hunt Oil Company, de Texas. Su dueño, Ray L. Hunt, es un íntimo amigo del presidente George W. Bush, integra el Comité Asesor Presidencial de Inteligencia y la dirección de la Fundación para la Biblioteca Presidencial.
”Además”, señala el artículo, “presidió durante años el National Petroleum Council — el lobby industrial que asesora a la Secretaría de Energía [. . .] y trabajó en Halliburton, el gigante tan vinculado a los Bush y al vicepresidente [. . .] Dick Cheney”.
A este ritmo, puede que ganemos a sangre y fuego la guerra contra el terrorismo. Pero nunca vamos a ganar el corazón de millones de musulmanes que esperan de la democracia, al menos, el milagro de la transparencia. En las calles de Bagdad, hoy no desentonaría este epitafio: “Aquí yace la moral de Occidente”.
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