La esclavitud no se discute
Por Fernando Luis Egaña
Correo del Caroní
La reelección continua o el mando perpetuo que sustenta la propuesta de reforma constitucional del señor Chávez, busca convertir a Venezuela en una nación de esclavos. Pero no esclavos de una oligarquía, o de una clase, o de un partido, o de una potencia extranjera, sino esclavos de un mandamás que aspira a “mandar hasta que el cuerpo aguante”.
¿Es legítimo, por tanto, un debate acerca de los méritos y desméritos de semejante amenaza? La respuesta debería ser un rotundo no. Tal y como lo planteó Teodoro Petkoff en su editorial al día siguiente de consignado el proyecto respectivo en la Asamblea Nacional.
Y es que la esclavitud no se discute: se rechaza, se condena y se combate. Entrar en una disquisición de carácter jurídico-institucional sobre los pro y los contra de la reelección continua, sería equivalente a promover un debate sobre los activos y pasivos de la esclavitud política.
De allí que sea un grave error caer en la trampa de una “discusión abierta y desprejuiciada” sobre una aberración tan evidente. Y como la presidencia vitalicia es el meollo de la supuesta “reforma constitucional”, también es un grave error dividir su análisis entre los componentes de la reforma, alegando que unos son positivos y otros negativos.
Con ello sólo se conseguiría diluir la gravedad del asunto en un inventario de temas diversos, lo que daría pie a considerar que la reforma constitucional tiene aspectos favorables que, incluso, compensarían los contenidos obviamente nefastos.
Preocupa que voceros reconocidos de la oposición política hayan asumido este tipo de estrategia. Me refiero, por ejemplo, a algunos planteamientos de Julio Borges, coordinador de Primero Justicia, y también a la iniciativa irreal del jefe de Un Nuevo Tiempo, Manuel Rosales, de que se realicen varios debates en cadena sobre los 33 artículos de reforma.
Vistas así las cosas, el mandado estaría medio hecho para que la Miraflores roja-rojita lograra salirse con la suya sin demasiadas dificultades, y terminara de imponer la reforma o la reelección continua al conjunto de los venezolanos.
Los denominados “caramelos de cianuro” o los adornos que acompañan la propuesta para hacerla más potable o menos indigerible, son cuestiones secundarias que pretender enredar y confundir a la opinión pública, y en especial a los sectores sociales que, aún teniendo simpatías o compromisos con el régimen de Chávez, no comparten la consigna del “hasta el dos mil siempre”.
Darles una importancia central y estimular que se discuta aquí y allá al respecto, es un objetivo nada disimulado del oficialismo. Se pretende crear la ilusión de un amplio debate nacional para darle legitimidad y naturalidad a lo que en verdad les interesa, o sea la reelección continuada del señor Chávez.
Ese juego no debe seguirse por parte de quienes saben y les consta que la mera reelección indefinida es la destrucción radical de la estructura democrática de la Constitución de 1999. Toca, en cambio, concentrar todo el esfuerzo de lucha, alerta y denuncia sobre ese afán de corte totalitario que significa la república en manos del gendarme necesario.
Después de todo, Bolívar no nos liberó de la corona española para que casi 200 años después volviéramos a coronar a un rey de los esclavos.
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