Cristianismo y capitalismo
Por Hugo J. Faría
El Universal
Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era forastero y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis”, Mt. 25, 35. La lectura del capítulo 25 no deja lugar a equívocos sobre la obligación del cristiano de combatir la pobreza. ¿Cuál es el mejor mecanismo para abatir la pobreza crítica? La evidencia internacional en forma diáfana señala que es el capitalismo con su elemento básico de protección a la propiedad privada bien habida, en congruencia con “no robarás” y “no codiciarás lo ajeno”. No es el socialismo con su característica fundamental de propiedad del Estado.
El espíritu capitalista del trabajo, de no ser parásito de la sociedad, de asumir riesgos e invertir, es claramente consistente con la parábola de los talentos en Mt. 25, 14-30. Es más, aquél que recibió y no dio frutos es severamente castigado, “al siervo inútil echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y rechinar de dientes”. Esta enseñanza se encuentra reforzada en 2Ts. 3, 10: “Si alguno no quiere trabajar que tampoco coma”.
La importancia y protección de los acuerdos voluntarios entre las partes en el área laboral es consistente con la parábola de los obreros de la viña, Mt. 20, 1-16. Cuando algunos trabajadores se quejan ante el empleador de que les está pagando lo mismo que a otro trabajador que trabajó menos horas, le contesta el patrono: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario? Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero?”.
En el Evangelio hay numerosas alertas y aprehensiones relativas al tema de la riqueza y los ricos, elementos esenciales de una economía capitalista. ¿Es malo ser rico? ¿No se debe acumular riqueza?
La repuesta el cristiano la encuentra en el Sermón de la Montaña, Mt. 5, 1-12, y particularmente en: “Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos”. Es decir, el llamado es a ser desprendidos de la riqueza, a no idolatrarla. Esto explica las duras palabras a propósito del encuentro con el joven rico: “Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos”, Lc. 18, 25.
La esclavitud de la riqueza induce a algunas personas a acumularla en forma indebida. Así las prácticas mercantilistas de barreras al comercio internacional, inflación y devaluación que le encarecen la vida a la gente, ocasionan un profundo daño a los ciudadanos que no puede ser reparado con obras de caridad y de responsabilidad social corporativa. Eso es capitalismo salvaje, pero propiamente hablando es mercantilismo.
Sugiero con todo respeto que los representantes de la Iglesia cuando aborden el tema distingan entre capitalismo, socialismo y mercantilismo. No se trata simplemente de capitalismo versus socialismo. El mercantilismo es la explotación de los consumidores. También sugiero el hacer más énfasis en cómo se acumula la riqueza, si es encareciéndole la vida a la gente haciendo uso del know who o generando bienestar a base de know how.
El mandamiento principal del cristiano es el del amor a Dios y al prójimo, Jn. 13 34-35. En el plano económico, el cristiano tiene la obligación de ser generoso y ayudar a los demás, particularmente si están en una situación difícil. Pero la Caridad para que sea Caridad debe ser libre, voluntaria, fruto del amor a Dios y a las personas. Solemos perder de vista que las primeras comunidades cristianas y los miembros de las órdenes religiosas todo lo comparten voluntariamente, y por ello funciona. Grave error cometemos cuando queremos legislar la caridad mediante políticas como el salario mínimo, inamovilidad laboral, cooperativas y empresas de producción socialista que restringen la libertad. El cristiano si de veras desea promover el empleo debe enfatizar la caridad en los empleadores y no arquitecturas organizacionales forzadas sobre los empresarios y trabajadores, ni leyes laborales que incrementan el desempleo, las cuales surgen ante la supuesta explotación del trabajo. La verdadera explotación es la del desempleo.
Finalmente, no quiero insinuar con estas reflexiones que el Evangelio es capitalista. El Evangelio y el mensaje bíblico en general trascienden cualquier sistema económico. Lo que sí deseo enfatizar es que el capitalismo es más consistente con la verdad del hombre creado libre a imagen y semejanza de Dios, que el socialismo y el mercantilismo.
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