La religión del etanol
Por Porfirio Cristaldo Ayala
ABC Digital
Los devotos de los biocombustibles aseguran que estos cambiarán el mapa político mundial, liberarán a los países pobres de la dependencia de los países ricos, reducirán el calentamiento global y la contaminación ambiental, atraerán inversiones a los países en desarrollo, crearán empleos para los pobres, restringirán el terrorismo, ahorrarán divisas, traerán una mayor democracia global, en fin, solucionarán todos los problemas imaginables.
La fe en los biocombustibles es la nueva religión mundial, una mezcla de estatismo de izquierda y derecha (de Lula a Bush), ecologismo, nacionalismo y la vieja teoría de la dependencia. Solo se precisa de buenas políticas públicas, dicen. No es cierto. Sin el subsidio del Estado todo se derrumba.
Los vehículos a etanol o biodiésel consumen no solo etanol y biodiésel sino también el aporte obligatorio de los contribuyentes, incluso de los muy pobres, los ciudadanos de a pie, que con gran esfuerzo pagan sus impuestos. La justificación es la misma que la “industria infante” de la época del Rey Sol. La industria de los biocombustibles, para despegar, necesita, supuestamente, del subsidio estatal. Una vez que crezca y se consolide, y que el precio del petróleo haya aumentado lo suficiente, el etanol ya no necesitará del subsidio y la protección del Gobierno. En EE.UU. hay industrias como el acero, que después de 100 años siguen siendo subsidiadas.
Se ha hablado tanto de los biocombustibles que mucha gente está convencida de que representan una verdadera solución al creciente costo del petróleo, un combustible que los creyentes aseguran se está acabando rápidamente. Pero, ¿qué ocurrirá si las reservas de petróleo no disminuyen y los precios no se disparan? En ese caso el Gobierno se verá forzado a eliminar el subsidio, agricultores e industriales dejarán su producción y se malgastará toda la inversión realizada en el sector. Y, lo que es peor, el subsidio realizado con los impuestos de la gente se habrá derrochado inútilmente.
La apuesta a los biocombustibles es un juego de alto riesgo que los burócratas, alentados por los grupos de intereses, realizan, pero no con su patrimonio, sino con el esfuerzo de la gente. El fracasado programa Pro-Alcohol en Brasil dilapidó 9.000 millones de dólares en subsidios. El petróleo, pese a los ecologistas de izquierda, está lejos de terminarse. Las proyecciones de precios del petróleo para el 2030 indican que estará en el orden de 59 dólares por barril (EIA 2007). Y en la medida que suben los precios del petróleo también subirán los precios del etanol y biodiésel dado el alto consumo energético de la producción de biocombustibles. Por otra parte, las reservas globales de carbón, petróleo bituminoso y petróleo común son abundantes. El proceso que transforma carbón en petróleo se tornará rentable si el precio del petróleo se mantiene por encima de 50 dólares por barril. Existen reservas de carbón para 500 años de uso de petróleo. El futuro parece brillante.
Los biocombustibles también originan graves problemas ecológicos al igual que otras fuentes renovables como el sol, viento, hidroeléctricas. Para generar 1.000 MW de electricidad, típico de una central nuclear, se requieren unas 600.000 hectáreas de cultivos. Para generar la energía eléctrica que produce la central Itaipú mediante biocombustibles habría que cultivar más de dos veces todo el territorio paraguayo. Estudios recientes demuestran que los países pobres que en buena medida aún cocinan con leña, carbón o bosta de vaca, pueden estar ocasionando más daño que el CO2 proveniente de los vehículos de países desarrollados.
Un informe de las Naciones Unidas indica que el uso de maíz y caña de azúcar para producir biocombustibles puede ocasionar grandes hambrunas y miles de muertos. En Brasil, grandes superficies utilizadas para cultivos de subsistencia han sido asignadas a biocombustibles. En muchos países, el precio de los alimentos se ha incrementado.
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