La pesadilla europea de Tocqueville
Por Juan Antonio Alonso
Diario de América
Más que nunca encontramos ahora alejados a los políticos de los ciudadanos tratando de resucitar el famoso Tratado Constitucional para de una vez por todas ser aprobado y que entre aunque sea forzando el calzador.
Al ciudadano no le interesan todas esas intrigas burocráticas e institucionales totalmente alejadas más todavía de las suyas propias nacionales en las que las clases políticas sólo se interesan por el público durante el período electoral y que se dedican a vivir de las rentas del voto durante cuatro años.
Es tal el lío actual en torno al dichoso Tratado que más que nunca ha dejado al descubierto ser toda una maquinaria de ingeniería política; ejemplos como el de Polonia de cuyo lado estuvimos a la hora de defender el Tratado de Niza, bastante ventajoso para España, diciendo que deben elevarse al cuadrado el número de habitantes como forma de obtener más peso en las decisiones comunitarias, nos dan una idea de hasta dónde está llegando la esquizofrenia o el esperpento de los políticos europeos.
Suena muy duro decirlo pero creo que muy poca gente se siente identificada como “europea” por encima de su nacionalidad y menos aún como sustituta.
Los tan cacareados Estados Unidos de Europa siguen siendo un proyecto, que además de suscitar debates puramente académicos sobre si se trataría de una federación o una confederación, ha quedado totalmente estancando. La maraña institucional hace que el ciudadano desconecte totalmente de esa especie de realidad virtual que es todo el entramado complejo europeo. La única institución democrática, el Parlamento Europeo, es una sala inmensa donde unos señores que cobran un montón de dinero intentan justificar su puesto de trabajo y sus ansias intervencionistas con legislación y reglamentaciones vacuas que pasan a ser nocivas para el sistema económico del libre mercado.
Pero sin embargo ahora tratan de engañar a la ciudadanía más descaradamente si cabe, con subterfugios que hagan reducir el texto del Tratado Constitucional y con un nombre nuevo con la idea de querer parecer una unión más limpia, sencilla y transparente, pero nunca reducir el tamaño de una Unión Europea –no sólo en sentido físico, pues querer que Turquía acceda a la UE con todo lo que ello implica, pone los pelos como escarpias- que se antoja un superestado por encima de los macroestados nacionales que nos gobiernan.
Los ciudadanos no necesitan un buró soviético, los ciudadanos necesitan unos parlamentos nacionales que los representen verdaderamente con una limitada capacidad política y un más amplio autogobierno personal, menos fiscalizador, donde haya competencia fiscal al contrario de lo que la UE quiere, y unos símbolos y señas de identidad que pertenezcan sólo a la nación. Una confederación de Estados donde hay 27 miembros con infinidad de lenguas y variantes religiosas –si es que en Europa queda alguna religión que no sea el Islam, el relativismo y el progresismo- donde nadie se siente europeo sino francés, español, belga o rumano, difícilmente puede avanzar en la realidad y no en la burocracia.
La UE debió quedarse en un espacio de mercado común con libertad económica de movimientos, personas y mercancías, pero sin una moneda impuesta arbitrariamente y que resta capacidad a los Estados Soberanos de dirigir la política económica. Esos debieron ser los límites de los que nos hemos pasado y bastante.
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