Recuerdos de Halloween
Cuando era niño, esperaba con impaciencia el día de Halloween por dos razones: porque no había colegio y porque mi madre me dejaba disfrazarme de la pantera rosa.
Mi madre, que soñaba que cuando fuese adulto me ordenase como sacerdote, no me dejaba salir a pedir caramelos por el barrio, porque le parecía muy peligroso, a pesar de que vivíamos en una colina muy bonita de casas espléndidas, pero al menos me concedía la dicha de ser una tarde la pantera rosa.
Había que enjaular a los perros para que no espantasen a piratas, brujas, supermanes, batmans, hombre arañas, popeyes, calaveras, gitanas, peter panes y toda clase de personajes maravillosos que, cuando caía la tarde, llegaban a la casa.
Pero mi madre era impredecible, y siempre hacía cosas que no hacían las otras mamás. Por ejemplo, hacía pasar a los niños a la sala, les preguntaba por sus papás, por el colegio al que iban, si ya habían hecho la primera comunión, si iban a misa los domingos, cosas así, que el hombre araña o batman no esperaban tener que contestar. Y dependiendo de la hondura religiosa de sus respuestas, les daba más o menos caramelitos. Pero, antes de darles el premio mayor, los hacía tomar lonche: un vaso de leche y un plátano. Y las calaveras, los corsarios, los muertos resucitados y las brujas desdentadas no esperaban verse en ese trance, comiendo un plátano y recibiendo una estampita con la oración al fundador del Opus Dei.
Y entonces guardaban sus estampitas, mientras mi madre les decía:
–La estampita del Padre hace milagros, chicos. Les va a endulzar la vida mucho más que cualquier caramelito. Es un dulce para el alma.
Y yo me sentía un poco raro de tener una mamá así, que repartiese estampitas por Halloween, pero no por eso dejaba de quererla.
Hasta que un día vino a pedir caramelos un niño disfrazado con una sotana negra y un crucifijo colgándole del pecho, y mamá le dijo ”no está bien disfrazarse de sacerdote, no es correcto burlarse de los padres, que son representantes del Señor”, y el niño no supo qué decir, y mamá le dio su plátano, su vaso de leche y su estampita y ni un solo caramelito y lo mandó a cambiarse el disfraz.
Y luego pasaron los años y dejé de usar mi disfraz porque ya no me quedaba y los niños dejaron de venir porque estaban hartos del plátano, la leche y la estampita, y entonces, como ya habían crecido y eran más rebeldes, nos tiraban huevos a las paredes y la puerta, y a veces pintaban ”tacaños” o ”locos” o ”aplatanados”. Pero mamá siempre tenía las estampitas por si alguien venía, aunque ya nadie venía.
Y ahora, tantos años después, estaba solo, en la puerta de casa, en una isla de Miami, esperando a los niños disfrazados, con mis bolsas de chocolates, galletas, chupetes y caramelos, extrañando a mis hijas, que estaban lejos, en otra ciudad, y honrando las locuras adorables de mi madre, pues, junto con las ansiadas golosinas, le entregaba a cada niño un plátano y me reía viendo la cara de sorpresa que ponía. Y era como volver a la infancia y ser mi madre un ratito y quererla así a la distancia y en silencio, a pesar de todo.
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