La derrota merecida de Obrador
Editorial – ABC
DESPUÉS de un lapso de incertidumbre, la concienzuda verificación de los resultados ha confirmado la victoria del candidato conservador del Partido de Acción Nacional, Felipe Calderón, en las elecciones que los mexicanos celebraron el pasado domingo. Que el resultado haya sido muy ajustado no deslegitima en absoluto la victoria del candidato conservador, pero sí desmiente cualquier posibilidad de que el mensaje de la sociedad mexicana hubiera sido la reclamación de un cambio radical en la dirección de los asuntos del país como ofrecía el candidato izquierdista, Andrés Manuel López Obrador.
Eso es lo que cualquier observador imparcial puede decir de lo que ha pasado en este recuento que vuelve a confirmar la vocación de México de consolidar la implantación de los usos democráticos en un suelo en el que durante mucho tiempo solo crecían las raíces de las componendas y el fraude. Y una de las fórmulas más importantes para ello es que los dirigentes políticos de todas las tendencias se comprometan a poner por delante los intereses del país frente a los suyos propios.
La reacción del candidato de la izquierda, Andrés Manuel López Obrador, llamando a la movilización de sus seguidores y pidiendo la impugnación generalizada del recuento, es exactamente lo que no convenía en este caso. El que se presenta a unas elecciones con intenciones legítimas de contribuir al progreso de su país debe empezar por aceptar las reglas de juego y no utilizarlas a su antojo, sabiendo que la finalidad de las votaciones es que los electores puedan pronunciarse para expresar sus preferencias, más que un mecanismo para que los dirigentes políticos alcancen el poder. Cuando el recuento fue favorable a los intereses de la candidatura del PRD, sus líderes aceptaban el juego electoral, pero cuando ha dejado de serlo, entonces lo califican de fraudulento y amenazan con ignorarlo: solo por esta actitud no merecerían la confianza de la sociedad a la que afirman que quieren servir.
López Obrador lleva construyendo su carrera política desde hace más de quince años con el único objetivo de ganar esta elección presidencial. Desde sus primeras escaramuzas contra el PRI en su estado natal de Tabasco hasta su mandato como alcalde de la ciudad de México, todo ha estado dirigido a un fin, que era ganar esta elección. Con su actitud irresponsable confirma que, en efecto, sus proclamaciones populistas no tenían más de verdad que lo que pueda resultar útil en sus propias ambiciones políticas.
Si la escasa diferencia en los resultados había podido dejar alguna duda sobre lo que más convenía a los mexicanos en estas circunstancias, la actitud de López Obrador ha confirmado claramente que lo último que les habría hecho falta es un presidente que en un momento tan crucial se comportase con tal irresponsabilidad.
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