Adam Smith, el rey de los economistas
Alberdi escribió Estudios Económicos cuando se cumplían cien años de la publicación de La Riqueza de las Naciones. En esos momentos, la prominencia de las ideas de Smith estaba en su apogeo.
En Londres, el Political Economy Club, fundado en 1821 por iniciativa de Thomas Tooke y James Mill, organizó un homenaje a Smith. Asistieron entre otras figuras destacadas, William Ewart Gladstone, antiguo primer ministro de Inglaterra y líder del partido liberal, Sir Robert Lowe, que había sido ministro de Hacienda durante su gestión, León Say, ministro de Hacienda de Francia y nieto de Jean Baptiste Say, y el célebre Walter Bagehot, editor de la revista The Economist.
Una vez finalizada la cena, Gladstone, quien presidía el homenaje, le pidió a Lowe que contestara a la siguiente pregunta: “¿Cuáles son los resultados más importantes que se han derivado de la publicación de “La Riqueza de las Naciones” hace ahora cien años, y en qué direcciones principales quedan aún por aplicarse las doctrinas de ese libro?”
Del largo discurso de Lowe extraigo estas observaciones:
Tan comprensivos son los principios que Adam Smith establece, tan claros y fácilmente comprensibles en su generalidad, que me atrevo a decir que uno de los grandes méritos que podemos atribuirle justamente es este: que realmente nos ha permitido condensar toda la teoría de la riqueza y de la pobreza en algo así como cuatro palabras.
Me atrevo a decir que el resultado de las investigaciones de Adam Smith se reduce a esto: que las causas de la riqueza son dos, el trabajo y el ahorro; y que las causas de la pobreza son dos, la ociosidad y el dispendio; y que en ellas se hallará, cuanto más se razone a partir de esas simples proposiciones, todo lo que es necesario saber, y quizás casi todo lo que puede saberse, respecto de la producción y acumulación de la riqueza. En el capítulo sobre el sistema mercantil, y en el capítulo sobre las restricciones al comercio, sentó aquellos principios que han revolucionado todo el curso del pensamiento y del proceder en lo relativo a las causas de la riqueza.
Pues bien, entonces, creo que no tengo mayor dificultad en responder a la pregunta: ¿cuál es el bien que hemos obtenido de Adam Smith? Queda demostrado en un pasaje que, no tengo duda, resulta familiar a todo lector, que cualquier medida por parte de un gobierno que atraiga capital hacia un rumbo al cual de otro modo no iría, o que repela capital de un rumbo al cual de otro modo iría, ha de resultar perjudicial, porque cada hombre es el mejor juez de su propio interés, y al procurar lo mejor para sí mismo procura lo mejor para el Estado. Por lo tanto, eliminadas esas dos fuerzas —la atractiva y la repelente—, no queda más fuerza en pie que la libertad perfecta y absoluta. Ese es el principio de Adam Smith.
Como en todos los veranos dese 1863, Alberdi se encontraba en la casa de la familia de su ama de llaves parisina en la localidad de St. André sur Orne, en la costa de Normandía. Allí redactaba las notas y apuntes que constituirían “Estudios Económicos”. Entre sus notas dispersas no incluidas en esta publicación encontramos la siguiente que es quizás la prueba más evidente de la influencia smithiana sobre Alberdi:
En este mismo libro o en otro anterior yo había escrito como mío propio el siguiente pensamiento o la siguiente forma de su expresión que el 6 de junio [de 1876] hallo en el Times del 5 como expresado por Mr. Lowe, antiguo ministro de finanzas de Inglaterra en la fiesta del centenario de la publicación por Adam Smith de su obra inmortal sobre La Riqueza de las Naciones. Adam Smith, dijo Mr. Lowe, “has enabled us to condense the whole theory of wealth and poverty into something like four words: that the causes of wealth are two — work and thrift; and the causes of poverty are two — idleness and waste.” No sé cuál es mayor, si mí gusto de haber concebido como mía una fórmula en que se condensa la teoría de Smith por un talento eminente o mi sentimiento de verme privado de lo que consideré como mío. En último caso, el mal se compensa por la consideración lisonjera de haber coincidido con el padre de la economía política moderna, en el modo de resumir la ciencia en estas cuatro palabras: las causas de la riqueza son el trabajo y el ahorro y las causas de la pobreza son la ociosidad y el derroche.
Alberdi repite esta “fórmula” como un mantra a lo largo de Estudios Económicos.
Estos dos hechos del hombre, que son las dos causas inmediatas de la riqueza humana, son dos hechos morales como lo es la riqueza misma que es su resultado: son dos virtudes, dos cualidades morales del hombre civilizado, no del suelo. De ahí es que la economía política, que es el estudio de esas causas morales de la riqueza, es una de las ciencias morales y sociales. Adam Smith dio con ella estudiando y enseñando, como profesor, las ciencias de la filosofía moral.
Los hechos en qué consisten las dos causas naturales de la pobreza, son: la ausencia del trabajo, por la ociosidad u otra razón accidental, y el dispendio o la disipación de los productos del trabajo, por vicio o por error. Ausentes, por cualquiera de estas causas el trabajo y el ahorro, la pobreza es el resultado natural de esa situación y ella coexiste con la posesión de los más felices climas y territorios cuyos poseedores arrogantes pueden presentar el cómico espectáculo de una opulencia andrajosa.
El trabajo y el ahorro son esas causas naturales de la riqueza, como la ociosidad y el dispendio son las causas de la pobreza. Esas cuatro palabras expresan los cuatro hechos a que está reducida toda la gran ciencia de Adam Smith, como acaba de decirlo su gran discípulo, Mr. Lowe en la fiesta del centenario de su grande obra sobre la riqueza de las naciones. La riqueza y la pobreza, según esto, residen en el modo de ser moral de una sociedad, en sus costumbres de labor y de ahorro, y en sus hábitos viciosos de ociosidad y dispendio. En vez de blasonar de las riquezas de su suelo, la América del Sud debiera saber que no es rico el país que no puede blasonar las riquezas de su civilización.
Alberdi concibió a Estudios Económicos como una aplicación de las enseñanzas de Smith a América Latina:
El estudio de las crisis económicas y comerciales en Sudamérica no es solamente de un interés histórico, sino permanente y, de más en más, actual. Es ya conocida la causa que hace de esas crisis un mal sujeto a movimientos periódicos, a reapariciones más o menos regulares, en períodos cíclicos. Felizmente es un mal sintomático de tiempos de prosperidad y enriquecimiento.
Como accesos de pobreza son empobrecimientos excepcionales y transitorios a que sólo están sujetos los países que enriquecen por el comercio. Pero en países que deben al comercio toda su existencia de pueblos civilizados, una enfermedad del comercio y una crisis comercial equivale a una parálisis de todo el cuerpo social. Es la enfermedad de todas sus fuerzas vitales a la vez.
En efecto, es el comercio el que les cambia sus cueros, lanas, metales, granos, sus groseros productos, en porcelanas, telas de todo género, muebles y objetos, los más ricos y elegantes; es decir, el que los viste y adorna con trajes y formas civilizadas; el que por esos cambios les produce las rentas de aduana, y el crédito de que esa renta es gaje [respalda], es decir, los dos grandes elementos del tesoro público que alimenta la vida de su gobierno; el que les puebla sus tierras de brazos inteligentes y de capitales que le hacen producir sus riquezas naturales.
Todo eso se retiene y paraliza, por efecto de una crisis comercial. Todo se afecta y deprime: bienestar, riqueza, aduanas, contribuciones, tesoro, crédito público y fondos públicos, población, salubridad, quietud general o seguridad.
Lo acabamos de ver en la crisis argentina. Todos esos males se han presentado allí reunidos a la vez, no por accidente casual sino por una ley que los hace inseparables en todas las crisis que han ocurrido en países comerciales. Si todo lo que es causa de crisis comercial es causa de pobreza general –de despoblación, de merma de las contribuciones, de disminución de los impuestos y exportaciones, de baja de los fondos públicos, de contracción de crédito, de epidemias, de revoluciones, etc.–, la ciencia del hombre de estado y del publicista no puede encontrar objeto más importante de estudio que esa rama de economía social y política, que pudiera definirse, según las doctrinas de Adam Smith: de la naturaleza y del origen de la pobreza anormal de las naciones.
El homenaje a Smith del Political Economy Club incluyó también un discurso de León Say, que es importante, ya que reafirma la filiación intelectual de la escuela liberal francesa que había fundado su abuelo Jean-Baptiste Say.
M. LEÓN SAY: Milores y señores, les ruego que me disculpen si hablo en francés. ¿Acaso no será esto, por lo demás, más conforme con el acto que quiero llevar a cabo, que es rendir un homenaje puramente francés al ilustre autor de la Riqueza de las Naciones?
Nuestro país ha sabido, como el de ustedes, aprovechar las enseñanzas de su gran economista, y si se comparan los progresos alcanzados desde 1776 hasta nuestros días, se comprueba que Francia no fue la última en entrar en el camino trazado por Adam Smith. Debo decir que, ya a fines del siglo XVIII, estábamos bien preparados para comprender las lecciones del maestro. Antes de haber emprendido la redacción de su gran obra, antes de haber comenzado ese célebre retiro de diez años que dio origen a su obra maestra, Adam Smith había podido constatar, en sus dos viajes de 1762 y 1765, que, entre nosotros, los espíritus ya estaban preocupados por las graves cuestiones sobre los cuales él habría de arrojar más tarde tanta luz.
La sociedad francesa había acogido, en efecto, con una simpatía que hacía justicia a su talento y a su carácter, a esa reunión de hombres notables a quienes se llamó los fisiócratas, y que tenían por jefe al célebre doctor Quesnay. Estos hombres, en medio de numerosos errores, habían emitido gran cantidad de ideas fecundas y habían preparado, por así decirlo, el terreno en el cual Adam Smith habría de sembrar más tarde las semillas de la verdad.
Los acontecimientos de la Revolución Francesa apartaron a los franceses de las cuestiones económicas, por la necesidad de atender a intereses tan apremiantes que el resto desapareció, en cierto modo, de la escena. Fue un momento en que se combatía por la vida misma. Sin embargo, hubo, aun en medio de esos disturbios, hombres que guardaban con celoso cuidado la llama secreta, y entre ellos, a la cabeza podría decir, mi abuelo, J.-B. Say.
Se encontraba entonces en todo el vigor de la juventud y en todo el ardor de convicciones que, sin embargo, ya estaban maduramente reflexionadas. El pequeño grupo de discípulos de Adam Smith estaba formado; podía esperarse que arrastrara tras de sí a esa juventud francesa, tan ávida de estudios e ideas nuevas; pero se estaba en vísperas del establecimiento del primer imperio, y un nuevo retroceso era inevitable. El imperio no amaba a los economistas; temía a las ideas y parecía imponer una suerte de sello de reprobación sobre los espíritus filosóficos y estudiosos, llamándolos “ideólogos”. Habíamos tenido, para las ideas económicas, un alba brillante; debíamos tener un renacimiento que no dejaría de ser luminoso; pero, en el ínterin, la economía política debía atravesar lo que podría llamar su edad media, su época de oscurecimiento y de tinieblas profundas. Podría haberse creído, durante el primer imperio, que la economía política no existía en Francia.
Se cuenta que, siendo aún muy joven, Adam Smith fue raptado por bandidos y permaneció algún tiempo en sus manos, sin que su familia, pese a sus búsquedas, pudiera hallarlo.
Tal fue, entre nosotros, la suerte de la economía política bajo Napoleón. Fue secuestrada por un déspota celoso y sustraída a todas las miradas durante un período de quince años.
Ese tiempo de olvido debía, sin embargo, terminar. El culto de la economía política, siempre caro al corazón de J.-B. Say, habría de conocer de nuevo días hermosos.
En noviembre de 1814, J.-B. Say hizo un viaje a Inglaterra. Visitó Glasgow, se sentó en el sillón en que había enseñado Adam Smith. Tomó su cabeza entre las manos, queriendo —tal fue su expresión— llevar de vuelta a Francia una chispa del genio del maestro.
Esa chispa, en efecto, la trajo consigo, ¡y de ella hizo una luz! Reunió en torno a su cátedra a una multitud de hombres que escuchaban por primera vez la exposición de los verdaderos principios de la ciencia económica. Creó una escuela; la economía política echó entonces raíces; obtuvo carta de ciudadanía entre nosotros; fue francesa.
Sin embargo, las esferas gubernamentales le seguían estando siempre cerradas. La ciencia económica era tratada por el mundo oficial como algo peligroso, como un arma cargada cuyos efectos podían traducirse en una temible explosión. Por eso J.-B. Say no llegó a ver la culminación de sus esfuerzos. Se habría asombrado mucho de ver a su nieto ocupar las funciones de ministro de finanzas y, al mismo tiempo, enorgullecerse de pertenecer a la escuela de Adam Smith.
Hoy, la causa de la ciencia económica está ganada; muchas cuestiones de aplicación siguen aún discutiéndose, como también ocurre entre ustedes, por lo demás; pero la ciencia está fundada. A este propósito, pediré permiso para seguir un instante a M. Lowe en el terreno en que se situó hace un momento, al hablar de la teoría de los tratados de comercio. Es un método evidentemente contrario a los principios de la ciencia el de regular las cuestiones de libertad comercial mediante tratados; pero no debe olvidarse que, en nuestro país, pese a los esfuerzos de nuestros economistas, la educación económica de la mayoría se ha hecho mucho más a través de los hechos que de los principios.
No es raro, incluso podría decir que es común, encontrar personas que producen conclusiones verdaderas apoyándolas en razonamientos absolutamente falsos. Es habitual, por ejemplo, razonar desde el punto de vista del productor, mientras el punto de vista del consumidor queda absolutamente descuidado. No solo debemos, en el presente, tener en cuenta esta disposición de los espíritus, sino que debemos incluso preocuparnos, hasta cierto punto, por el porvenir de ciertas ideas económicas.
Diré, como M. Lowe, que hay incertidumbres en ese porvenir. Las clases obreras —o al menos los hombres que parecen tener ascendiente sobre ellas— no son, por lo general, favorables a la libertad del trabajo tal como la entienden los economistas. Pueden verse llevadas, por consiguiente, a resucitar, con mayor o menor amplitud, las ideas del sistema proteccionista, pues existen entre la libertad del trabajo y la libertad del comercio vínculos cuya solidaridad no puede desconocerse. Los puntos de vista de hecho no deben descuidarse, y pueden predominar, hasta cierto punto, sobre los puntos de vista teóricos cuando se trata de decidir si, en materia de libre cambio, conviene o no proceder por la vía de los tratados.
Pero no querría extenderme sobre un tema tan vasto, y terminaré, señores, recordándoles un pensamiento de Adam Smith. Dijo en alguna parte que las naciones podían elevarse al más alto grado de civilización mediante tres condiciones:
La primera es una buena administración de justicia. Creo que, en este orden de ideas, podemos rendirnos homenaje a nosotros mismos: los progresos alcanzados en este camino son hoy completos. Puede decirse que, en este aspecto, hemos llegado al estado definitivo.
La segunda es la libertad del trabajo. Cumplimos hoy esta segunda condición, de la que estábamos tan lejos hace cien años, y, salvo las reservas que hice hace un momento sobre las tendencias de las clases obreras, podemos contar con que el progreso está cumplido.
La tercera condición de Adam Smith es la paz. Esta tercera condición, ¿no podemos decir que está en nuestras manos, y que basta que ustedes y nosotros, ingleses y franceses, tengamos una firme voluntad de mantener la paz para asegurarnos sus beneficios? Esa voluntad no nos falta ni a unos ni a otros.
¿No nos está permitido, entonces, decir que, cumpliendo las tres condiciones de Adam Smith, avanzaremos con paso seguro y rápido por los caminos del progreso y de la civilización, y que rendiremos así, con nuestra conducta, un homenaje cada vez más resplandeciente a la memoria de su gran economista?
Por su parte, Walter Bagehot a los pocos días publicó un artículo sobre Smith en el que resaltó su “conexión francesa”. Alberdi citó este artículo en Estudios Económicos. Dice Bagehot:
La mayor parte de sus tres años en el extranjero transcurrió, naturalmente, en Francia. Francia era entonces, con mucho, el país más grande del continente. Alemania estaba dividida y aún no se había levantado; España había caído; Italia contaba poco. En un aspecto, de hecho, Francia era relativamente más grande incluso que en la época de su mayor elevación, la del primer Napoleón. El poder político del primer imperio fue casi ilimitado, pero carecía de poder intelectual; bajo él, París había dejado de ser un foco importante de pensamiento y de literatura. El régimen enérgico que forjó a los soldados también sofocó las ideas. Pero bajo el suave gobierno del antiguo régimen, París era el principal centro de la vida literaria europea. La escasez de militares y estadistas eminentes que caracterizaba al antiguo régimen no hizo sino realzar la eminencia de sus hombres de letras. París era entonces reina de dos mundos: el de la política, por una tradición heredada del pasado, y el de la literatura, por una fuerza y una vitalidad vigorosamente evidentes en el presente. Francia atraía, así, la atención principal de todos los viajeros interesados en la vida de la época; Adam Smith y su discípulo pasaron allí la mayor parte de su estadía en el extranjero. Y como preparación para escribir La Riqueza de las Naciones, no podría haberse encontrado en ningún otro lugar mejor situado. Macaulay dice que “los abusos antiguos y las teorías nuevas” florecieron juntos en Francia, justo antes de la reunión de los Estados Generales, con un vigor mayor del que se había visto combinado antes o después. Y esa descripción es tan cierta en lo económico como en lo político; en todas las cuestiones económicas, la Francia de esa época era una suerte de museo repleto de los errores más importantes.
… Y junto a ese museo de errores económicos existía una economía política sumamente vigorosa que los denunciaba. Las doctrinas del libre comercio ya habían sido sugeridas antes, en varias ocasiones, por pensadores aislados, pero la escuela filosófica organizada, con mucho la más poderosa, que las inculcó incesantemente fue la de los économistes franceses. Se complacían en demostrar que toda la estructura de las leyes francesas en materia de industria era enteramente errónea; que no debían imponerse prohibiciones a la importación de manufacturas extranjeras; que no debían otorgarse subsidios a las nacionales; que la exportación de granos debía ser libre; que todo el país debía constituir una unidad fiscal; que no debía haber aduanas internas entre provincias; y así en otros casos. Nadie pudo exponer con mayor claridad las doctrinas abstractas en que fundaban todo esto. “Acheter, c’est vendre” —”comprar es vender”— decía Quesnay, el fundador de la escuela; “vendre, c’est acheter” —”vender es comprar”. No se puede expresar mejor la doctrina de la economía política moderna según la cual “el comercio es trueque”.
… A un lector que observe a Adam Smith exclusivamente a la luz de la economía política moderna, este relato sobre los économistes puede parecerle demasiado extenso, en relación con su vínculo con Adam Smith. Pero él mismo no lo habría pensado así. Sabía tan bien cuánto había sido influido su pensamiento por ellos y por sus enseñanzas, que en cierto momento pensó en dedicar La Riqueza de las Naciones a Quesnay, su fundador; y aunque abandonó esa intención, siempre habla de él con el más profundo respeto. Si, en efecto, consideramos lo que es Glasgow hoy, y más aún lo que debía de ser hace cien años, comprenderemos hasta qué punto esta experiencia francesa —la visión de un país gobernado de ese modo, y con una economía política semejante— debió de excitar el espíritu de Adam Smith. Fue el paso de un mundo donde no había espectáculo alguno a otro en el que había el mejor que el mundo haya visto jamás, y al mismo tiempo el paso de las ideas más escocesas a otras de lo más ajeno a lo escocés. Una cabeza débil se habría trastornado en el tránsito, pero Adam Smith conservó la suya.
En Estudios Económicos, Alberdi reconoce la influencia mutua de Smith y los liberales franceses desde Quesnay hasta Say:
Como lugar de preparación para su gran libro Smith no hubiera podido hacer mejor elección [que Francia]. Macaulay, citado por Bagehot, ha notado que la víspera de la reunión de los Estados Generales de 1789, los antiguos abusos y las nuevas teorías florecían en Francia lado a lado y con un poder que no habían tenido jamás y que no han recuperado después, tanto del punto de vista político como económico. Así, las ideas de Adam Smith que han hecho la grandeza de Inglaterra y servido a la riqueza de todas las naciones se inspiraron en la Francia, que no había entrado todavía en la dirección que la ha alejado en ochenta años del secreto de la libertad y del engrandecimiento material que correspondía al pueblo más bien dotado, social y territorialmente, que todos los que componen la Europa.
El problema era que Francia se había olvidado de estas verdades y, como consecuencia, su economía se había rezagado con relación a las de Inglaterra y Estados Unidos, que habían aplicado las máximas de Smith.
La América del Sud debe abandonar la senda errada que la ha llevado a la pobreza, a la debilidad, al descrédito, por la pretensión rutinaria de prolongar la edad heroica de la guerra, de la revolución, hasta sumirla en un atraso ridículo y vergonzoso. Cambiar los héroes por los simples ciudadanos obreros de la riqueza y del poder nacional que en la riqueza consiste. Marchar en la dirección de las materias económicas, que son el medio de agrandar la riqueza y el poder, con que las naciones modelos del mundo han alcanzado el rango que las hace el objeto de envidia y admiración. Las crisis económicas por que pasan los países sud-americanos, no tienen otra causa ni origen que la dirección que ha traído hasta aquí el movimiento político, formado por el movimiento de las ideas equivocadas de los hombres de Estado.
Según Alberdi, la pobreza secular en Sudamérica tenía su origen en una confusión generalizada acerca del verdadero origen de la riqueza. A esta confusión la define como un “error rudimental”. Corregir este error es el principal objetivo de “Estudios Económicos”
Que la sociedad y su modo de ser son el origen de la riqueza y de la pobreza de cada país, es la primera verdad que nos enseña la ciencia de la riqueza, interpretada por sus más grandes maestros Adam Smith y J. B. Say, y sus dos grandes escuelas. La riqueza, según ellos, tiene por causas el trabajo y el ahorro, es decir, dos costumbres del hombre social. En otros términos equivalentes: la riqueza tiene por origen al hombre social, no al suelo. Sin embargo, los que no conocen otra economía que la de esos maestros, persisten maquinalmente en ver en el suelo todo el origen y manantial de la riqueza. Tenemos suelo grande, fértil, variado, de buen clima, luego somos ricos. Y vivimos y gastamos y nos endeudamos como ricos aunque el suelo está sin habitantes, es decir, sin sociedad civilizada.
Notablemente, el error rudimental persiste. Véanse si no las esperanzas puestas en Vaca Muerta. No es que no pueda ser fuente de riqueza. Lo será en tanto y en cuanto se apliquen de manera inteligente el capital y el trabajo. El problema con el error rudimental es que genera una “mentalidad extractivista” en políticos y gobernantes. Con esta mentalidad es que Venezuela, con las mayores reservas petrolíferas del mundo, rivaliza con Haiti en cuanto a su pobreza.
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