Vidas Paralelas: Darwin en Argentina y Tocqueville en Estados Unidos
En 1831, con pocos meses de diferencia, dos jóvenes europeos iniciaron viajes al Nuevo Mundo que cambiarían sus vidas y les asegurarían fama póstuma. Se trataba del francés Alexis de Tocqueville de 26 años y el inglés Charles Darwin, cuatro años menos.
El primero se dirigió a Estados Unidos con el objeto de estudiar su sistema penitenciario por encargo del gobierno francés. A su regreso a Francia, volcó sus observaciones sobre la sociedad norteamericana y las causas de su extraordinario progreso en “La Democracia en América”, que casi dos siglos después mantiene su vigencia.
El segundo se embarcó como naturalista del HMS Beagle al mando del capitán Fitzroy con destino a Sudamérica, en un largo periplo que incluiría una estadía de varios meses en Argentina. Las investigaciones que hizo Darwin sobre la geología y zoología sudamericanas le sirvieron para desarrollar su teoría de la evolución que luego expondría en “El origen de las especies”.
Tocqueville le dedicó dos gruesos tomos a su análisis cultural y político de la sociedad norteamericana, mientras que Darwin sólo algunos párrafos a la Argentina. A pesar de esta diferencia, es interesante contrastar las opiniones de uno y otro y ver hasta qué punto siguen siendo válidas.
Según Tocqueville, en sus relaciones con los extranjeros, los norteamericanos “se impacientan por la más leve censura y parecen insaciables de alabanzas. El menor elogio les agrada, y rara vez basta el más grande para satisfacerlos; a cada instante quieren que se les adule, y si se resiste a sus instancias, se alaban ellos mismos… Su vanidad no sólo es codiciosa, sino envidiosa e inquieta.”
Según Darwin, el argentino también era vanidoso. Una de las primeras preguntas que tuvo que responder Darwin fue si “las señoritas de Buenos Aires no eran las más hermosas del mundo”. Respondió afirmativamente lo cual le aseguró la simpatía y hospitalidad de su interlocutor. Nada ha cambiado desde entonces. Sigue siendo una de las preguntas que más comúnmente se hacen a los extranjeros.
“El amor a la riqueza es por lo común la base principal o accesoria de las acciones de los norteamericanos, y lo que da a todas sus pasiones un aire de familia que al fin hace fastidioso el cuadro”, explicó Tocqueville. “Esta vuelta continua a la misma pasión es monótona y los medios que emplea para satisfacerla, lo son igualmente… En una democracia constituida y pacífica como la de los Estados Unidos, en la que nadie se puede enriquecer por la guerra, por los empleos públicos, ni por las confiscaciones políticas, el amor a las riquezas orienta principalmente a los hombres hacia la industria”. También observó que la población norteamericana era “ilustrada, activa y emprendedora; contemplo allí la sociedad siempre en trabajo”.
Darwin confirmó que el amor a la riqueza también predominaba en Argentina. Pero a diferencia de los norteamericanos la combinaba con una gran afición a la indolencia, a la que juzgó “extremada”. Un día le preguntó a dos hombres por qué no trabajaban. El primero respondió “que los días eran demasiado largos”, y el otro, que era “demasiado pobre”. En su opinión, la abundancia de caballos y de ganado había hecho imposible que se desarrollara “la virtud de la laboriosidad”. Además, había “una multitud de días festivos; y, como si esto fuera poco, se cree que nada puede salir bien si no se empieza con la Luna en cuarto creciente; de modo que la mitad del mes se pierde por estas dos causas”.
Según Darwin, el gaucho se distinguía “por su cortesía obsequiosa y hospitalidad” y su modestia respecto de sí mismo y también “por lo que hace a su país”. El gaucho es “a la vez animoso, vivaracho y audaz”. Todos sin excepción “poseen alta idea de su igualdad y dignidad.” Sin embargo, advierte que “se cometen muchos robos y se derrama mucha sangre humana”. Lo cual era “consecuencia natural del juego, universalmente extendido, del exceso en la bebida.”
“El carácter de las clases más elevadas e instruidas que residen en las ciudades, participa, aunque tal vez en grado menor, de las buenas cualidades del gaucho; pero temo que las acompañan con muchos vicios que el último no conoce. La sensualidad, la mofa de toda religión y corrupciones de índoles diversas no dejan de ser comunes”.
Tocqueville resalta que “en Norteamérica el hombre no obedece jamás al hombre, sino a la justicia o a la ley”. También destaca que a pesar de los limitados medios que “se ponen a la disposición de la autoridad para descubrir los crímenes y perseguir a los criminales… en ningún país el delito escapa menos frecuentemente a la pena. La razón es que todos se creen interesados en proporcionar las pruebas del delito y en capturar al delincuente”.
Explicaba también qué, en Estados Unidos, en manos de los “siete jueces federales descansan incesantemente la paz, la prosperidad y la existencia misma de la Unión. Sin ellos, la constitución es letra muerta”. Además, “todos los ciudadanos tienen el derecho de acusar a los funcionarios públicos ante los jueces ordinarios y todos los jueces tienen el derecho de condenar a los funcionarios públicos”. El juicio político ejerce “sobre la marcha de la sociedad una influencia tanto mayor, cuanto parece menos temible. No obra directamente sobre los gobernados, pero convierte a la mayoría en dueña absoluta de los que gobiernan”.
En contraste Darwin observó que en Argentina “la policía y la justicia carecen de eficacia. Si un hombre pobre comete un asesinato y cae en poder de las autoridades, va a la cárcel y tal vez se le fusila; pero si es rico y tiene amigos, puede estar seguro de que no se le seguirán graves consecuencias. Es curioso que hasta las personas más respetables del país favorecen siempre la fuga de los asesinos; creen, al parecer, que los delincuentes van contra el gobierno y no contra el pueblo”. No debe perderse de vista “el modo como han sido educados por la violenta autoridad maternal de España”.
La corrupción fue un tema del que se ocuparon ambos. “Nunca he oído decir que en los Estados Unidos se emplearan las riquezas para conquistar a los gobernados; pero a menudo he visto poner en duda la probidad de los funcionarios públicos. Más frecuentemente todavía, he oído atribuir sus éxitos a bajas intrigas o a maniobras culpables” escribió Tocqueville. Según Darwin, en Argentina “casi todos los funcionarios públicos son venales. El Director de Correos vendía franquicias postales falsificadas. El gobernador y su primer ministro se confabulaban abiertamente para estafar al Estado. La justicia, cuando entra en juego el dinero, no puede esperarse de nadie”. Relata luego detalles de un episodio involucrando a un inglés que demostraba que la coima a los jueces y el prevaricato eran comunes.
“Una república”, explicaba el naturalista inglés, “no puede dar buen resultado mientras no haya en ella un fuerte núcleo de hombres imbuidos en los principios de la justicia y del honor”. Sin embargo, “con tan absoluta carencia de moralidad en los hombres dirigentes y con el país lleno de funcionarios mal pagados y turbulentos todavía espera el pueblo buenos resultados de una forma democrática de gobierno”. Luego verificó que estas expectativas habían sido defraudadas y que Rosas, “por sus legendarias hazañas con los gauchos y acomodándose al vestir y sus costumbres se ha granjeado una popularidad ilimitada en el país, y consiguientemente un poder despótico”. Observó también que “el pueblo aquí, como en otras repúblicas, tiene una particular aversión por la palabra rey”, sin embargo no tenía problemas en someterse a la autoridad de un caudillo.
Darwin describió a Rosas como “un hombre de carácter extraordinario que usaría su gran influencia para la prosperidad y el progreso de su país”. En la edición de 1845, cuando su poder se había afianzado y se enfrentaba a Francia e Inglaterra, agregó una nota al pie de página reconociendo que su profecía había resultado “entera y miserablemente equivocada”.
En contraste, Tocqueville observaba que “en Estados Unidos, el poder ejecutivo está limitado y es excepcional, como la soberanía misma en cuyo nombre actúa… que está dividida entre la Unión y los Estados”. La constitución norteamericana descansaba sobre los “principios de orden, ponderación de los poderes, libertad verdadera, de respeto sincero y profundo del derecho, son indispensables a todas las repúblicas; deben ser comunes a todas, y se puede decir de antemano que donde no se encuentren, la república dejará bien pronto de existir.”
Freud decía que la personalidad de un individuo se forja en los primeros cinco años de vida. Después vienen otras influencias, pero actúan sobre lo ya formado. Algo parecido pasa con las sociedades.
- 21 de junio, 2015
- 16 de julio, 2015
- 28 de junio, 2015
- 22 de enero, 2024
Artículo de blog relacionados
- 5 de diciembre, 2011
The Wall Street Journal Americas MENDOZA—Por años, José Manuel Ortega exportó un tipo...
11 de agosto, 2014- 16 de junio, 2015
Por Alfredo Toro Hardy El Universal El 78 por ciento de la energía...
31 de mayo, 2007













