El “affaire” Griveaux

ABC, Madrid
La atronadora caída del exportavoz de Macron y candidato oficialista a la alcaldía de París, Benjamin Griveaux, tras la difusión de vídeos sexuales que envió a una chica con la que tuvo relaciones adúlteras coloca una horrenda lupa sobre nuestro tiempo. No es infrecuente que el sexo tumbe una carrera política. Allí está una larga lista estadounidense que empieza con Alexander Hamilton y su amante Maria Reynolds a finales del XVIII, o, en el Reino Unido, una retahíla que incluye casos míticos como el de John Profumo, que aún reverbera en la conciencia puritana. Tampoco es nuevo que haya rusos en un escándalo de sábanas y poder (el difusor de las imágenes, Piotr Pavlenski, es un artista y activista ruso refugiado en Francia, y su novia, la estudiante Alexandra de Taddeo, a quien el bobo de Griveaux envió sus sicalípticos vídeos aparentemente a instancias de ella, tiene esa nacionalidad). Varias rusas entrenadas causaron estragos durante la Guerra Fría alborotando el sur del ombligo de políticos y diplomáticos occidentales. El libro Red Sparrows de Jason Matthews, exagente de la CIA, reveló una escuela soviética de “sexpionaje”. Tampoco hay novedad en que un político francés se vea afectado por el desarreglo de sus gónadas, como lo probó el celebérrimo Strauss-Kahn. Sí es novedoso que esto suceda en Francia por un caso que no es de violación u acoso, sino de la sacrosanta vida privada.
Pero lo importante es constatar que la estupidez distingue a estos tiempos marcados por el exceso de poder que confieren a tantos narcisistas unos medios tecnológicos que bien utilizados podrían ser expresión de libertad, y por lo que la historiadora Anne-Sophie Le Tac llama el “nihilismo” de estos treintañeros. Se refiere no sólo a Pavlenski y su novia (que sólo tiene 29): también al abogado y niño bien hispanofrancés Juan Branco, un extremista de izquierda que dio consejos legales al susodicho antes de los hechos. Citando a Stuart Tompkins, Le Tac describe el nihilismo, surgido en la Rusia del XIX, como una filosofía de la amoralidad absoluta, un rechazo de todos los valores morales y artísticos convencionales que pasa por la destrucción. A lo cual se suma, sugiero yo, el elemento populista que menosprecia el Estado de Derecho agitando contra él, en nombre de una moral auténtica, bajas pasiones populares. Piotr Pavlenski parecía un libertario cuando se cosía la boca o se clavaba los cataplines en su país para protestar contra Putin, pero su operación contra Griveaux acusándolo de hipócrita por predicar valores familiares (cosa que ni siquiera hacía) y ser representativo de la clase política revela que lo suyo es odiar la civilización por el morbo de odiarla. Este adalid de la moral transparente estuvo preso hace poco por incendiar una sede del Banco de Francia…
El nihilismo ruso del XIX reaparece hoy en el Occidente libre, amalgamado con el narcisismo y la mala conciencia de burgueses que no soportan la democracia. Con sexo y cámaras.
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