Anna Politkovskaya, ejemplo de coraje
Por Alberto Benegas Lynch (h)
La Rusia de las mafias es la mejor
definición de lo que viene ocurriendo en ese país desde el colapso del
comunismo. Los mismos capitostes de la
KGB se instalaron en el gobierno y se repartieron empresas y
mercados cautivos como botín de guerra.
La historia de Rusia es en verdad
muy desoladora, primero el terror blanco de los zares y zarinas, luego el
terror rojo y ahora las mafias. En sus memorias, Vladimir Bukovsky, uno de los
tres disidentes de mayor calado junto con sus amigos Solzhenitsin y Sajarov,
declara que “el monstruo que crearon nuestros Frankenstein mató a sus
creadores, pero él está vivo, muy vivo. A pesar de los informes optimistas de
los medios de comunicación occidentales, que en los años transcurridos desde
entonces han proclamado que Rusia entró en la era de la democracia y la
economía de mercado, no hay evidencias, ni siquiera perspectivas de que así
sea. En lugar de un sistema totalitario, ha surgido un estado gangster, una
tierra sin ley en la cual la antigua burocracia comunista, mezclada con el
hampa, se ha convertido en una nueva elite política, así como en una nueva
clase de propietarios”.
Como es sabido, la Unión Soviética provocó el
mayor genocidio de la historia de la humanidad de 1917 a 1989 y, sin embargo,
Putin reivindica en la
Universidad de Moscú a los verdugos y enaltece las
atrocidades en Hungría, en la ex Checoslovaquia y en Chechenia en un contexto
de mordazas a la prensa y simulacros electorales administrados por la antigua
nomenklatura.
Yuri Y. Agaev explicó en una visita
a Buenos Aires que después del fiasco de Gorbachov y su perestroika (un subterfugio para implantar “el verdadero
socialismo”), el Fondo Monetario Internacional desbarató la posibilidad de
contar por primera vez con liberales en el gobierno al financiar abundantemente
al grupo opositor que finalmente se hizo con el poder.
Anna Politkovskaya nació en New
York, hija de diplomáticos rusos ante las Naciones Unidas, estudió en los
Estados Unidos para luego vivir en la tierra de sus ancestros donde se graduó
en la carrera de periodismo en la Universidad de Moscú y allí tuvo su primera
confrontación seria al presentar su tesis sobre Marina Tsvetaeva, la poetisa
condenada por el régimen stalinista. En Moscú, con un grupo de amigos fundó un
diario, la Novaya Gazeta, con la idea
de competir nada menos que con Pravda el
periódico oficial que paradójicamente significa “verdad”.
Desde ese nuevo periódico denunció
permanentemente la corrupción y los atropellos del gobierno de Putin en todos
los frentes. Como sucede en esos sistemas, fue reiteradamente amenazada de
muerte y advertida de los serios peligros que corría incluso por amigos
periodistas de Occidente, como el director de The Guardian de Londres. Esto ocurría en un contexto donde, según
el Grupo Helsinki, solamente en Moscú durante los gobiernos de Putin, habían
sido asesinados por los sicarios del régimen seis periodistas, sesenta y tres
fueron golpeados malamente, cuarenta y siete fueron arrestados y cuarenta y dos
fueron imputados penalmente.
A pesar de todo, la extraordinaria
periodista de marras proseguía con sus denuncias en sus valientes artículos de
investigación. Consignó que el fundamento de su actitud era que “si alguien
cree que puede vivir una vida confortable en base a pronósticos optimistas,
allá ellos, es la forma más fácil pero también constituye la pena de muerte
para nuestros nietos”.
Randon House de New York publicó su
impresionante y muy ilustrativo diario bajo el título de A Russian Diary. A
Journalist Final Account for Life, Corruption and Death in Putin`s Russia.
La autora murió
asesinada en el ascensor de su casa a manos de los matones del gobierno. Salman
Rushdie escribe que “Como toda buena investigadora periodística, Anna
Politkovskaya presentó verdades que reescribieron los cuentos oficiales. La
continuaremos leyendo y aprendiendo de ella a través de los años”.
Desafortunadamente la caricatura de
democracia no solo tiene lugar en Rusia. Donde ganan tiranuelos de diversos
colores, se habla de “elecciones limpias” como si se tratara de un torneo
irrelevante sin otro fondo que lo numérico aunque se haga tabla rasa con los
derechos. Esta irresponsabilidad mayúscula recuerda a los que después de
secuestrados por malhechores declaran que fueron “tratados con cortesía”
haciendo gala del síndrome de Estocolmo, tal como ocurre en las cleprocracias
modernas disfrazadas de democracias.
La rapidez de la cronología de
hechos como los sufridos por esta rusa de fibra y calado descomunal dependerá
del peso que cada uno le atribuya a lo que le ha ocurrido. Al fin y al cabo,
como ha escrito el gran George Steiner, el tiempo
y la duración son dos conceptos
distintos, uno se refiere a la convención del reloj mientras que el otro alude
a la experiencia individual. Está en las manos de cada uno el calibrar la
duración en los fueros internos el significado y la trascendencia de los
padecimientos de esta extraordinaria persona.
En el prefacio a un proyectado libro
de Collingwood titulado The New Leviathan
(incluido en su célebre colección de ensayos sobre filosofía política),
sostiene que la revuelta contra la civilización consiste en la actitud
parasitaria de quines pretenden vivir compulsivamente a expensas del fruto del
trabajo ajeno, lo cual era precisamente la tesis de Politkovskaya. Esto nada
tiene que ver con la idea autoritaria hasta el tuétano de que solo hay dos
clases de pensamiento, por el contrario, la sociedad abierta implica infinidad
de matices ya que todas las tradiciones culturales propiamente dichas
significan una trama interminable de recibos y entregas recíprocas.
En esta línea argumental, consigno
en esta nota a vuelapluma sobre esta notable mujer que ha trasmitido un ejemplo
de coraje superlativo, una reflexión del antes mencionado Bukovsky que también
nos visitó en Buenos Aires con motivo de un acto académico, elucubraciones
consignadas en sus memorias tituladas To
Built a Castle. My Life as a Dissenter: “Miles de libros se han escrito en
Occidente y cientos de diferentes doctrinas han sido creadas por políticos
encumbrados al efecto de encontrar un compromiso con los regímenes
totalitarios. Todos evaden la única solución correcta: la oposición moral. Las
mimadas democracias occidentales se han olvidado de su pasado y de su esencia,
es decir, que la democracia no es una casa confortable, un automóvil elegante o
un beneficio de desempleo, sino antes que nada la disposición y el deseo de
defender nuestros derechos”.
En estos climas mafiosos siempre
aparecen dictadores (de facto o
electos) que resumen bien lo que ocurre, Putin no es el único ejemplo: Trujillo
en la República Dominicana y Getulio Vargas en Brasil dijeron en sendos
discursos “a los amigos todo, a los enemigos la ley” a sabiendas de lo
horrendas de sus normas legales y Perón, en la Argentina, espetó “al enemigo,
ni justicia” por ello, contrariando toda la mejor tradición, fabricó el billete
de un peso con el símbolo de la Justicia con los ojos destapados y fue uno de
los pioneros en cambiar la Constitución para reelegirse e hizo tabla rasa con
la noción del derecho, lo cual reiteró en sus tres mandatos (el último,
principalmente a través de sus ministros José López Rega y José Ben Gelbard).
En nuestros días han surgido nuevos sátrapas liderados por los Castro, Chávez,
la infame dinastía norcoreana y los Ahmadinejad del planeta que descuartizan
todo vestigio de libertad y dignidad bajo diversos ropajes y trampas inauditas.
Ya 400 años antes de Cristo,
Diógenes recurría a la alegoría de andar con una lámpara “en busca de un hombre
honesto”, no son muy frecuentes los casos pero he aquí una persona de cabal
honestidad y extraordinaria integridad: Anna Politkovskaya. Rindo este modesto
pero muy sentido homenaje a esta heroina de la libertad y el respeto recíproco.
Como en cada acto el hombre no parte de cero, no podemos apreciar el presente
ni conjeturar sobre el futuro sin basarnos en el pasado, por tanto, tomemos el
caso de este egregio personaje para constatar la luz diogenista del pasado.
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