Yoani Sánchez, la Phileas Fogg caribe

(Puede verse tambié de Alvaro Vargas Llosa, La “blogger” más valiente del mundo)
Como en la vuelta al mundo de Phileas Fogg, en el periplo
que acaba de iniciar Yoani Sánchez (¿necesito añadir: la bloguera más
famosa del mundo?) habrá un Fix tratando de sabotearla y será
irremediablemente derrotado. Ya lo vimos
en Recife y Salvador, y lo veremos los demás puertos de su viaje:
manifestantes movilizados por las embajadas cubanas en coordinación con
los comunistas locales. Como Phileas Fogg, llevará un
diario puntilloso de lo que le suceda y lo que vea, escrito o mental,
que tal vez, o tal vez no, publicará en su bitácora, Generación Y.
Si lo hace, nos permitirá entender mejor el mundo libre en que vivimos
los que vivimos en él porque nada ayuda más a conocer lo que a uno lo
rodea que la versión del forastero que se sorprende con detalles que uno
ya ni ve y a quien la rama no ciega la visión del bosque. Y, como
Phileas Fogg, Yoani ganará la apuesta al Club Reformista: poner a prueba
cada reforma, como acaba de hacer con la reforma migratoria
saliendo del país y volverá a hacer regresando a él dentro de pocos
meses, es la manera de tratar de ensanchar los límites de la cancha.
Dicen que los griegos inventaron el heroísmo, los
franceses el amor y los ingleses la puntualidad. O eso decían: hoy sería
más exacto decir que los griegos se inventaron sus cuentas públicas,
los franceses la emigración fiscal y los ingleses el euroescepticismo.
Pero a lo que iba: los verdaderos inventores del heroísmo no fueron los
griegos, con perdón del aedo Homero. No: lo inventaron, más bien, los totalitarios.
Convirtieron el acto cotidiano, por ejemplo colocar un post en una
bitácora digital, cruzar el umbral de la entrada de un hotel en busca de
un cibercafé o enviar un correo electrónico, en un acto heroico. Acudir
a un sepelio, hacer una pregunta ante un micrófono en una conferencia
literaria, caminar por la calle junto a otras personas, visitar una
iglesia, pedir un pasaporte o pasar el control migratorio de un
aeropuerto son actos homéricos. Para nosotros, los privilegiados, el heroísmo es el Ulises de la guerra de Troya y el regreso a Ítaca.
Para los habitantes del totalitarismo, el heroísmo es una mujer en saya
azul y blusa blanca despidiéndose de su esposo y de su hijo de catorce
años porque no sabe si, al cabo de un gira de conferencias, la dejarán
volver a ellos. El heroísmo es cada instante, cada cosa, de su vida.
En el mundo libre, muchos queremos ser héroes. Por eso
soñamos con cosas excepcionales que nos arranquen del tedio de la
libertad. En el mundo totalitario, y ese es el mensaje elegante que
rezuma el blog de Yoani, darían cualquier cosa por un poco menos de
heroísmo y un poco más de tedio. El verdadero sentido de lo que ella
hace, horadando gota a gota la piedra de la censura informática con sus
posts, contándolo y comentándolo todo, es precisamente ese: clamar por un poco de normalidad.
Pedir reformas –que haya libertad de expresión y de asociación, como
acaba de hacer en Brasil, primera escala de su viaje— es ansiar que los
actos cotidianos no sean actos de valor o profesiones de fe.
Por eso sería un error conceptual comparar el viaje de Yoani a una hazaña. Es lo contrario. Su simbolismo
no radica en lo excepcional de verla recorrer el mundo en libertad
después de tantos golpes, arrestos, insultos, silenciamientos,
prohibiciones y agresiones psicológicas padecidas desde que demostró que
una mujer criada y formada dentro de la Revolución no deja de necesitar
libertad. El simbolismo de su viaje radica, más bien, la sucesión de
actos de cotidianeidad de que se compone. Sólo en países libres los
ciudadanos pueden, por lo general, hacer con su vida lo que quieren más
que lo que deben. En el totalitarismo, ser héroe es una obligación,
aunque sea para ir a comprar desafiando la escasez, por no mencionar
osadías mayores. En el resto del mundo, ser héroe es una escogencia.
Phileas Fogg se sentiría orgulloso de ti, Yoani.
- 28 de septiembre, 2026
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