México: Pactos y pragmatismo
Dos características son inmediatamente evidentes del nuevo gobierno
mexicano. La primera consiste en la presencia de un equipo de políticos
experimentados en las funciones de gobierno: los profesionales están de
regreso. La otra es la percepción que uno se lleva de que los priistas
saben que esta es su última oportunidad y que tienen que entregar
resultados satisfactorios o jamás retornarán al poder. Ambas sugieren un
gran activismo y habilidad en la conducción de los asuntos públicos.
Sin embargo, nada garantiza que harán las cosas que son necesarias para
lograr su objetivo pues eso implicaría la afectación de intereses clave
para el PRI.
Enrique Peña Nieto ha tomado la política mexicana
casi por asalto. En solo unos cuantos días ha logrado imprimir una
lógica radicalmente distinta a la que caracterizaba a su predecesor.
Primero, meses antes de asumir la presidencia, logró que se aprobaran
legislaciones importantes, sobre todo en materia laboral y de
transparencia gubernamental. Segundo, su toma de posesión procedió de
manera ordenada y sin contratiempos, creando un dramático contraste con
la conflictividad que caracterizó la sucesión en 2006. Finalmente, tuvo
una ceremonia de inauguración en la que estuvo prominentemente presente
uno de sus contendientes, Josefina Vázquez Mota, lo que evidenció la autoría de los desmanes que tuvieron lugar en la calle. Todo parecía cuidadosamente coreografiado.
No habían transcurrido 24 horas de la inauguración cuando Peña Nieto estaba firmando un pacto con el PAN y el PRD, algo que parecía imposible solo unos días antes. En una palabra,
Peña Nieto ha mostrado oficio político, claridad de objetivos y un
impactante pragmatismo. Se ha adaptado a todo y ha procurado construir
puentes a lo ancho del espectro político. Su actuar revela que no tiene
una visión ideológica, a la vez que reconoce las diferencias de
naturaleza y objetivos de sus contrapartes. Parece evidente que su
primer objetivo era lograr un contraste plausible con su predecesor,
meta que ha logrado con creces.
El gabinete del nuevo presidente es, en concepto, casi una calca del que nombró en su momento Carlos Salinas.
Por un lado hay un equipo de competentes tecnócratas que entienden con
claridad y profundidad los requerimientos para el crecimiento de una
economía. Por el otro, una buena representación de la vieja clase
política mexicana en la forma de exgobernadores y políticos
profesionales, todos los cuales tienen vasta experiencia en la operación
política. La composición del gabinete sugiere algunas de las
prioridades del nuevo gobierno, sobre todo acelerar el crecimiento de la
economía y combatir la violencia, pero también permite anticipar
conflictos internos, sobre todo relativos a la sucesión de 2018.
Particularmente notable es el contraste en los nombramientos para
Pemex y la Secretaría de Educación Pública. Para el primero nombró a un
funcionario con relativamente poca experiencia pero serias credenciales
académicas, para la segunda envió a un político experimentado. Difícil
no leer un mensaje político contrastante: cambios sustantivos en
educación, paz sindical en Pemex. El punto importante no es juzgar si
ese era el mensaje que se intentaba enviar sino sugerir que hay una
lógica política detrás de cada nombramiento. El tiempo dirá.
El “Pacto por México” que fue firmado a escasas horas de la
inauguración del nuevo gobierno es importante por su simbolismo político
más que por su contenido. Como es lógico, el contenido tuvo que ser
llevado a un nivel de generalidad tal que todos pudieran firmarlo; sin
embargo, el hecho de que Peña haya tenido la capacidad de
convocar y juntar a los tres partidos políticos principales y tiene una
trascendencia política monumental. Será la primera vez desde mediados de
los noventa (cuando se aprobó la reforma electoral que permitió la
competencia abierta y el eventual triunfo de Fox) en que los tres
partidos convergen en algo sustantivo. En pocos días, Peña se ha
asentado en el centro de la política nacional.
A lo largo de estos meses, Peña Nieto y su equipo han demostrado una
extraordinaria capacidad política y de operación e interlocución. Su
campaña fue un modelo de organización y su proceso de transición
permitió entrar al gobierno sin contratiempo. Ahora comienza la política
real y ahí es donde demostrará si realmente tiene capacidad para
cambiar el destino del país.
Hay tres grandes temas que requieren atención: la violencia, el
crecimiento económico y la disfuncionalidad del sistema de gobierno.
Para lo primero, Peña Nieto está proponiendo un cambio de objetivos:
en lugar de combatir a las mafias de narcotraficantes, su planteamiento
es el de proteger a la población. Aunque ambos son objetivos legítimos y
no necesariamente contradictorios, la implicación del cambio es que no
dedicará sus escasos recursos a intentar impedir el flujo de drogas
hacia el norte. Su énfasis será en reducir la violencia, para
lo cual propone fortalecer al sistema policiaco y al de justicia en todo
el territorio.
Para el crecimiento económico, el planteamiento del nuevo gobierno
reside esencialmente en eliminar obstáculos a la inversión y al
funcionamiento de la planta productiva, incentivar la inversión y
utilizar los recursos tanto fiscales como regulatorios para lograrlo.
También implica confrontación con prácticas monopólicas pero,
aparentemente, sólo en el sector privado. Todo esto requeriría reformas
sustantivas en materia de recaudación fiscal, en la protección
arancelaria y de otro tipo que sigue recibiendo parte del sector
manufacturero, así como resolver el problema de suministro, en
condiciones competitivas, de energía y petrolíferos. Cada una de
las potenciales reformas que la consecución de estos objetivos
requeriría implica la afectación de intereses cercanos al PRI, así como
poderosos intereses privados y sindicales. También implicaría lograr el
apoyo de los partidos de oposición a reformas sobre todo en materia de
impuestos. Todo esto se ha intentado de una u otra forma en los últimos
años sin éxito. Ahí yace tanto la oportunidad como el riesgo de Peña.
Finalmente, México es un país paradójico donde convive un sector
exportador del primer mundo, competitivo frente a cualquiera, con un
sistema de gobierno casi precolombino donde no existen definiciones
precisas de funciones entre estados y la federación, donde el objetivo
de los burócratas es su propio interés pecuniario y no la provisión de
servicios a la sociedad. Todo esto hace que el reto del nuevo presidente
sea mayúsculo. Su virtud yace en que éste será el primer
gobierno en dos décadas que llega con el personal idóneo para lograrlo.
La pregunta es si, cuando comiencen los rechazos y las movilizaciones en
contra, estará dispuesto a intentarlo.
- 28 de septiembre, 2026
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