Inicio de las negociaciones de paz colombianas
Por Emilio J.
Cárdenas
Las
conversaciones de paz entre le gobierno de Colombia y los delegados de las
llamadas FARC -la organización subversiva marxista que ha asolado a Colombia
desde hace 40 años ya, habiendo cometido toda suerte de crímenes de guerra
(esto es: delitos de lesa humanidad en un “conflicto armado interno”, a estar a
las disposiciones de las Convenciones de Ginebra)- convocadas por el presidente
Juan Manuel Santos, están a pasos de iniciarse en Oslo, Noruega.
Las esperanzas
de alcanzar la paz naturalmente crecen, pese a que los fracasos en los que
terminaran las negociaciones similares realizadas en el pasado, alimentan
ciertamente una cuota de escepticismo que es evidente en muchos colombianos.
Por lo demás,
¿puede realmente creerse en las FARC y en su liderazgo? Muy difícilmente. Pero
la paz como objetivo justifica cualquier esfuerzo que se intente en su
búsqueda. Pese al pasado y a lo que efectivamente son las FARC: tan sólo una
organización criminal estrechamente vinculada a la violencia, la muerte y, como
si ello fuera poco, al narcotráfico.
Venezuela ha
designado a su embajador en la OEA, el siempre obsecuente Roy Chaderton,
como delegado de Hugo Chávez en ese diálogo. Así lo confirmó Nicolás
Maduro, canciller de Venezuela. El presidente Santos -al tiempo de
escribir estas líneas- está a punto de ser operado de cáncer de próstata, lo
que podría inmovilizarlo, aunque aparentemente apenas unos pocos días, lo que
no debiera ser un obstáculo, si las cosas salen como se espera.
En paralelo,
las FARC insisten en una designación absolutamente caprichosa e insólita: la de
Juvenal Ovidio Ricardo Palmera, alias “Simón Trinidad”, alguna vez nada
menos que el tercero en la cadena vertical de mandos de las FARC, a quién los
líderes guerrilleros quieren incorporar al equipo negociador.
Pero ocurre que
Palmera está preso en una cárcel de máxima seguridad, en California,
Estados Unidos. Cumpliendo allí una pesada condena a sesenta años de cárcel,
por su responsabilidad en los secuestros de la FARC, claramente definidos y
considerados por el derecho humanitario internacional como un evidente delito
de lesa humanidad.
Palmera tiene ahora 62 años y militó en la FARC desde 1987
hasta que, de pronto, fuera detenido en Quito, Ecuador, en el 2004, deportado a
Colombia y, desde allí, extraditado muy poco después a los Estados Unidos, el
31 de diciembre del mismo año.
Palmera es hijo de un viejo político liberal colombiano. Pero
es marxista. Por ello es uno de los principales ideólogos de las FARC. Aún hoy,
desde hace rato entre rejas.
Es un hombre de
una educación profesional importante. Lo que no asegura la razonabilidad, ni el
equilibrio. En su momento estudió un postgrado en finanzas en Harvard y fue
luego profesor de Historia Económica en su país.
Su antecedente
más destacado para pretender que sea tenido en cuenta para participar en las
negociaciones de paz es aparentemente el de haber sido uno de los negociadores
que actuaran en el proceso de paz llamado “de San Vicente de Caguán”, que
tuviera lugar entre 1998 y 2002 en tiempos del presidente colombiano del
Partido Conservador, Andrés Pastrana, que -como los demás- culminara en
la nada.
Palmera mismo acaba de expresar por carta que cree que su
experiencia puede aportar y servir a que el proceso de paz avance, desde que
afirma tener algunas sugerencias que aportar.
Suena
arrogante. Pero las FARC insisten, quizás con el deseo de transformar a quien
es hoy simplemente un vencido, en una suerte de héroe de la reconciliación. Lo
que es fantasioso, en mi entender. E inmerecido, por demás.
En rigor, en
las conversaciones de paz no debe haber indispensables, ni insustituibles, ni
providenciales. Tampoco Palmera. Pese a la insistencia del pretendido
Estado Mayor Central de las FARC.
Su eventual
participación en el proceso de paz depende ahora de que las autoridades
norteamericanas la autoricen. Su presencia física en Oslo parece realmente
impensable y, por ende, es casi imposible. Pero con los conocidos avances de la
tecnología no es, para nada, un sueño que Palmera de pronto pueda
participar electrónicamente en alguna de las sesiones o etapas.
Napoleón, él
mismo un gran intrépido, decía que con audacia se puede intentar todo, pero no
se puede conseguir todo. Las FARC lo saben. Lo cierto es que más importante que
Palmera es la paz. Nadie puede transformarse en obstáculo para que el
intento de alcanzarla -que afortunadamente se inicia- al final se frustre. Tampoco
Palmera.
Mientras tanto,
no dejemos que la impaciencia por reivindicar a quien no lo merece, venza a la
esperanza de alcanzar, con la seriedad del caso, una paz indispensable.
Emilio J.
Cárdenas fue Embajador de la República Argentina ante las Naciones
Unidas.
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