El paso de Cristina K por Washington: Un experimento negativo

Por Carlos Pagni
Se entiende el nerviosismo. Esa excitación
desbordante, que la apresura al hablar y la lleva a auxiliarse con las
manos mientras las ideas se agolpan en la cabeza y pasan a la lengua,
irreflexivas, estuvo ayer, en Georgetown, justificada. Cristina Kirchner
se expuso a algo que está más allá de su control. Si bien en las
primeras filas estaban los aplaudidores de siempre -ministros, asesores,
algún empresario-, en las del fondo los devotos de La Cámpora fueron
reemplazados por chicos incapaces de coordinar la rutina coreográfica de
Javier Grosman.
Sin embargo, hostil y todo, a la Presidenta ese
ambiente le sigue inspirando respeto. De modo tal que ella, que se
define como "un cuadro técnico universitario", y en la intimidad se hace
llamar "la doctora", se obligó a una contorsión ambivalente. Debió,
como en un examen, justificarse y seducir al mismo tiempo.
A su manera, fue un examen. No académico. Político. Los
asistentes a esas "clases" no buscan que les den una lección. Quieren
palpitar un testimonio, certificar o corregir las hipótesis que se han
formado acerca del visitante. El diplomático que intentó, sin éxito, que
en la reunión no hubiera interrogatorio detectó ese problema. Las
preguntas, en estos casos, suelen ser más significativas que las
respuestas. Ayudan, como ayer, a percibir cuál es la imagen de un
determinado líder en el interior de un aparato de alta gravitación
política como es el académico.
Video: Las preguntas de los estudiantes a Cristina (C5N)
Desde este punto de vista, el experimento de la
Presidenta fue negativo. No hubo consultas sino cuestionamientos. Nadie
solicitó una declaración sobre la política de derechos humanos ni sobre
la reconstrucción económica ni sobre los avances sociales. Tampoco
apareció alguna curiosidad sobre las ideas de la señora de Kirchner
acerca del comportamiento del mundo. En cambio, la indagaron sobre la
relación con Hugo Chávez. Y le preguntaron por los dos aspectos de la
administración que sobresalen para los latinoamericanistas de
Washington: la negativa a rendir cuentas ante la prensa y la
adulteración de las estadísticas. Es razonable que esas perplejidades
ganen espacio en una casa dedicada a la búsqueda de la verdad.
Las preguntas no ayudaron al éxito, pero las respuestas
lo alejaron más. Cristina Kirchner hizo una demostración práctica de
que no está en condiciones de aceptar conferencias de prensa. Cuando las
respuestas no fueron chicanas o coartadas, desnudaron un gran
desconocimiento de los temas.
Sobre la resistencia del Gobierno a abrirse a la
prensa, desarrolló una tesis fascinante: a diferencia de lo que sucede
en el resto del mundo, en la Argentina no son las autoridades las que se
enfadan con las preguntas, sino los periodistas los que se muestran
intolerantes con las respuestas.
Las disquisiciones sobre las estadísticas tampoco
ayudaron a la Presidenta a mejorar la nota. Otra vez negó la inflación,
con una afirmación inesperada: "Si fuera del 25%, el país estallaría".
El argumento es increíble porque revela que ignora lo que, en efecto,
sucedió: la economía estalló. Si la inflación no fuera del 25%, no
habría corralito cambiario, las importaciones estarían liberadas, se
podrían girar dividendos al exterior y no se hubiera producido un
derrumbe en la inversión ni en el nivel de actividad. Pero Cristina
Kirchner sigue sin conectar esas deformaciones entre sí.
La misma incomprensión apareció en su clásico lamento
por la imposibilidad de emitir dólares, una moneda que el mundo
considere refugio de valor. Para la Presidenta, la supremacía de esa
divisa deriva de un complot por el cual la "potencia imperial" se
adjudica un privilegio. No consigue imaginar que, si luchara contra la
inflación, el público buscaría ahorrar en pesos. Como hacen los peruanos
con los soles, o los brasileños con los reales. Sin ir más lejos, entre
2002 y 2004, cuando Alfonso Prat-Gay estaba al frente del Banco
Central, los argentinos vendían dólares para comprar pesos. Que ahora
sea al revés se debe a la inflación.
Sin embargo, cuando la Presidenta más daño se hizo fue
cuando le sacó la tarjeta amarilla a Barack Obama denunciando que las
estadísticas de los Estados Unidos también son manipuladas. Cristina
Kirchner preguntó a los que escuchaban si en serio creían en los datos
de las instituciones económicas. Es decir, les propuso que dudaran de su
propia percepción. Que admitieran que también viven engañados, como los
argentinos sometidos a las patrañas de la prensa o los operadores
económicos que no advierten que el FMI se ha ensañado con el
kirchnerismo por su irreverente heterodoxia.
Si el sueño dogmático en el que viven fuera cierto, los
profesores y alumnos de Georgetown estarían en una situación más grave
que los argentinos: ellos no se quejan ya que, por lo visto, ni siquiera
han advertido que les mienten.
La señora de Kirchner reveló que no está al tanto del
drama que viven los Estados Unidos. Cuando preguntó "¿realmente creen,
chicos, que la inflación aquí es del 2%?", demostró no saber dos cosas:
no sólo que ese dato es cierto, sino que el hecho de que lo sea
constituye una desgracia para Obama y Ben Bernanke. Si algo está
tratando de hacer la Reserva Federal es provocar inflación para reanimar
la economía. Con un índice del 3,5% y tasas muy bajas como las
actuales, se estimularía el consumo y, por lo tanto, el crecimiento.
Los profesores de Georgetown, entre los que ayer estaba
Joseph Page, célebre biógrafo de Perón, habrán vuelto a las aulas
reconfortados. Cristina Kirchner se prestó a un estudio de campo que
corroboró las lecciones sobre un modo habitual de hacer política en
América latina que ellos suelen impartir. Más allá de las variaciones
sobre la peripecia nacional, ella exhibió una forma mentís consustancial
al populismo.
Sus explicaciones se sostuvieron en una creencia
principal: los infortunios deben ser imputados a la acción de una fuerza
exógena, presente o pasada. La inestabilidad latinoamericana se debe al
sistemático complot de los Estados Unidos. Ese país es una potencia
porque tuvo la suerte de que la Guerra de Secesión la ganara el norte
industrializado. En cambio, la Argentina está condenada porque su guerra
civil la perdió Rosas, quien, al parecer, era un agente de la
modernización capitalista. La culpa de que no haya conferencias de
prensa no la tiene una presidenta a la que no le gustan las preguntas,
sino los periodistas a los que no les gustan las respuestas. Y las
raíces del nazismo no hay que buscarlas en una compleja perversión
nacionalista que contaminó la cultura alemana desde fines del siglo XIX,
sino en las asfixiantes condiciones impuestas a Berlín en el Tratado de
Versalles.
Ayer la Presidenta enfrentó una audiencia inquisitiva.
Es posible que la de hoy, en Harvard, sea aún más filosa. Vaya saber
cuál será el genio maligno al que hay que responsabilizar por esas
desgracias. Argüir que se debe a que los periodistas argentinos han
conseguido embaucar a los universitarios norteamericanos sería demasiado
presumido.
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