Convenciones made in USA

Es una ironía interesante que las convenciones de los partidos
políticos en Estados Unidos sean acontecimientos nacionales y que los
candidatos esperen de ellas un impulso definitivo en su carrera a la
Casa Blanca. Y lo es porque el verdadero efecto de una convención de
partido en este país es el que tiene en la base, no necesariamente el
que tiene entre los independientes, ese amorfo y casi metafísico
concepto político que, según muchos, determina quién será el Presidente,
pero que no se hace realidad hasta el final y en muchos casos por obra
de los activistas convencidos.
En un país donde el voto es voluntario, la participación ronda
alrededor del 60 por ciento y la lid se decide estado por estado, la
clave de todo está en movilizar a la base. Luego -y sólo luego-, en
atraer a un número relativamente pequeño pero suficiente de
independientes que rompa el empate que suele haber entre los no
partidarizados que prestan algo de atención a la política hasta casi el
final de una campaña electoral. Sin la base, ese añadido no se da nunca.
Y allí es donde resulta trascendental -o un fiasco- la convención de
cada partido.
Aunque es seguida al menos parcialmente por decenas de millones de
ciudadanos con esa curiosidad que despierta todo lo espectacular en el
país del espectáculo, una convención tiene como primer efecto, si es
exitosa, cerrar las heridas de las primarias, unificar a las facciones
ideológicas o meramente de poder en el partido detrás de una
personalidad y galvanizar a la base para que sea ella, finalmente, la
que contagie en cada estado el sentimiento de victoria a los dubitativos
o escépticos. Es precisamente lo que ha pretendido hacer Romney esta
semana después de las traumáticas primarias republicanas, como lo hizo
Barack Obama en 2008 tras su épico enfrentamiento con Hillary Clinton,
que había partido a los demócratas en dos.
En este sentido, las convenciones han sufrido una metamorfosis
fascinante a lo largo de la historia republicana. Como la república
misma, la dimensión democrática de estos eventos donde se nomina a los
candidatos oficialmente fue evolucionando paulatinamente, con traumas y
zigzags, e incluso graves retrocesos. Hasta hace cuarenta y pico de años
no consistían en movilizar a la base o presentar al candidato en
sociedad, sino en un acto bastante corrupto en el que las facciones de
poder imponían a su candidato. Sólo en la época moderna, cuando fue
realmente el votante de los partidos el que pasó a tomar en las urnas la
decisión final sobre la candidatura de su partido, las convenciones se
convirtieron en un ejercicio de afirmación de los militantes, a partir
del cual se salía a conquistar al resto.
Hasta fines de los años 60´, los barones de los partidos negociaban
en habitaciones con humo pero sin democracia interna la nominación del
candidato. A medida que la era de la televisión floreció y que el
sistema de las primarias se modernizó, las convenciones de volvieron
eventos de cuatro días con una coreografía sofisticada y espectacular.
El gran desafío que enfrentan hoy es el cambio que se ha suscitado en
las patrones de la comunicación de masas. Los que quieren noticias
políticas están saturados de canales y programas que les ofrecen eso
mismo 24 horas al día a través no sólo de la televisión, sino también de
las computadoras, y los que no quieren demasiada información política
difícilmente van a aguantar cuatro días frente al televisor siguiendo
las incidencias de las convenciones, como ocurría antes. Tienes
demasiadas opciones alternativas.
En décadas recientes, la única forma de enterarse de lo que sucedía
realmente en una campaña en el país era estar pegado al televisor viendo
a Walter Cronkite en señal abierta conduciendo el programa maratónico
que llevaba las incidencias de lo que ocurría en las convenciones al
gran público. Hoy los tres grandes canales de televisión abierta -NBC,
ABC y CBS- son tan conscientes del poco interés que despertarían cuatro
días seguidos de cobertura ante un público que llega a las convenciones
con abundante información previa sobre la campaña que han reducido a un
total de apenas tres horas la transmisión.
Eso sí, estos eventos siguen atrayendo la atención de la prensa: hubo
en Tampa esta semana 150.000 periodistas, cantidad sólo superada por
las Olimpíadas recientes en Londres. Y el “aparato” de seguridad es el
mismo de otros años: no hay uno solo de los 350.000 habitantes de Tampa
que no haya visto su vida -su tránsito, su rutina- afectada durante toda
la duración del evento. Tampoco, por cierto, los delegados y
asistentes, a quienes, por ejemplo, no se permite ingresar con pelotas
de baseball, paraguas y plátanos (dos de las tres prohibiciones no se
habían dado nunca antes). La guardia nacional, la policía del estado y
el servicio secreto desplegaron miles de agentes por la ciudad. La
puesta en escena, pues, a diferencia de las cifras de audiencia
televisiva, no se ha devaluado.
Una convención hace formalmente tres cosas: los delegados de los
estados nominan al candidato; el partido adopta lo que se llama una
“plataforma”, en la que están los objetivos y la línea ideológica, y se
aprueban las reglas de juego para las distintas actividades de la
agrupación; por ejemplo, las primarias que tendrán lugar cuatro años
después.
Normalmente el partido en el poder realiza su evento después de la
oposición. Hasta poco después de la Segunda Guerra Mundial, lo habitual
era que el Partido Demócrata, el viejo partido de Jefferson, hiciera la
suya primero, pero el republicano Eisenhower acordó informalmente con
sus rivales demócratas que a partir de su Presidencia el partido en el
poder cediera siempre el primer lugar al adversario para darle
oportunidad de compensar la ventaja que confiere a quien está en la Casa
Blanca competir desde el poder. Normalmente se hacen en el verano por
una razón que tiene que ver con la financiación. Como las reglas impiden
recaudar dinero de forma privada a los candidatos después de las
convenciones si quieren recibir fondos públicos en el tramo final, los
partidos eligen montar sus convenciones en el verano, a unas cuantas
semanas de las elecciones, que se dan en noviembre.
Pero estas reglas van quedando obsoletas porque, por ejemplo, Barack
Obama renunció en 2008 a su derecho a recibir dinero público, por lo que
la prohibición de recaudar dólares después de la convención demócrata
le resultaba irrelevante. Otro tanto ha pasado este año con Mitt Romney.
No sería de extrañar que en algún momento del futuro, si se convierte
en tradición no recibir dinero del Estado para campañas presidenciales,
los partidos modifiquen el calendario.
A comienzos del siglo 19, los candidatos eran elegidos por los
congresistas en reuniones que no se daban en el marco de convenciones,
sino de la bancada del partido. Esto, sin embargo, fue el origen de una
gran tensión interna en los partidos cuando los estados del Oeste se
fueron incorporando al país, pues la representación congresal estaba
altamente sesgada al Este. Distintas facciones se rebelaron contra la
nominación de William Crawford en el Partido Demócrata y nominaron a
John Quincy Adams, Henry Clay y Andrew Jackson. En la década siguiente,
el Partido Antimasónico nominó a su candidato en una convención
nacional, lo que, dado el antecedente mencionado, acabó siendo imitado
por el Partido Demócrata y el Partido Republicano. Durante casi todo el
siglo 19, las convenciones eran en cualquier caso luchas de facciones
que negociaban o imponían a su nominado a puerta cerrada. Esto cambió
parcialmente a fines del siglo, cuando los estados del Oeste adoptaron
primarias limitadas. Aun así, el proceso era poco transparente y
escasamente democrático, pues seguían siendo los barones de los partidos
los que decidían, no los votantes. Muchos estados no realizaban
primarias, por lo que los delegados que enviaban a las convenciones no
representaban a una candidatura victoriosa de antemano.
El año clave de la etapa moderna es el turbulento 1968, en plena
agitación de la “contracultura”, el movimiento de los derechos civiles y
la revuelta popular contra la guerra de Vietnam. Fue el año en que el
Presidente Lyndon Johnson, sorprendido por la reacción de la base del
Partido Demócrata contra él por la guerra que su gobierno había
expandido y acentuado, se retiró de las primarias y renunció a tentar la
reelección. Entendió que, ante un Eugene McCarthy y un Robert Kennedy
que le habían hecho pasar un mal rato en los inicios de las primarias,
no cabía poner en riesgo su estatura. Su retiro y el asesinato de
Kennedy crearon un vacío que aprovechó el Vicepresidente, Hubert
Humphrey, para entrar a tallar en la lucha por la nominación. Este no
compitió en primarias, pero logró la nominación en la convención gracias
a grupos de interés, entre ellos los sindicatos, asustados por el
riesgo de que la base del partido contraria a la guerra eligiera a uno
de los suyos. Ello provocó una violenta y sangrienta ola de protestas en
Chicago, la sede de la convención del Partido Demócrata, que cambiaron
la historia de las nominaciones de los candidatos.
La humillación que significó para el Partido Demócrata lo ocurrido en
Chicago llevó a la jerarquía a nombrar la famosa Comisión
McGovern-Fraser para elaborar nuevas reglas. Decidieron, cediendo a la
presión de los tiempos, santificar un sistema de primarias electorales
real y serio. Cuatro años después, el Partido Republicano hizo lo
propio, y desde entonces las convenciones eligen a los candidatos
preferidos por la mayoría de los delegados, a su vez representativos de
los resultados electorales de las internas en cada estado.
Desde entonces no hay sorpresas en las nominaciones. Todos saben
quién será el candidato. Sólo en dos ocasiones hubo pugnas que
parecieron poner en riesgo la nueva fórmula. Una fue en 1976, en la
convención del Partido Republicano, cuando Ronald Reagan casi le
arrebata la nominación al Presidente Ford al convencer a algunos
delegados del mandatario de que votaran por él, algo que no era ilícito.
La otra fue en 1980 y tuvo que ver con el Partido Demócrata, en tiempos
de un Jimmy Carter venido a menos, a quien sus colegas de partido
creían improbable ganador frente a un Partido Republicano que
transpiraba ganas. Ted Kennedy, retador del Presidente, intentó
convencer a los delegados de Carter de que votaran por él, y por un
momento pareció que esto podía ocurrir.
La televisión ayudó a convertir estos eventos modernos en la
beatificación del nominado y su familia, en la gran presentación en
sociedad del candidato ante un país hasta ese momento poco informado. La
primera transmisión televisiva fue en 1940 por parte de una estación
afiliada a NBC, y pocos años después las tres cadenas nacionales
convirtieron las convenciones en el “Super Bowl” de la política
estadounidense. Esta dinámica duró hasta que la revolución en las
comunicaciones quitó a las cadenas de señal abierta el oligopolio de la
información política de masas.
El gran cambio que se empieza a notar en las convenciones y que quizá
marque una nueva etapa en este proceso evolutivo son las redes
sociales. La primera vez que tuvieron un gran protagonismo en la
política estadounidense -independientemente del hecho de que ya en 2008
Obama las usó con gran eficacia- fue en las elecciones parciales para el
Congreso en 2010. Este año, además de las páginas de Twitter y
Facebook, los dos partidos han organizado transmisiones en YouTube,
sitios para compartir fotos en Flickr y Pinterest, y toda clase de
información en las redes de Google + y Foursquare, así como en
innumerables aplicaciones en los teléfonos inteligentes. En Tampa, los
republicanos establecieron esta semana un Google Media Lounge
conjuntamente con Google, que ha servido algo así como de cuartel
general online para organizar una gran comunidad de seguimiento de los
pormenores de la nominación. Esto es lo que ha llevado a los canales,
que ya hace cuatro años vieron sus índices de audiencia caer
significativamente, a decidir que carece de sentido arriesgarse a
competir durante cuatro días por un auditorio que está fragmentado entre
toda clase de medios alternativos a las vacas sagradas de la tele en
abierto.
- 28 de septiembre, 2026
- 28 de septiembre, 2026
- 1 de octubre, 2012
- 24 de septiembre, 2026
Artículo de blog relacionados
El Universal El 12 de febrero y el 4 de febrero pasado marcaron...
13 de febrero, 2012El escritor peruano Alvaro Vargas Llosa ha criticado hoy el apoyo que muchos...
4 de julio, 2008El Nuevo Herald Madrid – Con titulares que iban desde “Triunfo de la...
1 de julio, 2015Por Manuel A. Solanet Fundación Futuro Argentino El traslado al Congreso del debate...
2 de julio, 2008












