¿Acaso es malo el lucro en la educación?
La Prensa, Panamá
Una de las mayores y más frecuentes críticas a la privatización
educativa como medio para acabar con los monopolios politiqueros
estatales presupone que el lucro y la educación son incompatibles. ¿Por
qué?
No hace mucho el viceprimer ministro de Inglaterra, Nick
Clegg, en un discurso declaró que el motivo de lucro no sería permitido
en ningún consorcio educativo público-privado, esos que hoy día
comienzan a tener buenos resultados en muchos países. Clegg estaba a
favor del derecho paternal de elección y de mayor diversidad, pero
rotundamente opuesto a que la educación fuese una actividad lucrativa.
Su discurso le ganó aplausos en su partido y entre los sindicatos
magisteriales.
En el fondo no es más que la eterna disensión entre
socialistas y liberales. Para los liberales es un simple asunto de
libertad. ¿Por qué habría de ser diferente la educación que el resto de
las necesidades que satisface el mercado? Quienes odian la libertad
empresarial alegan que los fines lucrativos alientan los malos atajos y
que se prestan para beneficiar a los codiciosos empresarios. Si fuese
así, ¿acaso no sería lo mismo para el resto de la actividad comercial
humana? Entonces mejor estaticemos todo el comercio.
Esta
controversia es milenaria y gira en torno a la creencia de lo que
algunos llaman “precios justos”; o la creencia de que en el intercambio
comercial, quien vende lleva la ventaja sobre quien compra. Si fuese
así, ¿acaso no sería lo mismo para el educador que vende ideas a los
niños?; es decir, que sería pernicioso su afán de sacar ventajas a favor
de su visión del mundo. Sin lucro y sin precios, ¿de dónde saldrán las
decisiones en asignación de recursos? ¿De dónde más?: de los gobiernos y
de sus interesados politiqueros y subordinados.
Pero la
presunción negativa del lucro se estrella contra la realidad de miles de
escuelas privadas en los arrabales del mundo que venden un mejor
producto a sus clientes que las estafas educativas estatales. Igual
ocurre en Estados Unidos, en donde todas las asociaciones educativas
público-privadas tienen que ser entre el Gobierno y empresas privadas. Y
qué curioso que están logrando mejores resultados a menor precio.
Si
en una transacción ambas partes ganan –léase lucran– entonces ambas
partes carecerían de principios. ¡Ridículo! Por supuesto que existen
humanos tramposos, pero pensar que todo el que se convierte en
empresario es tramposo es pura majadería e ignorancia. La realidad es
otra, y es que los zorros –léase politiqueros y sus aliados– aman a las
gallinas de corral y no a las que andan sueltas y saben volar; que
cuidan sus huevos y polluelas a punta de pico y espuela.
Si no
vamos a tener fe en las bondades intrínsecas del ser humano, en general,
no sé en qué vamos a confiar. Inventamos a los gobiernos para ponerles
el cascabel a los malos gatos; pero resulta que los gatos y los
politiqueros son cuates y solo ponen cascabeles a quienes no pasan por
taquilla.
James Tooley en su obra, From Village School to Global
Band, que presenta el extraordinario éxito educativo del sistema Sabis,
señala que la historia contradice por completo la noción de que el afán
de lucro es dominante en la acción humana y particularmente en el ámbito
educativo; lo cual fue bien documentado por el profesor E. G. West en
su obra literaria seminal La Educación y el Estado; al señalar que en la
Inglaterra de 1861, cuando la intervención estatal educativa era
mínima, solo el 4.5 de los niños no recibían educación académica. Y lo
mismo vieron E. G. West y otros en Estados Unidos, Escocia, New York, y
muchos otros sitios; que no era necesaria la intervención politiquera
para lograr una justicia social.
Peor aún es que no veamos que la
educación gubernamental ha fallado aparatosamente en su supuesto rol de
justiciero social en el área de la educación; y ese fracaso nos ha
lanzado en una marejada creciente de violencia de todos esos jóvenes
frustrados con ese mundo que los abandonó en favor de la rapiña política
clientelista.
Si la libertad no funciona en el comercio,
incluyendo la educación, entonces estamos todos fritos, porque la
alternativa es la eliminación de la libertad a través del Estado
interventor. Adam Smith sentenció que “no es a través de la benevolencia
del carnicero, el cervecero, o del panadero que lograremos poner la
paila, sino en atención al propio interés de estas personas”. No
dependemos de su humanidad sino de su amor propio y cuando negociamos
con ellos no es en base a nuestras necesidades, sino a nuestras
ventajas. No enredemos intenciones con resultados. A final de cuentas la
única forma en que podemos lucrar es si ofrecemos algo que nuestro
prójimo valora a punto que está dispuesto a soltar sus billetes a
cambio; y el día que esto fracase, todo lo demás también fracasará.
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