Ley y democracia: de la Biblia al calefón

Las ideas de la libertad tomaron cuerpo en la Europa del Siglo XIX como una respuesta de los individuos frente al poder de los reyes: al enfatizar en la libertad individual, sus impulsores consiguieron limitar el poder absoluto de la monarquía. Corrió mucha más sangre, por supuesto, de lo que algunos pudieran pensar. Las tiranías se resisten.
Uno de los mecanismos aplicados para que la libertad individual se abriera camino fue la división de poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial. División frágil, porque el gobernante de turno siempre intentará re-unificarlos. La lucha por la libertad nunca estará ganada definitivamente.
Otro mecanismo desarrollado fue la democracia, especialmente mal aplicada en gran parte de nuestros barrios, donde del absolutismo del mandamás de turno (caudillos en nuestros casos) se pasó al absolutismo de las mayorías de turno. Elegidas democráticamente, claro. De derecha o de izquierda, que al final de cuentas eso a nadie le importa.
Esas mayorías, por supuesto, están paternalmente encarnadas por un gobernante lleno de bondad y poseedor de sabiduría (¡?)…, capaz de dictar la legislación que "el pueblo" necesita. Es la "democracia ilimitada" a la cual se refería Hayek. Tan frecuente, lamentablemente.
En este punto es inevitable la referencia de Mariano Moreno, protagonista de la revolución que en 1810 dio origen al proceso que culminaría con la independencia argentina en 1816.
Moreno escribió en el prólogo de su traducción al español de "El contrato social" de Rousseau, algo que sería premonitorio de lo que sucedería en América Latina.
En efecto, escribía en 1810: "Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan (léase generalizan) sus derechos, si cada hombre no conoce lo que vale, lo que puede y lo que se le debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas, y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos, sin destruir la tiranía".
Acostumbrados como estamos en estos arrabales del planeta a ser testigos de burdas manipulaciones de las instituciones, es conveniente repasar las reflexiones de algunos pensadores de la libertad.
Es que de eso se trata: de la libertad individual. Aunque algunos distraídos, tanto de derecha como de izquierda, no lo quieran aceptar. Porque no les conviene. Ocurre que las personas libres son muy peligrosas…, porque piensan. Tan peligrosas son que hasta se atreven a hablar del espíritu de las leyes.
Y aunque con frecuencia se hace referencia a las instituciones, no siempre se las define adecuadamente. La falta de claridad en esa definición nunca es inocente: contrariamente a lo que se nos quiere hacer creer, las instituciones no son ni los edificios, ni las oficinas, ni las personas que las integran. Ni siquiera son los tres poderes del Estado.
Las instituciones son, simplemente, las reglas de juego: los códigos, las normas y las leyes que en una sociedad rigen la relación entre los individuos. Y, muy particularmente, las reglas de juego que rigen la relación entre los individuos y el Estado.
En su obra "Los fundamentos de la libertad", el pensador austríaco Friedrich Hayek escribió un texto clarísimo: "Votar por un legislador limitado (se refería al poder, no a la capacidad intelectual…) es elegir entre formas alternativas de garantizar un orden que resulte de las decisiones de individuos libres".
Por contraposición, expresaba que "si un legislador tiene el poder de conferir beneficios especiales sin tener que cumplir con normas generales… se puede alcanzar una mayoría mediante la compra del apoyo de intereses especiales". Concluía Hayek que "en una asamblea omnipotente, las decisiones se basan en un proceso viciado de chantaje y corrupción". De derecha o de izquierda, que al final de cuentas eso es una excusa.
Los pensadores de la libertad nos legaron sus ideas. No es culpa de ellos que en América Latina aceptemos que "todo es igual, nada es mejor/ lo mismo un burro que un gran profesor". Ni que confundamos la Biblia con un calefón.
Hasta la próxima.
El autor es Ingeniero, Máster en Economía (ESEADE, Buenos Aires) y columnista de El Diario de Hoy.
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