Miopía política
Lo voy decir sin ambages: hay muchos hartos de la política. Mientras, por contraste, hay otros convencidos de que cuanto más revuelto esté el río, mejor. Saben, por experiencia, por confianza en sus habilidades de cabildeo y capacidad de politiquería, que su ganancia depende de lo turbio y revuelto de las aguas.
La política como modo privilegiado de conciliar intereses y producir acuerdos parece, a la vista de lo sucedido las semanas pasadas, que nunca ha estado más sana. Mientras que, en tanto es el mejor modo para velar por el bien común, sufre una crisis importante dentro de la enfermedad crónica que afecta las instituciones públicas.
¿A quién no le han dado ganas en los últimos días de decir algo así como "paren este país, que aquí me bajo"? Después del triste espectáculo montado por bastantes diputados, después de los acuerdos de más y más endeudamiento, o de irrespeto flagrante de los valores de fondo, para rendir culto público a los valores más superficiales, después de todo eso, la tentación de aislarse de la "política" es cada vez más fuerte.
Estamos atrapados. Lo que antes fue motivo de orgullo: fracciones ideológicas con intereses claramente opuestos, que en vista de un bien compartido (la paz) cedían y veían en el otro alguien que quizá en algo podía tener razón; la alternancia en el poder que dio oportunidad a los antagonistas de probar su capacidad no sólo de gobernar, sino de legislar para todos y no sólo para unos pocos, ahora más que motivo de esperanza, es una pesadilla.
Me acuerdo de Goethe, y de su famosa balada "El aprendiz de brujo", adaptada luego por Disney como colofón de su película "Fantasía", en la que un bisoño practicante aprovecha la ausencia del maestro para intentar recrear sus trucos, porque ha aprendido de memoria sus palabras y sus gestos, sus órdenes y aspavientos. Sin embargo… tiene el saber hacer y carece del saber ser, y lo único que logra es un caos mayúsculo, en el que la escoba llena y llena cubos de agua echándolo todo a perder. Incluso, cuando intenta detenerla troceándola, cada astilla cobra vida y el problema no se soluciona, se multiplica.
Me da la impresión de que muchos de los que se dedican profesionalmente a la política son malos imitadores de sus maestros: líderes históricos, ideólogos y hombres de acción. No sólo por su incapacidad manifiesta, sino por no haber comprendido el verdadero fondo del ejercicio del poder. Me recuerdan al ratón de Disney satisfecho de sí mismo, siguiendo a la escoba que acarrea agua, complacido de poder usar la magia para sus propios fines. Como esos que, inconscientes de que han desencadenado un proceso en el que se hace, se hace y se hace; no saben ni orientarlo (¿Más dinero? ¿Más poder? ¿Más privilegios?), ni detenerlo.
Nos han secuestrado la política, la han puesto a su servicio y no a nuestro servicio. No comprenden que no todo lo técnicamente posible es beneficioso en el mediano plazo.
Pero no perdamos la esperanza, pues la política misma, principalmente en una democracia, encierra en sí los resortes que impulsan a la palestra gente honesta, trabajadora, comprometida con el país y no con algún grupo o sector de intereses.
Mientras tanto, visto lo visto, dudo que esos líderes que tanto necesitamos: capaces de conjugar todas las fuerzas sociales y lograr sinergia para trabajar teniendo como fin el bien común, puedan surgir de políticos que han demostrado, demasiadas veces, su incapacidad de gobierno o su tremenda capacidad de favorecerse a sí mismos utilizando el sistema, y a nosotros, para su provecho.
El autor es columnista de El Diario de Hoy.
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