La metáfora social

Por Olmedo Miró
La Prensa, Panamá
Cuando uno observa un mapa antiguo, una de las primeras cosas que llama la atención es la forma como, curiosamente, se describían fenómenos como vientos y corrientes marinas. Los vientos se describían como angelitos soplando en una dirección determinada, las mareas como el dios Poseidón empujando los mares en una dirección.
Esto es lo que se describe como atribuir “ánimas” espíritu o voluntad a las cosas, tal como si fueran seres humanos, con las mismos deseos y pasiones que los nuestros. A esto se le llama “animismo” o la tendencia de los seres humanos a atribuir “ánima”, alma o personalidad a cosas que en realidad no las tienen.
La ciencia moderna lentamente ha podido dilucidar estos fenómenos físicos haciendo sus causas menos misteriosas, por lo tanto, menos “volubles”. Sin embargo, cuando entramos en las ciencias que estudian al hombre en sociedad y su deriva en el discurso político moderno nos damos cuenta de que todavía continuamos con las viejas costumbres, esas de dar “alma” a algo que no lo tiene.
Sorprende, pero de este fenómeno no se escapa nadie, por ejemplo, yo mismo puedo decir “la mar está brava”, cuando en realidad ninguna mar puede estar “brava” o su antónimo “feliz”. Este tipo de cosas son no más que una “metáfora”, en la que relacionamos fenómenos al comportamiento humano de estar bravo o feliz. Esto es un anacronismo, pero por fortuna la mayoría de las personas educadas y modernas lo entiende de esta manera, y por lo menos, ahora tratamos de entender los fenómenos atmosféricos y no rendir tributo a los dioses del mar.
Sin embargo, en lo concerniente al entendimiento de las relaciones humanas y sus manifestaciones con respecto a la sociedad allí, por desgracia, debo decir que las cosas no solo no han avanzado, sino que han retrocedido. Por ejemplo, en economía se habla de un “ingreso nacional” que, eventualmente, se trata de confundir con una “riqueza nacional”, que se distribuye “mal” y, por lo tanto, se debe redistribuir.
Lo que no observan estos economistas es que los precios con que ellos construyen estas “cuentas nacionales” son el resultado directo de intercambios individuales en los que individuos, con nombre y apellido, adquieren algo para hacerlo “su propiedad” y pujan un precio por el activo. No hay tal cosa como, “riqueza nacional”, “propiedad del Estado o de todos”, siempre habrá individuos que “dispondrán” de la misma; ¿quiénes son eso individuos? es la pregunta que curiosamente se oculta. Esto, sin hablar de otros términos metafóricos como “crecimiento de la economía”, “estímulo a la economía”, etcétera.
¿Qué tal el “derecho” o las ciencias políticas? Bueno, aquí se encuentra prominente la falacia metafórica de “justicia social” ¡como si pudiera existir tal cosa! Los individuos son buenos o malos, virtuosos o sinvergüenzas, pero no las “sociedades”. La ironía del asunto, es que muchas de las personas y políticos que usan este lenguaje, y su consecuente manera de pensar, son herederos de una tradición universalmente genocida. Como cuando los Nacional Socialistas de Hitler, con la ayuda de muchos sociólogos distinguidos, fueron un poco más allá creando categorías “sociales” como “ciencia judía”, y los comunistas como “justicia burguesa” contra “justicia proletaria”.
Los Nacional Socialistas alemanes hablaban de virtudes arias y de defectos judíos, y pusieron manos a la obra, “para mejorar la sociedad”. Por lo menos estos sátrapas eran consecuentes con lo que decían, y es aquí donde prevengo a mis amigos políticos, quienes les gusta usar estas confusiones metafóricas, inocentemente muchas veces, como si fueran la cúspide de la pureza y digo: si van a hacer “justicia social” necesariamente tienen que hacer “castigo social” y como ningún individuo es igual al otro, esto será injusto por la misma razón de que no existe tal cosa como justicia social.
En la época en que todavía se pensaba que el comunismo podría servir para algo, una pregunta que hacía temblar a los comunistas era, “ y después de todos los discursos y revoluciones, cuando comienza la realidad de gobernar el día a día una sociedad, ¿quién será el que mande?”. Ellos contestaban, o pasaban agachados, con otra confusión metafórica: “será la dictadura del proletariado”. De nuevo, no existe tal cosa como un proletariado que pueda dar órdenes y pensar ¡acaso no es obvio! Lo que sucedía al final era que alguien, alegremente, se apuntaba como representante de todos los proletarios y gobernaba a punta de palos.
El gran Ortega y Gasset nos prevenía de esta “masificación” del hombre moderno, que envuelto en la permanente política por el control del poder confunde lo abstracto con lo concreto. Parafraseándolo decía, “es como cuando un impertinente nos hace la pregunta; “¿Qué somos en política?”. Gasset respondía: “qué piensa, el impertinente, que es el hombre y la naturaleza y la historia, que es la sociedad y el individuo, la colectividad, el Estado, el uso, el derecho. La política se apresura a apagar las luces para que todos estos gatos resulten pardos”. He allí el problema de las ciencias sociales y discurso político moderno.
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