Zapatero: El presidente ‘groggy’
Editorial –
La Gaceta, Madrid
Los periódicos amanecían ayer diciendo que el Gobierno cerraba el grifo de la financiación a los ayuntamientos. Todavía por la mañana, cuando los lectores apenas habían tenido la oportunidad de hacerse una idea de la noticia, el propio Gobierno rectificaba y retrasaba la medida hasta el 1 de enero de 2011, y por todo ese año. Ese nuevo requiebro de los que renegaba Zapatero en Elche, es sólo el último.
Cada vez pasa menos tiempo entre una propuesta y su rectificación.
La ministra Salgado ha atribuido a una torpeza lo que es, no nos engañemos, una muestra más de que el Gobierno ha perdido el control sobre la política económica. Tal como ha quedado, el anuncio de la prohibición de financiarse a largo plazo del primer día de 2011 al último de ese año no tiene ningún sentido. Porque todos los ayuntamientos tienen el suficiente margen de maniobra como para endeudarse en lo que queda de 2010 y salvar así la limitación que hubiera impuesto la norma, de haberse aprobado de forma inmediata.
Es más, si por un lado no va a tener el efecto de restringir el gasto de las entidades locales por la vía de secar el crédito, lo que sí hará es concentrar en los poco más de siete meses que quedan de año las solicitudes de ese crédito, de modo que el Gobierno se verá con mayor competencia para la deuda pública soberana de la que le conviene. Es poco creíble que la medida esté mal diseñada por parte del Ministerio de Economía y más verosímil que su presidente se haya visto forzado a echarse atrás por las presiones políticas.
Algo muy propio de un político sin ideas, sin otro norte que el cortoplacismo ni otra brújula que las elecciones, en una suerte de carpe diem político, que es justamente lo contrario que se requiere en un hombre de Estado. Ya sabíamos que Zapatero no lo es. Pero los bruscos cambios de timón de las últimas semanas lo confirman de forma patética.
Sólo hace falta recordar las propuestas de reforma de las pensiones que envió a la Comisión Europea, que luego desmintió en todos los idiomas al comprobar lo que se le venía encima. El año pasado, durante el Debate sobre el Estado de la Nación, Zapatero llegó a un acuerdo con CiU para reformar el mercado laboral que no duró ni un día. Esta es la peor interpretación posible del nuevo pragmatismo de Zapatero, del que habló el pasado fin de semana en Elche. No es que el Gobierno se adapte a las circunstancias, es que camina como si fuese un boxeador sonado –como apuntó ayer en el Senado Pío García-Escudero–, sin una dirección concreta, y echándose atrás en cuanto le cae un golpe.
La rebelión de los ayuntamientos y el anuncio de CiU de que cambiaría su abstención ante el decreto de los recortes por un voto en contra han sido suficientes para hacerle cambiar de opinión. La única parte de su política que sí ha mostrado una dirección adecuada es la que no decide porque le viene impuesta desde fuera: primero Bin Laden, cuando Zapatero se estrenó en el Gobierno retirando las tropas de Irak, y ahora Obama, Bruselas o el FMI, cuando le instan a aplicar una terapia de caballo para evitar un drama griego.
Hoy cuesta recordarlo, pero Zapatero concitaba, cuando llegó al poder, el apoyo de amplios sectores de la sociedad española, y el reconocimiento de buena parte de los ciudadanos que no le habían votado. ¿Qué tenemos seis años después? Que Zapatero ha logrado, como en un circense más difícil todavía, la rara proeza de poner a amplias capas sociales en contra de él. Pensionistas, funcionarios, madres de familia, ayuntamientos, la Iglesia católica, padres, educadores, conductores, militares… La derecha, por supuesto, pero también la izquierda están hasta la coronilla de quien llegó a La Moncloa blasonando de que el poder no le iba a cambiar.
Hasta los apoyos mediáticos se tornan en fuego amigo, como muestra la encuesta del diario prozapaterista Público (“El PSOE se desploma”), o las afiladas baterías de añejos columnistas prisaicos (“ceda el paso” le conminaban ayer en El País, poniendo el ejemplo de Adolfo Suárez).
¿Qué le queda a Zapatero? Los estómagos agradecidos de las centrales sindicales, convenientemente untadas de subvenciones y prebendas… aunque veremos por cuánto tiempo, después del tirón de orejas del FMI conminando a una reforma laboral de dramáticas consecuencias, y de las nuevas terapias de choque que le exige Bruselas.
Por lo que se refiere a los grupos políticos, todavía no se lanzan en ofrecerse al PP para una moción de censura que nos lleve a unas elecciones, pero ya se desmarcan de Zapatero y sus ministros. Ayer, desde la bancada popular, varios senadores han gritado al presidente: “Zapatero, dimisión”. Ante un Gobierno a la deriva, sin política económica propia, con una oposición social creciente y ante el descrédito internacional, cabría esperar de la oposición una estrategia que haga buenas las palabras que ha escuchado toda España desde el Senado.
Nadie ha retratado mejor al patético gobernante que García-Escudero. Si la política del Ejecutivo se ha convertido en un penoso circo ambulante, nada más adecuado que tildar a su responsable de “tragasables”; y si los bandazos se están convirtiendo en la tónica de un presidente sin ideas ante un trance dramático para los españoles, nada más acertado que compararlo a “un boxeador sonado”. La descripción puede parecer muy dura, pero es preciso reconocer que se la ha ganado a pulso. Un individuo así no debe seguir al frente del Gobierno. Lo procedente es que se retire, antes de que sea España la que acabe KO.
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