Ejemplos uruguayos
Por Hernán Felipe Errázuriz
El Mercurio
Ejemplar ha sido la campaña presidencial uruguaya que culmina mañana. Contrasta con las asperezas y el intervencionismo electoral de la nuestra. Uruguay fue una democracia sólida, atravesó por una violencia política desenfrenada, por gobiernos militares, y retornó a la democracia fortalecido.
Sin conflictos ni cuestionamientos, fueron elegidos en primarias abiertas los dos principales presidenciables: José Mujica, oficialista, del Frente Amplio, de izquierda, y el ex Presidente Luis Alberto Lacalle, del Partido Nacional, liberal, de centroderecha.
José Mujica es un viejo político, ex tupamaro, y ahora postula gobernar buscando acuerdos para hacer del Uruguay una Finlandia. Antes promovía la lucha armada y el modelo cubano. Tanto el ex guerrillero como el ex Presidente están en buenos términos con otro candidato relevante, Pedro Bordaberry, del Partido Colorado, hijo del ex Presidente que los mantuvo presos.
La campaña ha estado marcada por el respeto mutuo entre los candidatos. Las descalificaciones las han dejado para aquellos mandatarios extranjeros que se entrometen en los asuntos internos uruguayos: según Mujica, los Kirchner son una patota. Tampoco se han proferido anticipos catastrofistas, de vencer la coalición opuesta. Se proyecta que la elección entre Lacalle y Mujica será estrecha y que habrá segunda vuelta. Tras la primera vez en que la izquierda ha asumido el poder en Uruguay, no teme perderlo ni pretende ni necesita de manipulaciones para conservarlo.
El popular Presidente saliente, Tabaré Vázquez, sus ministros y funcionarios no han intervenido electoralmente en favor del candidato oficialista. Corrientemente, Vázquez se hace acompañar en las inauguraciones de obras públicas por su predecesor y por los dirigentes del opositor Partido Colorado. Expresamente ha desestimado transformar a la institucionalidad administrativa en una máquina política y prohibido a los funcionarios intervenir públicamente en las candidaturas. Ha observado una verdadera cuarentena para no contaminar ni contaminarse con la contien- da política.
Y tiene razón. No parece acorde con los altos cargos participar en puerta a puerta, andar tocando timbres, portar pancartas, exhibirse en mitines políticos, y menos legítimo es utilizar recursos fiscales en función de candidaturas. Es hasta contraproducente, porque los ministros y altos funcionarios deben mantener total dedicación a sus cargos y conservar la confianza de toda la ciudadanía, y no sólo de los partidarios del Gobierno.
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