La revolución es tóxica
Por Gonzalo García Ordóñez
Sesenta años de comunismo chino. Un país, dos sistemas; 1.300 millones de pobres con una clase gobernante rica, pueblo pobre; fábricas llegadas de todos los países ricos del mundo para usar la mano de obra esclavizada ofrecida por el gobierno; en medio de un crecimiento económico anual de 8%, tres cuartas partes de los chinos están sin capacidad de compra, hambrientos y bajo la represión comunista; miles y miles de chinos llegando a otras tierras en busca de nuevos horizontes y oportunidades.
Sesenta años de represión comunista. En unos pocos chinos, la clase gobernante explotadora, está concentrada toda la riqueza colocando a la población en niveles de pobreza y represión sólo comparables a países africanos.
Un gobierno que todo lo controla, vigila y castiga a quienes se atreven a desafiar al partido; una industria, sin sindicatos, dedicada a fabricar productos de baja calidad y de a millón por hora bajo condiciones infrahumanas no aceptadas en el mundo occidental.
Sesenta años a punta de bayonetas. Dos y medio millones de soldados comunistas chinos constituyen el mayor ejército del mundo, controlado por la Comisión Militar Central (2), una del Partido Comunista y la otra del Estado, de miembros idénticos.
La clase militar china es de las más corruptas del mundo, participa en actividades económicas propias para autofinanciarse y emplea el método de sobornos y pago de comisiones para obtener contratos.
La insignia es una estrella roja en la gorra como esa que usan los del PSUV. La reestructuración de las Milicias en Venezuela, tal como fue anunciada la semana pasada, apunta a la formación del Ejército Rojo.
Sesenta años de baratijas. La conocida frase de los marchantes árabes “todo barato” antes fue usada para referirse a los productos vendidos en los “todo a real japonés”, ahora le pertenece a los productos chinos y son sinónimo de mala calidad y desechables.
Sesenta años de comunismo tóxico. Lo chino es desechable y tóxico, es el modelo de los bolivarianos. Satélites chimbos que no funcionan; carros baratos sin repuestos; ropa que se encoge y destiñe al lavarla. Las baratijas chinas arropan a la revolución, incluida la ideología.
En tecnología los alemanes y japoneses; en maquinaria los gringos; en relojería los suizos; en turismo los españoles; franceses e italianos en perfumería y moda; flores y quesos los holandeses. Naciones con tradición de estrictos controles de calidad y garantía de sus productos.
Pero los comunistas chinos, al igual que sus primos rusos, roban y plagian los inventos y desarrollos tecnológicos de los capitalistas. Desde el gobierno no cuidan el ambiente, no permiten la lucha organizada de los trabajadores, los sueldos son miserables, los servicios insufribles, la represión es permanente. El comunismo es tóxico para la democracia.
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