Realidades (IX)

Por Manuel F. Ayau Cordón
(Pueden verse las partes I, II , III, IV. V, VI , VII y VIII de este trabajo)
Puesto que en un mundo de seres humanos siempre habrá personas deshonestas y aprovechadas, algunos ingenuos echan la culpa de la crisis económica a unos pocos pícaros. Muy fácil. Pero EE. UU. demuestra que la excesiva intromisión del Gobierno con sus sofocantes reglamentaciones en el mercado y el fomento al crédito para personas insolventes, sin ingresos ni empleo, a tasas ridículamente bajas de interés, causó la enorme burbuja inmobiliaria y la consecuente crisis correctiva.
Generalmente, pocos se toman la molestia de estudiar Economía para opinar con autoridad sobre la materia, porque fácil, pero equivocadamente, se cree que la inteligencia y sentido común bastan para comprender el complicado fenómeno de la ordenada cooperación económica de un mercado que nadie planifica y que sin embargo es organizado, entre miles de millones de personas que jamás se conocerán y mucho menos saber sus prioridades, en un mundo donde obligadamente todo se tiene que racionar.
Lo primero que debe aprender un “reformador social” es que la pobreza no tiene causa, pues es el estado natural del ser humano, como Dios lo puso en la Tierra. En cambio, la riqueza sí tiene causa, es artificial: la crea el hombre mediante el trabajo, inventiva, iniciativa y educación, que transforma los recursos naturales en comodidades, como electricidad, infraestructura, medios de comunicación, alimentos, antibióticos, etcétera, pero solamente cuando y donde se respete la base de esa colaboración pacífica, que es el respeto a los iguales derechos naturales individuales de todos. Recordemos que el derecho a la vida y a la búsqueda de la felicidad no es graciosa concesión de la élite política que llamamos Gobierno. Esos derechos son innatos del ser humano.
Los países pobres pueden crecer a un ritmo mucho más rápido que los ricos, porque no tienen que esperar que se inventen las cosas nuevas como computadoras, celulares, plásticos, antibióticos, vehículos modernos, etcétera, que los países ricos no tenían a su disposición cuando eran pobres.
Vale la pena insistir en que cualquiera que ostenta el título de economista debería saber que todos los gastos de las empresas, incluyendo los impuestos, los tienen que recobrar del consumidor, o cierra la empresa. Si no, que me digan de dónde salen. Y ello incluye un rendimiento competitivo a la inversión, pues si no, ya no atraerá capital para seguir operando. Cuando el Gobierno le dice al pueblo que esos impuestos los pagarán los ricos, es mentira o ignorancia, porque las grandes empresas no producen para los ricos, sino principalmente para la masa de población entera, cuya gran mayoría son los pobres que resultarán pagando los nuevos impuestos “a la empresa”.
También hay que insistir en que aprobar deuda pública, sabiendo que la generación que los aprueba no es la misma que los pagará, equivale a poner impuestos a ciudadanos que no pueden votar por ser menores de edad o no haber nacido aún. Es un proceso deshonesto salvo que sea para invertir en algo que producirá el ingreso para pagarlo por quienes lo aprovechan y no por sus descendientes.
Otro ejemplo de sentido común: Macedonia quiere progresar, quieren inversiones porque reconocen que las inversiones crean empleo y aumentan el ingreso fiscal. Anuncian al mundo que el impuesto corporativo por los primeros 10 años será de 0 por ciento y de 10 por ciento en adelante.
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