Democracias y democracias

Por Manuel F. Ayau Cordón
Hay dos tipos de demo-cracia: la de apellido “liberal”, que se basa en el respeto y ejercicio de los derechos individuales de las personas quienes, con el único límite de los iguales derechos de los demás, libremente determinan sus prioridades y escogen sus medios para lograrlas. La soberanía la conserva el pueblo y la prioridad de la acción gubernamental es proteger a las personas de la violencia y el fraude para que se puedan desenvolver libremente y en paz (sus detractores le llaman despectivamente estado gendarme). El sistema se llama liberalismo y su ordenamiento económico se llama mercado que, por definición, es el conjunto de transacciones libres y pacíficas que la gente lleva a cabo. Se vive por derecho y no por permiso.
También está el tipo de democracia con apellido “social”, el cual se basa en la prevalencia del Gobierno sobre las actividades económicas de los ciudadanos, quienes actúan por permiso y no por derecho. El Gobierno interviene a su discreción mediante legislación y reglamentación económica detallada. Se llama socialismo, economía dirigida o mercantilismo. En aras de igualdad de resultados —no de derechos— confisca y redistribuye lo que ya estaba legítimamente distribuido en el momento de su legítima producción. El énfasis del Gobierno no está en proteger la vida y derechos, sino en impulsar las ideas económicas que eufemísticamente llama “sociales”, como si cuidar la vida y seguridad de la gente no fuese “social”. La intromisión se presta para el clientelismo, populismo, compadrazgo y corrupción.
Ninguno de los dos tipos de democracia se ha practicado en forma pura, sino como una mezcla de los dos, y por eso los partidarios de cada uno culpan de las fallas al ingrediente del sistema opuesto.
En ambos sistemas existen reglamentos, pero su carácter es distinto: en el liberalismo —que no es perfecto—, los reglamentos son para proteger derechos, evitar desorden, asignar responsabilidades y no se inmiscuye en lo privado, pues cada quien escoge sus metas acorde a sus capacidades, necesidades y gustos. Sus esfuerzos e iniciativas van dirigidas, por interés propio, hacia la satisfacción de las prioridades ajenas, pues de lo contrario, sus esfuerzos no serían libremente remunerados. El costo de las decisiones en el uso de recursos corre por cuenta de quien las toma.
En el socialismo —tampoco perfecto— los reglamentos son para encausar los actos privados de las personas hacia objetivos preferidos por el Gobierno. Los costos de las decisiones no corren por cuenta de quien las toma, sino se socializan por tratarse de fondos públicos. El destino del país depende del buen juicio de quienes se suponen capaces, abnegados y honestos servidores públicos.
En el mercado, los recursos se asignan según las preferencias de todos como consumidores, manifestadas con su demanda reflejada en los precios. La producción de bienes y servicios es también guiada por los precios de mercado: cuando la gente quiere más de algo, puja los precios para arriba en el intento de desplazar a otros compradores, y cuando quiere menos, los precios bajan y los productores tendrán que ofrecer otras cosas que la gente quiera.
La abrumadora evidencia histórica nos indica que los gobiernos que más se acercan al liberalismo prosperan más y alivian la pobreza en mayor grado que los que más se acercan al socialismo.
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