La fuerza política del exilio cubano
Por José Ignacio Rasco
Diario Las Americas
Con su tenacidad y talento Enrique Ros ha hecho gemir las prensas (como se decía antes) para poner en blanco y negro un recuento formidable de “La Fuerza Política del Exilio Cubano”. El segundo, tomo porque ya antes se había dado a conocer la primera parte magníficamente prologada, nada menos que por el insigne Maurice Ferré. El nuevo libro viene presentado por el Rev. Marcos Antonio Ramos, polifacética figura insigne, maestro gigante de la cultura humanística y teológica a un tiempo. Por ello se entiende que ambos son brillantes personajes muy escogidos para enfocar con acierto el trabajo fecundo y esmerado que ha hecho ese otro caballero especial que hace historia y la escribe, que responde por Enrique Ros.
En efecto, el caso del exilio cubano es realmente singular. Escapado de la Isla ante la persecución estatal, llegó pobre y con sentido de prisa y corre-corre, pensando venir con pasaje de ida y vuelta en un principio, por tres meses, para volver las próximas navidades. Víctima de trampas y falsas ilusiones el realismo superó a la fantasía regresiva. Para muchos la resignación se convirtió en acción, en reacción vital, a empezar de nuevo con carreras, negocio, estudios, trabajos de toda índole. Y claro, el animal político despertó del sótano a la plaza pública. Nada humano le era ajeno. Al exiliado intrépido le bastó guardar la prudencia en la casa y plantó su osadía en la plaza pública con un inevitable balance de éxitos y fracasos..
Nadie mejor que el insigne Marcos A. Ramos para exponer los grandes aspectos y la esencia de esta nueva obra de Enrique. Y hago mías sus palabras:
“La gran fortaleza –nos dice Marcos Antonio– del exilio cubano, que es criticado por algunos, pero que ha dejado una enorme huella en nuestro ambiente y que alcanza a penetrar en la historia de la Florida y también en la de Cuba, llega ahora con su segundo tomo, al cual damos la bienvenida con entusiasmo, en la seguridad absoluta de que abrirá caminos para nuevas generaciones, mostrando en sus más mínimos detalles, uno de los más interesantes y complejos fenómenos políticos contemporáneos en la larga y muy variada historia de la experiencia norteamericana aproximándonos también a un capítulo imborrable de la historia del pueblo cubano”.
Claro que en un trabajo de esta magnitud es inevitable la omisión voluntaria o involuntaria. Ninguna historia, desde Herodoto hasta nuestros días, ha podido saciar el hambre de saber y de completar todos los detalles de cualquier acontecimiento histórico. Toda narración del pretérito exige un proceso de selección que impone la propia jerarquía de los datos. Lo importante –y gran arte del historiador– es saber escoger de acuerdo con las prioridades de la cadena histórica. Incluso hay eslabones que por su inocuidad estorban a la esencia misma de los hechos pasados. Amén de los datos que pueden huír de las páginas editadas sin conocimiento del investigador y escritor.
Para mí este fenómeno histórico-político indica fuerza –como el título recuerda– en las legislaturas, alcaldías y el Congreso Federal, con esperanzas y frustraciones.
Acaso el afán abarcador del autor, que no quiso dejar de tratar alguna temática de la Cuba de adentro y en cambio se olvidó de repasar las vicisitudes de la polémica lucha de Key Biscayne y la eficaz tarea que mi hijo, Joe Rasco, llevó a cabo en dos períodos de gobierno, por lo que fue electo y reelecto como Alcalde de la Isla con la simpatía y la gratitud de la población. No es la única omisión que he notado en algunos escritos de Ros. Pero no lo culpo. A mí también me han pasado cosas parecidas en trabajos históricos sobre episodios en que he intervenido, con amigos y no tan amigos.
Toda crónica histórica es siempre omisa y poliédrica. Y alguna cara se omite o reduce cuando se trata de retratos. Por algo se ha inventado la “Fe de Erratas” y las nuevas ediciones “corregidas y aumentadas”. A veces suceden cosas como le ocurrió a aquel orgulloso editor que en una segunda edición, editada por él, escribió al final del libro “Este libro no tiene ninguna Herrata”. ¡Qué horror!
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