Del yuyo al jazz
Por Jorge Fontevecchia
Perfil
Un ex embajador de larguísima experiencia, Albino Gómez, bien conocido por los lectores de PERFIL, me puntualizó ayer: “Me dicen que la señora Presidenta volvió a improvisar al hacer su discurso ante las Naciones Unidas, y yo no lo puedo creer.
Porque en ese foro internacional no se trata de que un jefe de Estado o de Gobierno demuestre su capacidad intelectual de improvisar, en lugar de proceder a la modesta lectura de su discurso ante el mundo en la Asamblea General anual, para dejar un documento histórico que, según la tradición, desde hace más de sesenta años se entrega con anticipación en el idioma nacional –por razones de buen funcionamiento y de seguridad en la transcripción– a todas las agencias periodísticas allí acreditadas, por supuesto embargado hasta que sea dicho, y también a todas las cabinas de los intérpretes simultáneos para que puedan trabajar adecuándose lo más posible al texto original y, de ese modo, evitar posibles errores.
Vale decir que en ese foro, que es la más alta tribuna internacional y donde han leído sus discursos estadistas reconocidos mundialmente como tales, no se trata de demostrar facilidades de expresión que ni siquiera pueden ser seguidas directamente por la mayoría del auditorio sino a través de las traducciones en los restantes cuatro idiomas oficiales hechas por los traductores simultáneos.
Porque allí, y en esa oportunidad, sólo se trata de estar presente para leer un texto que revelará ante el mundo la posición internacional de cada país, para luego ser distribuido en forma masiva por escrito y facilitar así la comunicación y evitar, en lo posible, cualquier error de interpretación”.
El día anterior, otro ex embajador, también de larga experiencia, Juan Sánchez Arnau, me visitó para contarme que había renunciado a la vida diplomática. Primero dejó la embajada en Rusia, después de que Kirchner lo dejara varias horas esperando junto con Putin en el aeropuerto de Moscú (¿quién le iba a seguir creyendo en el Kremlin?), y ahora lo hizo definitivamente. Sánchez Arnau es el mayor experto en el Club de París que tiene la Argentina.
Los escuchaba, y no podía dejar de reflexionar sobre la especial capacidad que tiene el kirchnerismo para irritar. Es obvio que lo hacen a propósito: el yuyo y el jazz no son casualidades. No sólo despiertan escozor entre los “formales” diplomáticos (jazz fue una creación especial para hablar en las Naciones Unidas), sino también en la mayoría de la clase media, que reacciona indignada: los comentarios en Perfil.com reflejan un estado de irritación pocas veces visto. Y no sólo en Perfil.com: el mismo tipo de mensajes del público se repite en todos los diarios digitales y las radios del país.
Si al kirchnerismo le gusta provocar, gran explicación es la de Tomás Abraham en su columna de todos los sábados de la edición de ayer en PERFIL, titulada Cancherismo, guaranguería y piolada. Doble sentido argentino. A Cristina le gusta provocar el doble.
Si, como explican no sin razón algunos intelectuales oficialistas, su condición de mujer incomoda porque hay un país machista que no soporta a una mujer al comando, por eso mismo la Presidenta podría apelar a una comunicación visual que redujera el efecto del subdesarrollo sexista de sus conciudadanos, como hacen las mandatarias de los demás países que disimulan sus atractivos físicos por múltiples motivos.
Cristina, no: a ella le gusta exhibir, con orgullo, que no se acomoda al protocolo, que recomienda lucir con prolijidad pero sin estridencias.
Ella siempre comunica “aquí estoy yo”, tanto en su look, en su kinestesia, como en su discurso. No leer o, como ya se hizo notar, mencionar las cantidades con “lujo” de decimales, son parte del mismo estilo con el que se aspira a llamar la atención con su vestimenta. Y bien que lo logra.
El contenido de su discurso es casi anecdótico. Cristina no podría pensar seriamente que los Estados Unidos necesiten imitar el modelo económico kirchnerista, entre otras cosas porque de ese modelo sólo queda el discurso, ya que en los hechos se está volviendo cada vez más ortodoxo: pago a los holdouts, al Club de París.
Todo es forma, pero qué poderosas son las formas.
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