Orate frates
Por Jesús Ruiz Nestosa
ABC Digital
SALAMANCA, España. “La escopeta nacional” (Luis G. Berlanga, 1978) fue una película en la que su director, con ese sentido del humor, más que ácido, sin piedad alguna, retrató un sector de la sociedad española en los últimos días del franquismo. Es la historia del marqués de Leguinuche al que solo le queda el título y lo que se ve a su alrededor.
Como forma de vida, organiza cacerías en una finca que tiene, a las que invita a ministros, gobernadores, gente muy importante dentro del régimen y también a aquellas personas que desean realizar algún tipo de negocio. Así, entre escopetazo y escopetazo se iban arreglando los negociados, los porcentajes, la repartija de las ganancias y las comisiones que le tocaban al marqués, cínico, libidinoso, sin ningún tipo de escrúpulos, baboso, que manejaba muy bien la situación pues sabía que todos sus invitados eran tan corruptos como él.
Por las mañanas eran las cacerías y por la noche el jolgorio. ¡Y qué jolgorio! Hasta que les llega la noticia que Franco había nombrado varios ministros que eran del Opus Dei, lo que significaba que se iba a observar otro tipo de vida. Esa noche todos se retiraron temprano y en silencio. Al día siguiente, muy temprano, estaban todos escuchando misa y comulgando porque esta iba a ser la disciplina a observar de ahora en adelante.
Si no hubiera visto la película poco después de morir Franco, hubiese jurado que el director Berlanga tenía un amigo paraguayo que le puso al tanto de cómo se vive en el país con algunos de sus más sabrosos detalles. Pero como dicen los títulos de las películas al comenzar, “todo es fruto de una simple coincidencia”.
Todos conocemos y nadie discutiría la sólida convicción que tienen nuestros dirigentes políticos de sus ideas religiosas. Hasta son capaces de morir por ellas. Es suficiente con preguntárselo. Cuando Nicanor Duarte Frutos asumió la presidencia de la República, enterados que pertenecía a una secta llamada Raíces, se produjo una especie de estampida y salieron buscando dónde quedaba el templo más cercano para ser bautizados en dicha secta. Por fin habían encontrado el camino de Dios. Hasta se dejaron de lado compromisos políticos importantes, se dejó plantados a visitantes ilustres para ir a escuchar a uno de esos predicadores de la Biblia en algún estadio.
Ahora tenemos un obispo presidente. Y todos regresaron a la iglesia Católica. Me queda la duda si será necesario que sean bautizados de nuevo para olvidar el desliz de haber pasado por el grupo Raíces cuya feligresía se habrá resentido notablemente desde que se produjo el cambio de gobierno.
Pero la historia no termina aquí ya que el decano de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional, Antonio Rodríguez Rojas, acaba de levantar una capilla en el predio de la facultad. La cuenta de su construcción alcanzó cien millones de guaraníes, más el disgusto de los estudiantes que no están de acuerdo. Lo único que pudo decir el decano en su defensa fue: “No entiendo por qué me cuestionan. Es una capilla, no un prostíbulo”. No será extraño ver que pronto todas las facultades tendrán su propia capilla católica, desde luego, y los entes descentralizados como la telefónica, ANDE, Essap, Puertos y Aduanas, etcétera. Esto es lo que se llama saltar de la sartén para caer en el fuego. De acuerdo a la Constitución Nacional nuestro Estado es laico, no confesional y con libertad de culto. ¿En qué situación quedan los luteranos, los evangelistas, los judíos, los musulmanes, los mormones? ¿Podrán estos grupos levantar su propio templo dentro de la misma facultad?
Los estudiantes no tendrían que defender la idea que ese dinero se hubiera podido invertir en una biblioteca virtual o comprar más sillas para la institución. El decano ha cometido un acto de discriminación flagrante que en muchos países está tipificado en el Código Penal y tiene su propio castigo. Ya no faltará el director de algún colegio que para quedar bien con el obispo-presidente, decida sustituir el canto del Himno Nacional antes de entrar a clase por el rezo del rosario. Lo que sucedió con Raíces es el indicio más claro y aleccionador que nuestra gente, por lograr un cargo o conseguir un ascenso, es capaz de poner a remate sus convicciones religiosas, su ideología, su dignidad y lo que haga falta; lo que mejor se cotice en el mercado en ese momento.
Mientras no logremos tener un Estado realmente laico, no conseguiremos un sistema verdaderamente democrático, ni mucho menos moderno. Y esto no es una herejía. En su última visita a Francia, el propio Papa Benedicto XVI, que no se caracteriza por ser muy flexible ni por modificar sus principios, habló de la necesidad de defender el Estado laico por aquello que ya está dicho en los Evangelios: “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Si no lo hiciéramos, pronto terminaremos, con mucha facilidad, en un Estado teocrático y fundamentalista, tal como son esos países islámicos que tanto criticamos y cuyos fanáticos están dispuestos a cortarnos el cuello porque eso les asegura ir a los Jardines de Alá donde les esperan las bellas huríes. El sueño del pibe.
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