Chicago: Disciplina que construye sueños
Por George Will
Diario de América
Oleadas de eslovenos, bohemios, irlandeses e italianos entre otros han afluido y retrocedido, y hoy el barrio de Pilsen, en esta políglota ciudad, es una Ellis Island interior, un puerto de acceso de inmigrantes mexicanos. Hay una escuela local para enseñar a sus hijos cosas importantes – matemáticas e historia, por supuesto, pero también cómo atravesar una puerta giratoria, cómo comportarse en un ascensor, o cómo identificar el tenedor de ensalada y la cuchara de la sopa.
Desde el Instituto jesuita de Cristo Rey se alcanza a ver la Torre Sears al norte, donde trabajan algunos estudiantes. Todos los estudiantes trabajan en alguna parte – en más de 100 compañías y bufetes – un día a la semana, en puestos de trabajo remunerados a 20 dólares a la hora, yendo el dinero directamente al centro, que cubre así el 70% de sus gastos.
Para trabajar en la Torre Sears, un estudiante tiene que atravesar algo que quizá no se encontró en el pueblo mexicano de su familia o en Pilsen – una puerta giratoria – y podría tener que cambiar de ascensor de camino a las plantas superiores de la Torre. Antes de trabajar, muchos de los estudiantes de noveno año de 14 años de edad, al igual que sus padres, nunca han pisado el centro de la ciudad.
El verano antes de empezar en el Instituto jesuita de Cristo Rey, los estudiantes del noveno año asisten a un campamento de formación en donde se acostumbran a lo que David Whitman llama “la dosis de imperialismo cultural” con el fin de inculcarles los valores burgueses, desde las normas de la higiene personal a los modales en la mesa. El centro sostiene que algunas tradiciones de los latinos deben ser moderadas. Muchos de los estudiantes han sido educados para mostrar respeto hablando tranquilamente y evitando el contacto visual al tiempo que se da la mano sin apretar. No es así como se hacen las cosas en el centro, en la ciudad de los trajeados. En cuestión de poco tiempo, los muchachos se presentan a sí mismos con apretones de mano firmes, y muestran a sus padres el metro ligero.
Cristo Rey es uno de los centros escolares “tradicionales” de toda la nación que Whitman examinó en un nuevo libro, “Sudar poco: Los centros escolares de zonas deprimidas y el nuevo paternalismo.” James Gartland, religioso y hoy presidente del Instituto, volvía a América de descanso de su labor en Perú cuando fue asignado a patearse las calles de Pilsen y descubrir cómo podría ayudar la Iglesia. Él preguntaba a la gente “¿Con qué sueña?” y “¿Por qué se fue de México?” Las respuestas señalan lo que el Instituto es hoy.
Arrancó en 1996 con 79 estudiantes reunidos en las cuatro esquinas de un polideportivo de barrio. Los 540 estudiantes de hoy – la mayoría procedentes de familias tradicionales con una media de cinco integrantes y unos ingresos de 38.000 dólares – disfrutan de un centro municipal reformado y ampliado. Alrededor de la tercera parte de los admitidos en noveno no se gradúan, la mitad porque académicamente no pueden, los demás porque tienen problemas con las tres horas de deberes por la noche del Instituto y su estricto código de uniforme y disciplina.
El centro existe para alimentar la cultura del logro personal para niños sin otra opción para la preparación superior, incluyendo a aquellos que en los centros públicos podrían ser desviados a la formación profesional. No se queda con la mejor parte de la cosecha de estudiantes local; rechaza a cualquiera que pueda ser aceptado, o que se pueda permitir, otros centros católicos. Algunos estudiantes particularmente prometedores son dirigidos a centros católicos que ofertan becas. Lo que hace especialmente notable el índice de colocación universitaria del Instituto: en los siete últimos años, el 99% de los graduados han sido aceptados al menos en un centro superior, el 75% de ellos en instituciones universitarias.
El Instituto jesuita de Cristo Rey cuenta con su propio programa de trabajo, sus cursos preparatorios enteramente universitarios (“el viejo plan de estudios del blanco de toda la vida,” dice alegremente un profesor de inglés), su tolerancia cero al gamberrismo (desde los símbolos de pandillas hasta mascar chicle), su implementación del decoro (a las parejas que bailan de forma sugerente se les dice que “dejen circular el aire para el Espíritu Santo“) y su requisito obligatorio de que cada familia abone algo, aunque sólo sea tan apenas 25 dólares al mes – puede tener todo esto por no estar lastrado por la burocracia ni los sindicatos, como lo están los centros públicos.
El “modelo de Cristo Rey” es tan americano como otra empresa con iniciativa de la zona de Chicago, McDonalds. Y como McDonalds, el primero de los cuales se encontraba en el Des Plaines suburbano, el modelo está siendo replicado. La Red de Cristo Rey tiene ya 22 centros en todo el país, con cuatro más para abrir en 2010.
Las gentes, las comunidades y los países con frecuencia cometen errores caros porque no saben qué es lo que no saben. Pero con respecto a la educación de las minorías en las zonas deprimidas, el problema de América es que desconoce lo que saben unos cuantos americanos, como los que han creado el modelo de Cristo Rey. Tres estudiantes que finalizaron los estudios con las notas más elevadas de sus clases en el Instituto el pasado junio se encuentran hoy en Stanford, Brown y Georgetown.
© 2008, The Washington Post Writers Group
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