Parasitismo moderno
Por Eduardo Quintana
ABC Digital
A medida que los avances científicos y tecnológicos evolucionan y se refutan a diario (el proyecto del LHC, por ejemplo), aún hay sectores de la sociedad global que viven en el medievo o, peor aún, en las cavernas. El presidente del Vaticano, Joseph Ratzinger, “denunció” recientemente el aumento del individualismo en el mundo y despotricó contra el éxito como nuevo ídolo de la juventud. Además, criticó la creación de “otro tipo de familia” y alentó a la formación intelectual de los adolescentes.
Mientras que en el otro lado del Atlántico, en la ciudad de Guarambaré, se celebraba una tradición anual de arrojar dinero desde un templo católico, como “forma de pagar una promesa a una virgen”. Ese día hubo hasta lesionados por el vito de monedas en plena calle, que incluyó a infantes.
El mismo día, y a unos 300 km. de allí, en Ciudad del Este, el joven Eliodoro López fallecía luego de varios días de estar en terapia intensiva, y tras una lucha de su familia por conseguir la eutanasia, que finalmente no se logró.
Sólo en las sangrientas y oscurantistas dictaduras, el Estado dirigía la vida de las personas a su antojo, con leyes injustas y aplicación de medidas totalmente arbitrarias, y junto con la Iglesia Católica imponían el terror a la autoridad y mantenían bajo su yugo al pueblo.
No es extraño que Ratzinger, que se cree el embajador de un dios en nuestro planeta, afirmara en el 2006 que la teoría de la evolución es irracional y que dos años después alentara a la propagación del conocimiento. Lo que sí es absurdo y perjudicial es atentar contra el individualismo del ser humano.
“El hombre es un fin en sí mismo, no el medio para los fines de otros”, decía la filósofa Ayn Rand. Sin embargo, el catolicismo introdujo aquello de que realmente la vida se disfrutará después de la muerte, y que la permanencia en la Tierra es solo un periodo de transición a la eternidad y felicidad absoluta; que los principios cristianos sobrepasan a cada persona, y que casi todos deben ser solidarios y preocuparse por los demás.
El individuo tiene la libertad de hacer con su vida lo que le plazca, mientras no atente contra la existencia de los demás. ¿Por qué entonces agredir a esta filosofía de vida? Pues por la sencilla razón de que siendo uno mismo, se tendrá un camino hacia la búsqueda de la libertad, de la racionalidad y, por ende, de la felicidad.
Unicamente los sistemas autoritarios extraen los conceptos de éxito, de individuo, de razón y de libertad, para cambiarlos por solidaridad, progreso colectivo, justicia y equidad social, igualitarismo y oscurantismo, dando una fachada aparentemente más humana y conciliadora.
Tanto el Estado como la Iglesia Católica siguen fomentando un parasitismo exagerado en los habitantes. El sistema dependiente sigue vigente, acumulando seguidores, que con fe o esperanza se olvidan de ser ellos mismos, en pos de una supuesta democracia alternativa y la confraternidad armoniosa.
Pero ninguno de los dos estamentos existió antes que el hombre; son excluyentes porque no globalizan las inquietudes de las minorías, por lo tanto no pueden decidir e imponer un sistema de vida. El Estado no puede decidir cuándo un ser humano debe vivir o morir ni la Iglesia puede objetar si se estudiará el creacionismo o evolucionismo en la materia de ciencias.
Arrojar dinero puede convertirse tal vez en una fiesta popular, que aglutina a vecinos de un pueblo, pero a la larga es el síntoma de una corriente que valora el facilismo y la ausencia de dignidad. ¡Hasta por monedas se pelearon el domingo pasado frente al templo!
Mientras los congresistas sigan más preocupados por resolver sus problemas políticos y sectoriales, la República seguirá postergada. Es mucho pedir un debate altamente intelectual en plena sesión, teniendo a parlamentarios mediocres, en su mayoría; pero es peor aún tratar de transformar la mentalidad y actitud mendicantes de miles de habitantes.
Ratzinger y el Estado paraguayo pueden estar seguros de que continuarán alimentando con parasitismo, condenando todo desarrollo individual, para arrastrar más abajo a las masas y excluir, en todas sus formas, a cada humano que mira adelante y trabaje para sí mismo.
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