El irresistible ascenso de Obama
Por Tomás Eloy Martínez
La Nación
Desde hace por lo menos una década, suelo medir la temperatura de la inasible realidad norteamericana por lo que indican los termómetros de Highland Park, el pueblo de Nueva Jersey donde vivo. Aunque Highland Park no refleja en absoluto el pensamiento y las costumbres de la mayoría ?es muchísimo más liberal que cualquier núcleo urbano de Texas o Arizona, por ejemplo?, tiene la ventaja de su pequeñez. Las mudanzas en el humor nacional tienen allí un eco tan inmediato que se vuelven transparentes. Los demócratas han ganado las últimas doce elecciones, pero nunca un candidato mestizo ni latino ha ocupado puesto alguno en el municipio, en el condado o en las cámaras legislativas del Estado. Por su tamaño y por su demografía, Highland Park guarda cierta semejanza con Wasilla, el pueblo de Alaska en el que Sarah Palin hizo casi toda su carrera política. Tanto en Alaska como en Nueva Jersey, la alcalde es una mujer y la fe religiosa es la brújula de la vida.
Una diferencia notable es que mientras que la candidatura de Palin mantiene a Wassilla en constante efervescencia, en Highland Park los nueve meses de disputas partidarias y de sonora campaña electoral han dejado pocos temas sin agotar y han sumido a los ciudadanos en una fatigada indiferencia. La última chispa brotó durante las primarias demócratas, cuando Obama aventajó a Hillary por dos centenares de votos.
Nadie duda de que Barack Obama arrasará a John McCain en Highland Park y que los resultados en Wasilla serán exactamente los inversos. Obama sorprendió a todos al aceptar su candidatura en Denver con un discurso limpio de retórica y de apelaciones demagógicas, en el que por primera vez desde el comienzo de su larga campaña mencionó datos concretos de su programa de gobierno y enfrentó con firmeza las acusaciones republicanas sobre su inexperiencia y su ignorancia de la política internacional.
Como Joseph Biden, el candidato a la vicepresidencia, que había hablado el día anterior, Obama puso énfasis en los catastróficos efectos que podrían tener para su país cuatro años más de insistencia en políticas que, como las de Bush y Cheney, llevaron a los Estados Unidos a la recesión, al drenaje de vidas en guerras contra un terrorismo fantasmal, a la destrucción de la clase media y a pérdidas de prestigio cada vez más irrecuperables en Europa.
Los modelos que inspiraron a los candidatos demócrata y republicano fueron inequívocos. Así como la huella de Theodore Roosevelt está en los discursos de McCain, sobre los de Obama se yergue la sombra de J. F. Kennedy.
En Denver, evocó los esfuerzos para educarlo que hizo su madre sola, asociándolos a las penurias de la mesera que vive de propinas y a las del empleado que se priva de sueño para poder estudiar. Y se internó en una lista impresionante de propuestas: “Dejaré de dar alivio fiscal a las corporaciones que se llevan nuestros empleos a otros países y comenzaré a dárselo a las empresas que crean aquí buenos trabajos. Voy a reducir los impuestos al 95 por ciento de todas las familias trabajadoras”. Y fue más concreto que nunca en política exterior: “Voy a poner fin a esta guerra en Irak de modo responsable en la lucha contra Al-Qaeda y los talibanes en Afganistán. Voy a reconstruir nuestras fuerzas armadas para que estén a la altura de los conflictos futuros. Pero también voy a renovar la diplomacia dura y directa que puede prevenir que Irán obtenga armas nucleares”.
El eje de la prédica de Obama ?y el estribillo infaltable de todos los actos demócratas? es recordar que elegir a McCain significaría más de lo mismo. “McCain ha votado con George Bush el 90 por ciento de las veces ?ha dicho con insistencia su rival?. Al senador McCain le gusta hablar de juicio, pero ¿qué pensar de su juicio si cree que George Bush tuvo razón el 90 por ciento del tiempo? No sé ustedes ?dijo desde el estrado que le montaron en Denver, casi idéntico al de los ídolos de rock?; no sé ustedes, pero yo no quiero apostar a sólo el 10 por ciento de un cambio”.
Y es verdad: Bush le ha hecho un favor envenenado a su candidato al exhibirse junto a él con un entusiasmo invencible y al enviar a su esposa Laura para que acompañara a Cindy McCain en todos los actos de la campaña republicana. El descrédito del presidente está tocando fondo. Una encuesta de CNN estableció que el 62 por ciento de los consultados creían que Bush, en comparación con sus predecesores, perdía por un margen casi insuperable: 22 por ciento consideraba que su gestión había sido “pobre”, 14 por ciento, “muy pobre”, 26 por ciento lo definía como “el peor presidente que tuvieron los Estados Unidos”.
Al elegir a Theodore Roosevelt como su modelo, McCain declaró, de algún modo, cuáles son sus aspiraciones más profundas. Roosevelt intentó crear un imperio, al controlar las antiguas colonias españolas en el Caribe, al influir para que Panamá se separara de Colombia y construyera el canal que luego dominarían los Estados Unidos. A eso hay que sumarle el control de territorios en el Pacífico y el asentamiento de una base militar en Guantánamo en condiciones tales que ni siquiera Castro pudo revertir. Roosevelt fue quien lanzó idea de que los Estados Unidos deben ser los guardianes del mundo por su arbitraje en el conflicto ruso-japonés, lo cual significa ser guardianes de sus intereses. Por esas manifestaciones de nobleza le concedieron el Premio Nobel de la Paz, con el que fue agraciado también el pacifista Henry Kissinger.
A fines de agosto, los dos candidatos se arrojaron artillerías feroces en forma de avisos televisados que abundaron tanto en sarcasmos como en acusaciones directas. Uno de los avisos republicanos muestra un horizonte incierto al amanecer. “En 2008, el mundo será bendecido. Lo llamarán el Elegido”, dice una voz masculina y aparecen imágenes de Obama dando sus declaraciones más pomposas: “¿Ven la luz?”, “Sentirán la epifanía”. Sobre la cara de Obama se sobreimprime la de Charlton Heston encarnando a Moisés cuando está por cruzar mar Rojo en Los diez mandamientos. Barack Obama puede ser el elegido ?sigue el aviso?, pero ¿está listo?”.
Aunque en Highland Park todos los vecinos confiaban en el triunfo demócrata, nadie lo daba por seguro hasta que McCain empezó a cometer un error tras otro a comienzos de septiembre. La elección de Sarah Palin como compañera de fórmula, por ejemplo, destroza, por sí sola, todos los argumentos que empleó sobre la inexperiencia de Obama en política internacional y en su don de mando. Palin gobierna Alaska desde hace sólo dos años. Antes sólo fue alcalde de Wasilla y, que se sepa, su único viaje internacional ha sido el cruce del estrecho de Bering, algo que quizá fascina a Bush, pero no a los electores. Los que la defendían por sus férreas políticas contra el aborto se desencantaron al comprobar que, en su propia casa, Palin no había equilibrado esas políticas con la sensata educación sexual de sus hijos.
Sin embargo, la peor señal que ha dado McCain al elegir a Sarah Palin es demostrar la escasa importancia que concede al papel institucional del vicepresidente. El candidato republicano tiene 72 años y, aunque rebosa de salud, nadie sabe qué huellas pudieron dejar en su cuerpo las atroces torturas que padeció mientras fue prisionero de guerra en Vietnam.
Las semanas pasan, las elecciones se acercan y, aunque el avance de Obama parece ya insuperable, nada puede darse por cierto hasta después de los debates de septiembre y de las zancadillas que podrían hacerlo tropezar a última hora. Si Obama es elegido, los Estados Unidos serán testigos de un prodigio que parecía imposible hace apenas setenta años, cuando los antepasados del probable presidente eran esclavos y no tenían derecho a compartir con los blancos el transporte urbano, los baños y mucho menos a pretender un cargo público. No podían conocer otro destino que el de la servidumbre. La historia puede dar en noviembre un paso de gigante, que transformará la letra ilusoria de la Declaración de la Independencia ?”todos los hombres han sido creados iguales”? en una realidad viva y verdadera.
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