El comandante no tiene quien lo defienda
Por Gina Montaner
El Nuevo Herald
Automáticamente uno tiende a pensar que el ”comandante” debe ser Fidel Castro porque a estas alturas es un tipo indefendible. Pero en esta ocasión me refiero a uno de sus discípulos y seguidores favoritos, el inefable presidente de Nicaragua, Daniel Ortega. El también es comandante por la vía del Frente Sandinista de Liberación Nacional y cuando ejerció el poder entre 1985-1990 tuvo la oportunidad de mostrar su infinita capacidad para la corrupción, el autoritarismo y una pésima gestión. A cambio, años después los nicaragüenses, pueblo desmemoriado y masoquista donde los haya, volvió a elegirlo en las urnas.
Ya es malo que Daniel Ortega sea un dinosaurio del castro-estalinismo, un gobernante corrupto, un mecenas de narcoguerrillas y un inepto en materia económica. Pero lo que resulta intolerable es que sobre él pese la acusación de que durante años abusó sexualmente de su hijastra y que se haya librado de una investigación y un proceso judicial gracias a las componendas de una clase política y legislativa liderada por un bribón como el liberal Arnoldo Alemán. Cuando Zoilamérica Narváez, hija de Rosario Murillo, la esposa y mano derecha de Ortega, denunció en 1998 los vejámenes y violaciones a las que supuestamente la había sometido el ex guerrillero durante su infancia y adolescencia, se enfrentó a la complicidad de unos jueces sandinistas y a la pasividad de una sociedad que, a diferencia de lo que habría ocurrido en Estados Unidos o Europa, no exigió transparencia y permitió una vez más que se pisoteara el estado de derecho. A Zoilamérica, que no contó con el apoyo de su madre, se le negó el derecho elemental que tiene cualquier ciudadano a ir a juicio contra su presunto victimario.
Ha pasado mucho tiempo desde que la hijastra de Daniel Ortega le contara a quien quisiera escucharla su versión de unos hechos en los que, según ella, era frecuente que su padrastro la acosara en el baño mientras se duchaba o la obligara a ver vídeos pornos con él para aderezar sus fantasías eróticas con la menor. Tan vieja es esta historia, que simplemente la habíamos almacenado en el desván de la memoria como otro inexplicable capítulo de la abyección política latinoamericana. Poco más podía hacerse cuando un individuo tan sospechoso y mala sombra como Ortega podía volver a ganar unas elecciones en su país.
Pero debe ser cierto que al final sí hay justicia. Recientemente el periódico español El País revivió el affaire Zoilamérica vs Daniel Ortega y poco después Mario Vargas Llosa se hacía eco de este desgraciado suceso en un artículo meticuloso y demoledor titulado ”Para la historia de la infamia”. El célebre autor peruano señalaba, además, que la Corte Interamericana de Derechos Humanos había admitido la denuncia de la hijastra de Ortega. O sea, un tribunal internacional le concedía lo que su país de nacimiento le había negado.
Qué importante es para las víctimas que los medios, intelectuales de peso y entidades acreditadas ventilen y acojan sus súplicas cuando todo parece perdido y enterrado. Eso es precisamente lo que este verano le ha ocurrido a Zoilamérica: después de que se resucitara su acusación, la ministra de Asuntos de la Mujer en Paraguay amenazó con dimitir si Ortega acudía a la toma de posesión del presidente electo Fernando Lugo; y la semana pasada la ministra del Ministerio de la Familia en Honduras presentó su dimisión ante la confirmación de que el mandatario nicara-
güense estaría presente en la reunión del ALBA que se celebró en Tegucigalpa.
Muchas feministas de izquierdas simpatizan políticamente con Daniel Ortega, pero no están dispuestas a colocar la ideología por encima de los más elementales valores morales. Finalmente, los colectivos que defienden los derechos de la mujer en Latinoamérica se han negado a convertirse en cómplices y encubridores de un tipo que ha burlado la ley para no enfrentarse a los cargos de prolongado acoso sexual y violaciones de los que lo acusa su hijastra. Mientras la sombra de la duda persista, a Ortega le ha llegado el momento inaplazable de ser un apestado en todas las fiestas. Todo crimen tiene su castigo.
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