La nueva Rusia
Por María Clara Ospina
ABC Digital
MOSCU – Para Winston Churchill, Rusia era “un acertijo, envuelto en un misterio, colocado dentro de un enigma”. En muchos aspectos, el estadista británico tenía razón. Rusia, cuyo inmenso territorio se encuentra repartido entre Europa y Asia, es un caleidoscopio de muchas razas y pueblos. En la fisonomía y el color de la piel de sus gentes se pueden adivinar trazas tanto de sus orígenes eslavos y ucranianos, como también de los rasgos heredados de los guerreros tártaros que invadieron sus tierras y la dominaron por años.
La pregunta de siempre ha sido: ¿es Rusia europea? Y si es así, ¿debería formar parte de la Unión Europea? En los primeros siglos de la Era Cristiana, Rus, como inicialmente se conocían los pueblos localizados alrededor de Novgorod, no pasaba de ser un conjunto de retrasados villorrios que no compartían la cultura europea, ni eran considerados parte de ella. La invasión de Gengis Khan impidió, aun más, su europeización. No fue hasta siglos después, cuando Pedro “el Grande” insistió en sacarla del atraso político, social y cultural, que Rusia comenzó su acercamiento a Europa.
Antes del siglo XX, la Rusia zarista llegó a ocupar una sexta parte del planeta, desde Polonia, los países bálticos, Siberia, parte de Mongolia y Alaska, la cual vendió a los Estados Unidos para financiar la guerra contra Japón. Inclusive ocupó parte del antiguo imperio Otomano. Luego de la II Guerra Mundial, Stalin conformó la Unión Soviética, colocando bajo su control político gran parte de los países centroeuropeos y la mitad de Alemania y de Berlín.
Hoy, 20 años después de la caída del Muro de Berlín, algunos europeos miran con desconfianza el gigante que por décadas fue su cancerbero. Polonia y Lituania se oponen a su acercamiento a la Unión. Otros, como Alemania, Francia, Grecia e Italia, lo ven con buenos ojos. Rusia necesita la tecnología europea y Europa de las fuentes de energía rusas. La modernización de Rusia es benéfica para todos.
Hablando con las gentes de Moscú, encuentro que muchos añoran las seguridades sociales que les ofrecía el comunismo y quieren regresar a él. Por eso hoy es importante extenderles la mano europea para darle un jalón hacia el progreso, los derechos humanos y la modernización. Es hora de pasar la hoja y ver a Rusia como un aliado y no como el perenne enemigo.
Latinoamérica tiene también mucho de que beneficiarse al crear vínculos con la nueva Rusia democrática. Ya esta enorme nación no busca exportar revoluciones, ni comunismo. Ahora solo busca ser aceptada como otra nación democrática. Además, aunque Rusia continúa siendo un acertijo, es también el equilibrio para el emergente imperio chino.
La autora es analista política colombiana
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