El alma de Cuba: cuando los buenos la hieren…
Por Julio Estorino
Diario Las Americas
Tantas veces se ha dicho que Cuba, como nación, como entidad vinculativa para todos sus hijos, está en peligro de extinción, gracias al efecto corrosivo de casi medio siglo de enajenación de la cubanidad por parte del régimen castrista, por una parte, y por la influencia de culturas ajenas, por otra, que parece ocioso repetirlo. Sin embargo, la importancia del asunto es de tal envergadura, tan inequívocamente fundamental, que no podemos darnos el lujo de tomarlo a la ligera. Yo diría que debiera ser la tarea prioritaria de todo cubano que se precie de su identidad, en la isla y fuera de ella.
Nos quejamos, con sobradas razones, del resquebrajamiento de valores, conceptos y principios que han definido al cubano, que han conformado eso que llamamos el “alma de la nación”, desde que el padre Varela percibió a los hijos de Cuba como hombres y mujeres con características y necesidades propias, merecedores, por tanto, de independencia y soberanía.
Ese resquebrajamiento lo advertimos en rasgos de la conducta, tanto individual como colectiva, que se dan en Cuba y también en la diáspora, de distinta naturaleza, pero de iguales consecuencias y tiene mucho que ver, entre otras cosas, con dos perturbadoras realidades cuya persistencia indica que no pueden atribuirse solamente a circunstancias temporales: el hecho de que el extendido y ya antiguo descontento popular con el estado de cosas en Cuba no se haya convertido todavía en una sólida y generalizada voluntad de cambio, y el no menos significativo, de que la capacidad real de influencia respecto a Cuba de los cubanos exiliados en Estados Unidos y en otros países, está muy por debajo de su vigor político, financiero y social.
Si alguien me preguntara dónde habría que atacar primero al mal que nos aqueja y que pudiera resultar fatal, yo diría que habría que ir, sin duda, a la persona, al cubano individual y a su individualismo. Sé que al decir esto no he descubierto nada: creo que todos estamos conscientes de que el excesivo individualismo del que padecemos, que tal vez ayude en algo al logro de éxitos personales, se torna obstaculizador y contraproducente cuando de necesidades comunes se trata. De poco nos sirve culpar de ello a nuestros genes españoles, pues el caso es que los tenemos con nosotros y a nosotros nos dañan.
¿Cómo pretender salvar la nación, que es de todos, si nos llevamos como perros y gatos, si ni siquiera las tribus se mantienen por mucho tiempo, porque el “yo” es más potente que el “nosotros”? Quienquiera que se haya mantenido por varios años en los trajines de la patria lo ha podido constatar: ¡Cuántos patriotas enquistados unos contra otros! ¡Cuántos buenos cubanos que “no soportan”, que “no pueden trabajar” con otros buenos cubanos! ¡Cuántas ridículas susceptibilidades heridas, cuánta crítica simple tomada como insulto imperdonable, cuántas discrepancias convertidas en valladares infranqueables, gracias al orgullo! ¡Cuánta ruptura “para siempre” por el desacuerdo de un día! ¡Cuánta malcriadez disfrazada de “cuestión de principio”!
Hablo de los buenos, los malos no duelen: Fulano que no habla con Mengano, Zutano que le niega el saludo a Esperancejo; éste, de un grupo, y aquél, del otro grupo, cada uno por su lado, luchando por Cuba; cada uno, ciegamente, enfrentado al otro. Amistades rotas, compañerismo olvidado, patriotismo, en fin de cuentas, ahogado por el individualismo. Lo más difícil de tratar de salvar a Liborio, es que Liborio no quiere enterarse de que el harakiri no cura.
Se me dirá que eso es lo normal en la naturaleza humana. Se me dirá que lo padecieron Céspedes y Agramonte, y Maceo y Flor Crombet, y Martí y Máximo Gómez, pero lo cierto es que, llegado el momento y en repetidas ocasiones, ellos supieron morder el orgullo en favor de la causa común. ¿Y saben qué? Ese saber pasar con sinceridad del enfado a la armonía, del puñetazo al abrazo, es uno de los rasgos definitorios de la cubanía, y siempre nos preciamos de ello, de saber arreglar los problemas “entre cubanos”.
Es lo que no veo en buena parte, al menos, en los patriotas de hoy. Es lo que hace que un cubano en la isla tenga los arrestos suficientes para descuartizar una res en un cañaveral, lo cual supone una extensa pena de prisión; pero no los necesarios para ponerse de acuerdo con otro cubano y enfrentar la tiranía más que contentarse con sobrevivir dentro de ella. Es lo que provoca en el destierro que tantos sinceros patriotas no puedan pasar de francotiradores. Buenos, pero solitarios.
Te duele y te encabrona cuando, en ocasiones, has compartido la lucha con ellos, cuando conoces la sincera dimensión del patriotismo de casi todos, cuando sabes que cada uno está viviendo, igual que tú, un patriotismo dolido y encabronado.
Por ahí se está perdiendo, más alarmantemente que por otros lados, el alma de la nación. Ésta se compone de un poquito del alma de cada uno de sus hijos y si estas no están en comunión en aquello en lo que la comunión es imprescindible, no hay nada que hacer. Cuba se salva en cada uno de los cubanos que la aman, o en ellos se pierde. Si estos, los buenos, no advierten esa gran responsabilidad, ¡qué doblen por Cuba las campanas! Quizás se reconquiste el territorio, pero su alma, no.
Ojalá los afectados meditemos esto en serio. No nos queda mucho tiempo.
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