La sabiduría no popular sobre Rusia
La sabiduría popular tachó el nombramiento de Dimitri Medvedev como presidente de la Federación Rusa de continuación de los dos mandatos de Vladimir Putin. Una visita a Moscú, durante la que pude reunirme con importantes personalidades de toda Rusia, me convenció de que este juicio es excesivamente simplista y prematuro.
La incipiente estructura de poder de Moscú parece más compleja de lo que la sabiduría popular sostiene. Nunca ha estado claro por qué, si su principal objetivo era conservar el poder, Putin, en la cumbre de una popularidad que le habría permitido enmendar la Constitución para ampliar su mandato, optó por la vía de convertirse en primer ministro.
El traslado del despacho de Putin del Kremlin al edificio del Gobierno ruso es muy significativo. Medvedev ha declarado que presidirá el Consejo de Seguridad Nacional y ejercerá la disposición de la Constitución rusa que asigna el diseño de la política exterior al presidente. La declaración de que el presidente designa la política exterior y de seguridad, y el primer ministro ejecuta parte de dichas políticas, se ha convertido en el mantra de las autoridades rusas, de Medvedev y Putin para abajo. No he encontrado ningún ruso que dude de que se esté produciendo una redistribución del poder.
Putin sigue siendo poderoso y muy influyente. La mayoría de los rusos lo consideran el líder que superó la humillación y el caos de la década de 1990. Es probable que se haya asignado la función de vigilante de la actuación de su sucesor; es posible que mantenga abierta la opción de presentarse candidato a futuras elecciones presidenciales…
Sea cual sea el desenlace definitivo, las elecciones rusas señalan la transición de una fase de consolidación a un periodo de modernización. La cesión voluntaria de poder por un gobernante que no está obligado a cederlo es un acontecimiento insólito en la historia rusa. La creciente complejidad de la economía genera la necesidad de establecer procedimientos judiciales predecibles, como ya ha indicado Medvedev. El funcionamiento del Gobierno ruso -al menos inicialmente- con dos centros de poder puede, en retrospectiva, parecer el comienzo de una evolución hacia una forma de controles y equilibrios de la que carecía hasta ahora.
La evolución hacia una forma de democracia rusa no está determinada de antemano, por supuesto, y los motivos para implantarla no se deben necesariamente a reflexiones teóricas sobre la naturaleza de la democracia. Pero tampoco lo estaba la evolución democrática occidental.
¿Cómo afecta esto a la política exterior estadounidense? En los próximos meses, Rusia se encargará de averiguar los medios prácticos para distinguir entre el diseño y la aplicación de la política de seguridad nacional. El gobierno de Bush y los equipos de las campañas presidenciales harían bien en conceder a Rusia cierto margen para desentrañar la manera de hacerlo, evitando hacer comentarios en público.
Desde que en 1991 desapareciera la Unión Soviética, los gobiernos estadounidenses han actuado como si la democracia rusa fuese una tarea principalmente estadounidense. Con frecuencia se han dado gestos heredados de la Guerra Fría. Los partidarios de dichas políticas afirman que la transformación de la sociedad rusa es una condición previa para un orden internacional más armonioso. Sostienen que, manteniéndola bajo presión, Rusia acabará por implosionar, como le ocurrió a la Unión Soviética.
Hay sin duda en Rusia grupos e individuos que confían en Estados Unidos para acelerar la evolución democrática. Pero casi todos los observadores coinciden en que la enorme mayoría considera a Estados Unidos presuntuoso y decidido a impedir la recuperación de su país. Dicho ambiente es más probable que fomente una respuesta nacionalista que una evolución democrática. Sería una lástima que este estado de ánimo persistiera porque, en muchos sentidos, asistimos a uno de los periodos más prometedores de la historia rusa.
Con paciencia y comprensión histórica podemos influir más que mediante exhortaciones públicas o retirándonos ofendidos y la realidad geopolítica proporciona una inusual oportunidad de cooperación estratégica entre estos ex adversarios de la Guerra Fría. Juntos, Estados Unidos y Rusia controlan el 90% de las armas nucleares del mundo. El avance hacia la estabilidad, con respecto a las armas nucleares, en Oriente Próximo e Irán exige la cooperación ruso-estadounidense (o se vería muy facilitado por dicha cooperación).
La política exterior imperialista de la Rusia zarista y soviética se vio favorecida por la debilidad de casi todos los países fronterizos. Estas condiciones se han visto fundamentalmente alteradas. Los vecinos de Rusia han superado la debilidad que motivaba las aventuras rusas. La frontera de 4.000 kilómetros con China constituye un reto demográfico. A lo largo de una frontera igualmente larga, debe afrontar un islamismo militante que se extiende hacia el interior de Rusia.
Aunque la población rusa experimenta un aumento del orgullo nacional, sus líderes entienden el riesgo de alterar el nuevo orden internacional con los métodos tradicionales rusos. Saben que la población musulmana rusa, que asciende a 25 millones, contiene un significativo número de individuos cuya lealtad hacia el Estado es dudosa y que es necesario reconstruir las infraestructuras. Por primera vez en la historia, Rusia se ve obligada a centrarse en la reforma interna.
A pesar de la retórica beligerante y del estilo amenazador, los líderes rusos son conscientes de sus limitaciones estratégicas. De hecho, yo aseguraría que la política rusa durante el mandato de Putin estuvo guiada por una búsqueda de un aliado estratégico fiable, siendo Estados Unidos la opción preferida. La turbulenta retórica rusa en años recientes refleja, en parte, la frustración por nuestra aparente impermeabilidad a dicha búsqueda.
Dada su preponderancia nuclear, Rusia y Estados Unidos tienen la obligación de asumir el liderazgo en asuntos como la proliferación nuclear, sobre la que habría que responder cuatro preguntas: ¿Están Rusia y Estados Unidos de acuerdo acerca de la naturaleza del reto que plantea la adquisición de armas nucleares por Irán? ¿Están de acuerdo en lo que respecta a la situación del programa nuclear iraní? ¿Están de acuerdo sobre la diplomacia que hay que adoptar para evitar el peligro? ¿Están de acuerdo respecto a qué medidas tomar si la diplomacia que se adopte finalmente fracasa?
Tengo la impresión de que se empieza a dar un considerable consenso respecto a las dos primeras. Con respecto a las otras, ambas partes deben tener en cuenta que ninguna de ellas puede superar el reto por sí sola, o al menos sólo con una dificultad muy superior.
El asunto de las relaciones con Ucrania toca de lleno las percepciones que ambas partes tienen sobre la naturaleza de los asuntos internacionales. Estados Unidos, aplicando las lecciones aprendidas en la Guerra Fría y sus máximas universales tradicionales, lo ve como un modo de superar una posible amenaza militar. Para Rusia, se trata, sobre todo, de aceptar una dolorosa convulsión histórica.
La verdadera independencia de Ucrania es esencial para alcanzar un sistema internacional pacífico, y Estados Unidos debe apoyarla sin ambigüedades. Es importante establecer estrechos lazos políticos entre la Unión Europea y Ucrania, permitiendo a ésta formar parte de la UE. Pero el traslado del sistema de seguridad occidental desde el río Elba a las proximidades de Moscú pone de relieve la decadencia de Rusia y generará sin remedio en dicho país una emoción que inhibirá la solución de todas las demás cuestiones. Habría que mantener el tema sobre la mesa, pero sin forzarlo.
La declaración efectuada en Sochi en abril por los presidentes Bush y Putin esbozaba la hoja de ruta para iniciar un diálogo estratégico entre ambas partes. A los nuevos gobiernos de Rusia y Estados Unidos les corresponderá darle un contexto operativo.
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