No a la dictadura
Por Antonio Parra Gil
El Expreso de Guayquil
Desde Carondelet, autor confeso del mamotreto presentado en Montecristi, manoseado y alterado impúdicamente después de aprobado por la mayoría complaciente de los asambleístas gobiernistas, redactado para satisfacer los caprichos y vanidades de un autócrata, se caracteriza por la “concentración del poder político en una sola persona”, el Presidente, que no es otra cosa que entronizar la dictadura, que se la quiere camuflar con una “legalidad constitucional”, refrendada con el referéndum, sin respetar la democracia y la libertad, que se sustenta y equilibra en la división del poder.
Si llegare a ganar el Sí, que espero no ocurra, con las trampas tejidas a lo largo de los 444 artículos y una infinidad de disposiciones transitorias, presenciaremos la institucionalización de la dictadura mediante “leyes constitucionales que perpetúan y consolidan la concentración del poder” (Pablo Lucas Verdú, Enciclopedia Jurídica F. Seix).
Para Lucas Verdú, la institucionalización de la dictadura contempla tres pasos, que calzan como anillo al dedo del vanidoso e intemperante autócrata criollo: (a) la ruptura o abandono de la legalidad democrática anterior (la larga noche neoliberal, siempre negando el pasado); (b) la creación de un nuevo aparato constitucional (los nuevos órganos constitucional y electoral que prevé el mamotreto de Montecristi, con una confusa participación ciudadana y los poderes Judicial (Corte Suprema) y Legislativo ( Congreso) reducidos a la mínima expresión; y, (c) aplicación de ideologías políticas nuevas que se dinamizan por medio de mística política (socialismos del siglo XXI).
El dictador siempre se erige en salvador de situaciones críticas, como son las desigualdades e injusticias sociales, la imperante corrupción, la total inseguridad jurídica, el miedo, “la pérdida de eficacia de las viejas fórmulas políticas” (la partidocracia), la politización de la justicia, la falta de salud, educación y vivienda, la desconfianza en las instituciones democráticas, y un largo etcétera, que le permite presentarse como el salvador, el benefactor, la solución a todos los males, ilusión que el autócrata alimenta con demagogia y sin escrúpulos, porque solo le importa el poder por el poder.
Todos los dictadores tienen las mismas características y todos, o casi todos, han tenido el mismo fin. No hay dictadores buenos y malos. Todos son malos.
Siempre han comenzado erigiéndose en demócratas, respetuosos de las leyes y del ser humano, y han tenido congresos o asambleas sumisas que nunca dejaron de alabar al déspota y por cierto, siempre contaron con opositores bien remunerados y hasta con títeres que asumieron la presidencia de manera sumisa y transitoria, mientras el déspota mantenía el poder con mano férrea.
Juan Vicente Gómez, el Pacificador, lugarteniente de Cipriano Castro, que gobernó Venezuela “de manera autocrática y opresiva” desde 1908 hasta su muerte (1935), nunca cejó en el intento de “mantener una fachada constitucional y democrática”, con “presidentes títeres como Márquez Bustillo y Bautista Pérez”, a más de “sucesivas enmiendas constitucionales”, que le permitieron gobernar a su antojo.
Igual ocurrió con Marcos Pérez Jiménez, dictador admirado por el presidente Chávez (lo invitó “a participar en las ceremonias de su posesión”), que puso como presidente de la Junta de Gobierno a Germán Suárez Flamerich, distinguido jurista venezolano, aparentando la resolución de volver a la democracia.
Con Rafael Leonidas Trujillo fue igual: con congreso y constitución se sirvió de terceros para que ejercieran la Presidencia, mas no el mando, y entre ellos nada menos que de Joaquín Balaguer, uno de los más esclarecidos latinoamericanos.
No es necesario continuar con un largo comentario de otros bastardos, como Manuel Estrada Cabrera, el guatemalteco en el que se inspiró Miguel Ángel Asturias para escribir su Señor Presidente, con el que nos solazamos los jóvenes de mi generación. Basta con gritar: No a la dictadura, No a la Constitución manipulada en Montecristi.
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